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Antiguos lavaderos públicos en San José

Las lavanderías públicas, olvidada tradición de San José

Actualizado el 02 de junio de 2013 a las 12:00 am

Antiguos lavaderos públicos en San José De cómo una necesidad diaria generó un espacio de socialización femenina

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Las lavanderías públicas, olvidada tradición de San José

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Dedicado a Carlos Gagini, en la revista Cuartillas (número 11 ), de agosto de 1894, se publicó un soneto de Roberto Brenes Mesén que dice: “Roza el alba en los juncos de la orilla / del murmurante y azuloso río, / sus dedos empapados de rocío / que con fulgores irisados brilla. / La lavandera cándida y sencilla / desliga arrodillada el blanco lío, / y luego avanza en el torrente frío/ con el agua a la fresca pantorrilla”.

Obra de juventud, según el escritor e investigador José Ricardo Chaves , el poema “significó en ese momento una clara toma de posición en la naciente polémica sobre las direcciones posibles para la nueva literatura [costarricense]”, discusión iniciada en ese mismo año ( La lavandera de Tibás ).

Así, entre nacionalism o o cosmopolitismo en nuestras nacientes letras, con aquel soneto Brenes Mesén parecía decantarse por el nacionalismo. El poema evocaba románticamente a una humilde y local muchacha que ejercía su popular oficio a la orilla de un río, como sucedía antes de que aparecieran en la ciudad los lavaderos propiamente dichos.

De pilas y lavanderas. Ya en el llamado “plano de Gallegos”, catastro mandado a levantar por Juan Rafael Mora en 1851, aparecen indicadas unas pilas en un predio situado ligeramente al sur de la intersección de las actuales avenida 6 y calle 10. Ese único lavadero –que existía aún en 1905 con el nombre de “Las Pilas”–, según evidencia el mismo plano, era alimentado por una acequia o taujía proveniente del sector de La Laguna, hoy parque Morazán.

Contemporáneo y amigo de Mora, precisamente, era el presbítero Cecilio Umaña Fallas (1794-1871), uno de los mayores benefactores que tendría la incipiente ciudad de San José. Hombre acaudalado, Umaña colaboró con la creación del hospital San Juan de Dios mediante una gran suma de dinero y le dejó también un importante legado en su testamento.

En ese documento, dictado en 1868, Cecilio Umaña determinaba además la construcción de unos lavaderos para servicio público en la calle del Cementerio, entonces recién reubicado en su emplazamiento actual.

Los lavaderos se instalaron en 1870, aunque situados más bien entre las actuales calles 1 y 3, en un terreno a orillas del río Torres, al norte del cuadrante josefino.

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Como documenta el mapa de San José de 1906, de acuerdo con la nomenclatura usual en el último cuarto del siglo XIX, la calle 1 norte –es decir, desde la avenida Central hacia aquel río– se denominaba entonces “Calle de las Lavanderas” pues desembocaba en el sitio señalado.

La historiadora Florencia Quesada apunta: “La construcción de los lavaderos de Umaña se terminó en 1887, y, aunque tenían una infraestructura muy rudimentaria –de mampostería con techo de zinc–, fue un paso importante para dar mejores condiciones de trabajo a las lavanderas” ( La modernización entre cafetales ).

Según Quesada, en 1905 se mejoró dicha infraestructura y se terminó la ampliación de un patio de secado para la ropa, en un terreno de 1.800 metros cuadrados comprado a Hipólito Tournon.

También en el sur. Por entonces también, el presidente municipal, Cleto González Víquez, retomaba una idea de 1893: construir otro lavadero público al sur de la ciudad, en las cercanías del antiguo matadero. Este se ubicó frente a lo que años atrás se llamó “La Pólvora” por ser el depósito oficial de dicho material, donde la calle Real –hoy calle Central– se bifurca hacia el sur entre las rutas a Paso Ancho y San Sebastián. Del origen de ese lavadero, sin embargo, existe una versión popular que nos cuenta el historiador Eduardo Oconitrillo.

