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El inquietante reto de Glaucón

Actualizado el 30 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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El inquietante reto de Glaucón

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A Henry Louis Mencken, la simpatía no lo acompañó ni siquiera media cuadra por esa extraña costumbre de soltar la verdad en vez de decir cosas que se parezcan a ella. Hay muchas cosas que se parecen a la verdad; el problema está en encontrar las diferencias. Dicho sea de paso, las mejores calumnias no inventan defectos, sino que ridiculizan virtudes: al pensador se lo llama “aburrido” . Por esto, en el pensar poco, algunos hemos buscado la fuente de la propia simpatía.

Henry Louis Mencken.
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Henry Louis Mencken. (Wikicommons.)

Vivimos en sociedad, y la mentira es una de las artes decorativas de la convivencia. En general, no somos mentirosos; lo malo es que una pregunta súbita no nos da el tiempo de inventar la verdad. Es bueno decir la verdad, pero a veces es mejor hacerlo cuando no haya gente.

Mencken fue periodista; o sea, esa clase de persona que nos pregunta algo como si tuviésemos las respuestas y por el simple hecho de que deberíamos saberlas. El periodismo es una curiosidad.

A Henry Louis le gustaba dar la contra, a veces por convicción, a veces porque el objetor se hace notar. Un problema es que ciertos objetores son más notorios que notables.

Los objetores que se dedican al periodismo parecen nacionalistas porque nunca están contentos. Para los nacionalistas, a todos los pasteles siempre les falta una fresa.

El estadounidense Henry Louis Mencken murió en 1956, y aún se lo lee con placer. Mencken era un fresco; su obra lo está también.

H. L. M. escribió apotegmas, epigramas y otras palabras griegas que no entendemos, pero que, incluso así, son divertidas o sugerentes. Una vez, dijo: “La conciencia es una voz interior que nos advierte que alguien puede estar mirando”. Así, en una frase, H. L. resumió un pasaje de Platón, otro filósofo.

En el comienzo de La república (pero del libro), Platón vuelve a trabajar de titiritero de la filosofía y hace que Sócrates dialogue con el joven Glaucón . Este defiende la tesis de que todos los seres humanos cometeríamos delitos si nunca fuésemos castigados.

Glaucón cuenta el cuento de Giges, un pastor que halla un anillo mágico: cuando lo gira hacia dentro, Giges se torna invisible. Utilizando este prodigio, mata al rey y usurpa el gobierno sin que sea castigado.

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Sócrates rechaza la pesimista tesis de Glaucón pues cree que la naturaleza es buena, aunque se cometan muchas injusticias.

El reto de Glaucón nos preocupa y nos urge a buscar las razones de la virtud. ¿Por qué somos buenos? (a veces). Hay varias respuestas.

Uno: porque así nos han educado; pero, retrocediendo en generaciones, hallaríamos al primer ser humano que fue bueno: ¿quién le enseñó a serlo si él fue el primero?

Dos: buscamos el bien pues Dios nos puso la semilla espiritual de la virtud, aunque también la libertad de no cultivarla.

Tres: somos solidarios pues la selección natural nos hizo mamíferos, y estos son gregarios y deben ayudarse. “Virtud” es el hermoso nombre de los instintos sociales.

Sí, claro: hay más contestaciones, mas la frase de Mencken y el reto de Glaucón aún nos inquietan.

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