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El maratón San José-Puntarenas, una carrera ‘mortal’

Actualizado el 30 de marzo de 2014 a las 12:00 am

Entre 1914 y 1938. Los maratones San José-Puntarenas por la línea causaron enérgicas censuras en la prensa.

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El maratón San José-Puntarenas, una carrera ‘mortal’

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El sábado 14 de febrero de 1914 a las 5 de la tarde en la esquina noroeste del parque Central de la capital, empezó la primera carrera del maratón San José-Puntarenas. “Maratón” se llamaba entonces la carrera pedestres sin que importase la distancia prevista.

En esa primera edición tomaron parte solo tres sportsmen (“sportmans” se escribía a veces): Octavio Rojas, Manuel Polanco y Federico Estrada.

La distancia prevista era de 116 kilómetros, aunque la trayectoria real fue de 125 kilómetros pues el juez de la carrera cambió el recorrido ya que cerca de Río Grande de Atenas “había mucho cascajo y piedra suelta en la línea del tren, que impedía que los corredores llevaran una carrera regular” (diario La Información, 16 de febrero de 1914).

Fotografía de los 25 participantes de la carrera en 1929. La imagen se publicó en el diario 'La Tribuna' el 24 de febrero de ese año. Fotografía: Jorge Lobo Di Palma. para LN.
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Fotografía de los 25 participantes de la carrera en 1929. La imagen se publicó en el diario 'La Tribuna' el 24 de febrero de ese año. Fotografía: Jorge Lobo Di Palma. para LN.

Los atletas se desviaron y pasaron por la carretera nacional alargando en casi 10 kilómetros el recorrido previsto.

Los corredores eran acompañados por el juez de la competencia, quien viajaba en un motocar. Él se encargaba de verificar que la carrera se realizara de acuerdo a la normativa establecida, y que se cumpliera el recorrido; además, daba asistencia al atleta que lo requería.

Un tren con excursionistas solía salir de San José horas después de la partida para que tuvieran la oportunidad de observar la competencia.

A cada corredor se le permitía llevar un salveque en el que cargaba alimento, ropa y medicinas. Durante el recorrido, el deportista recibía aplausos del público, pero también café caliente, pan, ungüentos y hasta masajes.

En esa primera vez, todos corrieron descalzos. La mochila del ganador pesó inicialmente 35 libras, pero debió reducirla a 10 libras en San Antonio de Belén debido a las ampollas que se le hicieron en la espalda.

Chiquillo sobresaliente. De algunas ediciones se recuerdan anécdotas que la prensa resaltó. Así, en la carrera de 1927 se inscribieron 13 participantes, quienes partieron el sábado 19 de marzo a las 3 p. m. de la esquina nordeste del parque Central ante un numeroso público.

Por medio de un despacho telegráfico, el periódico La Tribuna comunicó que, en Río Grande, a las 7:40 p. m., el corredor número 7 marchaba acompañado de “un chiquillo”. Se creyó que este solo llegaría hasta el lugar donde se tomaba el tren de los excursionistas.

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En el kilómetro 46, a las 9:06 p. m., los corredores 7, 8 y 13 pasaron acompañados del “chiquillo”, quien dijo llamarse Julio Eduardo Duarte, tener 13 años de edad y no estar cansado. En el kilómetro 50 ya se habían retirado cinco corredores por cansancio, mientras que el niño Duarte seguía participando, y sin pedir fricciones.

En el kilómetro 64, dos antes de llegar a Orotina, el niño se separó. No estaba cansado, sino –dijo– en magnificas condiciones para seguir. No obstante, una piedra lanzada por uno de sus compañeros le dañó un dedo de un pie, lo que le hizo imposible seguir corriendo. En este sitio, el motocar recogió al “chiquillo”. Así lo informó La Tribuna del martes 22 de marzo de 1927.

Extraño recorrido. En las primeras ediciones, el número de participantes fue mínimo y casi todos ellos eran miembros del Club Sport La Libertad de San José. Con el pasar de los años, conforme se promovió la carrera, aparecieron más adeptos, hasta llegar a casi 40 corredores.