Según Oconitrillo, “un día, viendo [el doctor Adolfo Carit Eva] pasar a las lavanderas que iban con sus motetes de ropa sobre la cabeza a lavar en las aguas cristalinas del vecino río María Aguilar, exclamó: ‘¡Pobres mujeres!’ y mandó a construir los lavaderos que se conservaron hasta hace algunos años, cuando el progreso obligó a hacer la ampliación de la carretera” ( El barrio Carit ).

A pesar de que forma parte de la leyenda urbana del doctor Carit, tal versión ha de haberse alimentado de dos hechos reales. Por un lado, el médico y filántropo vivía en las cercanías de aquel lavadero, donde se encuentra hoy, por donación suya, la Maternidad Carit (calle Central y avenidas 20 y 24).

Por otra parte, existe la certeza de que, en 1912, Carit donó también varias propiedades al Estado para que, una vez rematadas, se destinase su ganancia a la beneficencia pública. Una pequeña parte de aquel dinero se entregaría a dos lavanderas de 16 a 19 años “que fueran bellas, puras y virtuosas”.

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En 1925, el gobernador josefino, Rogelio Sotela, con el afán de cumplir la voluntad de Carit, convocó a un concurso público para determinar cuáles de las lavanderas reunían aquellas condiciones.

Entonces protestó una de ellas, quien seguramente sobrepasaba la edad' si no es que incumplía otro de los requisitos. La lavandera alegó que el dinero debía otorgarse más bien a las que tuviesen mayor tiempo en el oficio, por lo que el monto terminó repartiéndose entre las 13 mujeres que lo ejercían entonces en el lugar.

Dinámica femenina. Según recuerda el josefino Carlos Saborío Alvarado, hacia 1940, además de un terreno para tender “la tarea”, ambos lavaderos tenían “unas diez o doce pilas cada uno, en los que las mujeres de pocos recursos iban a lavar la ropa para ganarse su sustento. Las mujeres, todas descalzas, pasaban los días lunes y jueves de cada semana a recoger y entregar la ropa en las casas de familias ya conocidas y cobraban ¢0,25 por una sábana o dos paños o dos camisas pues entonces no existían las lavadoras eléctricas que hay en la actualidad. Recogían la ropa menuda dentro de una sábana y formaban grandes ‘molotes’ que se ponían sobre sus cabezas y los llevaban a lavar en esos lugares. Rara vez confundían la ropa de otra familia, pero nunca faltaba una pieza pues la honradez era otra de las cualidades de estas abnegadas mujeres” ( Reminiscencias, 1930-1950 ).

Las fuentes históricas mencionan otros lavaderos en San José, como el ubicado en la cercanía de la iglesia de La Soledad, el que estuvo en los terrenos del cementerio Calvo, el de La Bomba (barrio Los Ángeles) y el del Paso de la Vaca; además existía el de La Puebla, mencionado ya como Las Pilas.

Sin embargo, los lavaderos que más arraigaron en la imaginación urbana fueron los del doctor Carit y los del padre Umaña. Estos últimos sobrevivieron a la consolidación de lo que sería el barrio de Amón, a principios del siglo XX, para dar cabida a la única barriada pobre del distrito del Carmen, distinguido por el alto valor de sus predios.

El barrio El Palomar estaba ubicado en un terreno de gran pendiente al costado sur de los lavaderos. El lugar era una cuartería donde las lavanderas y sus familias subsistían en condiciones de hacinamiento mientras trabajaban para las casas del sector.

Los lavaderos públicos subsistieron hasta principios de la década de 1970, cuando la llegada del agua potable a la mayoría de la ciudad y la aparición de la lavadora eléctrica en el menaje de casa, los hicieron desaparecer. Pese a su escasa significación arquitectónica, habían satisfecho una necesidad diaria durante más de un siglo, mientras fueron un espacio de ardua y fecunda socialización urbana y femenina.

EL AUTOR ES ARQUITECTO, ENSAYISTA E INVESTIGADOR DE TEMAS CULTURALES.

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