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La melancolía de una bola de futbol

Actualizado el 08 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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La melancolía de una bola de futbol

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Imagen sin titulo - GN

Rafael Pacheco Granadosrpacheco@nacion.com

Como a la mayoría de los ticos, me gusta mucho el futbol. Tal vez por esto me detuve durante 30 minutos para fotografiar, desde todos los ángulos posibles –acercando y alejando la toma, situándola como protagonista o relegándola al segundo plano–, una bola de cuero ajada por el tiempo, que flotaba en un pozo rectangular tan abandonado como la pelota misma.

No sé cómo llegó la bola ni desde cuándo estaba allí. Posiblemente la habían abandonado después de una mejenga en las canchas cercanas. Yo di con ella el 13 de setiembre del 2013, cerca de las 8:30 a. m. Ya había cumplido con mi asignación para el memorable periódico Al Día: el entrenamiento del triatlonista Leonardo Chacón en los senderos cercanos al campus universitario del Tecnológico, en Cartago.

Como la escena me invitaba a fotografiarla, me dispuse a hacer lo que tanto me gusta: documentar lo que se me presenta ante el lente.

Era una mañana de espectacular cielo azul –ya sabemos que un Sol radiante hace aparecer más vivos los colores–. Sobre el agua se reflejaba el entorno. Entonces, con paciencia, esperé “el momento justo” que recomienda uno de mis fotógrafos favoritos, el francés Henry Cartier-Bresson, para captar el contraste que había entre el objeto inerte, abandonado, y la vitalidad de quien parece querer llegar muy lejos.

Siempre me ha llamado la atención el efecto de espejo que produce el agua estancada. Con frecuencia apelo a este recurso para exhibir un ángulo al que normalmente no se le pone mucha atención: se muestran así detalles que dan a la imagen un valor estético muy peculiar. En este caso, el reflejo fue una excelente tentación para captar la presencia humana sin ser tan explícito.

Desde que vi la mitad de los gajos de ese balón (la otra mitad estaba oculta en el agua sucia de la poza), pensé en el futbol que se queda estático, sin dar luces de mejoría, induciendo a que todos terminemos acostumbrándose a celebrar lo poco, lo único que hay.

Por ese tiempo, por supuesto, nadie imaginaba la actuación que ofrecería nuestra Selección en el Mundial del Brasil. Sin embargo, aquel concepto pesimista aún sigue aplicándose al futbol de la Vieja Metrópoli, donde precisamente se produjo la escena.

Fotografiando cualquier cosa soy feliz, pero me siento muy cómodo capturando paisajes. Este no era el caso, aunque pude aplicar algunas de sus consideraciones técnicas.

El ISO 100, el más bajo en la cámara Nikon D4, junto con el F11 en el lente 70-200 en su máximo alcance, me dieron la opción de captar colores más vivos y acercar los planos pues el atleta que vemos en realidad trota como a unos 10 metros de la pelota. Estos aspectos y la velocidad de 1/125 ayudaron a congelar la acción, pero, a la vez, con buena profundidad de campo (con más detalle).

Lo que más me gusta de la fotografía es la oportunidad de comunicar a partir de imágenes; de tener la responsabilidad de moverme y tomar decisiones antes de apretar el botón para dar el clic final. Sobre todo, procuro aplicar estas palabras del “fotopaisajista” norteamericano Ansel Adams: “Una buena fotografía se obtiene sabiendo dónde pararse”.

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