En las primeras ediciones se ofreció un premio de 50 colones al ganador, y a partir de 1922 se premió con 100 colones el primer lugar, con 50 colones el segundo, y con 25 el tercero. Eran estímulos económicos significativos para aquella época.

El grupo salía del parque Central de San José; se enrumbaba hacia la Sabana; de allí corría sobre los durmientes del ferrocarril o a sus lados.

Los participantes se dirigían luego hacia Puntarenas pasando por el puente de Río Grande (Atenas), por Orotina y Caldera, y por el túnel Cambalache. Posteriormente corrían por la playa hasta llegar al balneario municipal, donde terminaba la carrera.

La mayoría de estos sportsmen no terminaba la competencia. Los recogía el juez de la carrera, Eduardo Garnier –siempre fue el mismo–, quien salía en tren expreso horas después. Por lo general solo llegaban a la meta dos o tres corredores; en algunas ocasiones, nadie terminaba el trayecto.

Con el tiempo surgieron pedidos para que se eliminase esta carrera, única en el mundo por su particular trayecto. Quien llamó más la atención de los periodistas para que se suspendiera la carrera fue Ronualdo Bolaños, redactor deportivo de La Prensa Libre durante la administración de León Cortés (1936-1940). Del mismo criterio fue el profesor Alfredo Cruz Bolaños en un artículo publicado en La Nación el 28 de noviembre de 1960.

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Crítica demoledora. El documento que mejor resume los argumentos esgrimidos para eliminar la competencia fue un artículo firmado por “Player” y plublicado en La Prensa Libr e del 24 de marzo de 1938:

“Calificamos esta prueba como inhumana y absurda. La influencia extranjera ha traído al país la lógica del deporte y sus necesidades como cultura física para realizar la salud corporal del hombre. El deporte debe tomarse con ese principio sustancial y efectivo. Lo que no sea salud, vigorización corporal y espiritual, debe desterrarse. La maratónica San José-Puntarenas no ha construido, más bien ha destruido.

“¿Qué hemos sacado de tan ruda prueba deportiva? Nada, absolutamente nada. ¿Resultado atlético? Ninguno. ¿Fin atlético? Tampoco tiene porque ni prepara ni da marca cierta. Un ejercicio absurdo hecho sobre una pista de durmientes, sobre terreno sinuoso y lleno de irregularidades, de noche, sin observación técnica ni cosa parecida.

”¿Qué fondo moral tiene esta carrera? Duele referirse a él, pero hay que hacerlo. Por correr se ofrece un premio a los vencedores. Pues bien: sabemos que muchos se lanzan en la dolorosa aventura tan solo por ver si logran llevar pan a sus hijos. Gente sin empleo, sin trabajo.

”En la carrera del domingo se vio el caso de un corredor que llegó a la meta moribundo, agotado, casi agonizante, habiendo hecho un esfuerzo superior al de sus condiciones físicas. Ante él sentimos que el corazón se oprimía y el espíritu se rebelaba ante el hecho real e inhumano.

”¿Cual fue el objeto que lo llevó a tan temerario ejercicio? ¿Una ansiedad deportiva? ¿Un mejoramiento atlético? ¿Una aspiración física cultural? No. El hambre de sus hijos. Tenía muchos meses sin trabajo. Y, como ese, otros tantos. Esto debe terminarse”.

La carrera pedestre San José-Puntarenas tuvo relevancia dentro del deporte costarricense en sus primeras ediciones por cuanto otorgó premios económicos.

Algunos de sus participantes fueron después reconocidos deportistas, como Alfredo Pineda, quien ganó en tres ocasiones consecutivas. A su vez, Antonio Rodríguez fue un sanjuaneño que ganó en siete ocasiones y es miembro de la Galería del Deporte de Costa Rica.

Sin embargo, como se indicó, diversas críticas llevaron a abolir la competencia porque se la consideró inhumana y falta de propósitos deportivos. Al fin, se la substituyó por carreras pedestres de distancias más cortas, respaldadas por controles médicos y basadas en nuevos conocimientos sobre la preparación física.

El autor es profesor de la Escuela de Educación Física y Deportes de la Universidad de Costa Rica.

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