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"El ingenio maligno", la sorprendente novela de Rafael Ángel Herra

Actualizado el 20 de julio de 2014 a las 12:00 am

Rafael Ángel Herra

El ingenio maligno

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"El ingenio maligno", la sorprendente novela de Rafael Ángel Herra

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“Aldebarán tomó la pluma y se puso a escribir”: así empieza la historia de la última novela de Rafael Ángel Herra, recién publicada, y sigue con la narración de un cuento que nunca acaba y siempre se renueva, encuadrado en diálogos llenos de picardía e ingenio. Los personajes son el hombre del río, protagonista de los relatos, y los que cuentan y vuelven a contar: el Genio Aldebarán y el perro Diógenes, cuyo antecedente es el Perropinto de El genio de la botella, también del mismo autor.

En Costa Rica no se ha publicado ninguna novela con tanta riqueza técnica y creativa. La Editorial Costa Rica y la Editorial UCR se aliaron para editar este libro bellamente ilustrado por Mónica Salazar.

“Al principio no había relatos. Un hombre, sentado junto al río, miraba pasar la corriente”. Este es el embrión narrativo de toda la novela: el hombre y el río y su destino, contado de muchas maneras en los diálogos entre Genio y perro, y el juego con los textos de la cultura literaria tradicional, además de las invenciones.

Así se va abriendo un mural de textos, voces e imágenes en diversos viajes por el río sin que el hombre protagonista de las historias se atreva a cruzar ni el cauce, ni su vida y destino.

Ese mural es carnavalesco por sus cuentos sin acabar, que van completándose conforme los personajes viajan a buscar un origen que nunca parece esclarecerse hasta que el protagonista llega a la biblioteca y encuentra que todos los libros son iguales y con el mismo cuento.

“Aldebarán cerró así la historia. El desdichado ignora que solo existe porque lo nombro. También yo termino ahora de escribir mientras espero: tal vez pase flotando el cadáver de mi enemigo”.

Sin duda, el río simboliza el paso del tiempo, tal y como lo enunció Heráclito: “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”. Aldebarán así lo cree. Desde su presente en la cueva ve pasar el río-tiempo en espera del hombre muerto que nunca pasa.

Desde allí realiza algunos viajes al pasado, a su origen y su historia. Sabe así de su padre y la muerte de su hermano y de su huida de la ciudad y la cueva, morada de su presente.

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Aldebarán intuye el futuro en la otra orilla del río, pero no se atreve a pasar. El río abre el tiempo histórico, el mítico, el psicológico y el cronológico.

Son dignos de resaltar los contextos míticos esparcidos desde el inicio de la novela, hasta el final: por ejemplo, el mito del Paraíso terrenal con animales salvajes y la apacible vida del parecer más que del ser, lo cual se ejemplifica con Narciso, enamorado del reflejo de su imagen en un río; y con la aparición de la mujer, que llega y desaparece.

Luego retorna del pasado la muerte del hermano, que evoca a Caín cuando mata a Abel. Tras ese tiempo mítico aparecen los contextos literarios sabiamente escogidos, tales como cuando se encuentra con don Quijote y Sancho: ese trueque universal del realismo y el idealismo en los dos personajes que confunden, uno la realidad, y el otro que acepta como ciertas esas apariencias

Dos o tres veces el hombre del río se encuentra con una mujer fugaz y hasta cree hallar el amor:

“Cuando el joven asesino llega al lugar donde se eleva la cresta de basalto, conoce a una mujer y se aman. Con esa unión, la fatalidad les torció el destino pues aquella mujer era su madre; y el viejo asesinado, su padre”.

Se llega al final de la vida del hombre que espera junto al río y de todo lo que inventó, no sin antes viajar y asistir casi solo como espectador, por ejemplo, a guerras, a fusilamientos y enamoramientos de mujeres aparecidas al azar, incluso una Beatriz que lo lleva a conocer parte del infierno de Dante, hasta que el hombre regresa luego a su sitio, junto al río, a esperar sin saber qué: un enemigo pasará muerto, arrastrado por la corriente.

El ingenio maligno es una novela maravillosa, típicamente maravillosa, donde las leyes naturales conviven con las sobrenaturales como si eso fuera algo natural. Un río que nunca es el mismo y un hombre que lo mira y lo toma como núcleo generador de su vida, pero que nunca lo separa del sueño, de la duda de ser quimera, solo quimera, la nada. Priva la duda entre ser y parecer, y se privilegia este último.

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Novela para reflexionar, disfrutar y aprender. Genial y diligente creación de una visión crítica del ser humano, su origen y su destino.

Benedicto Víquez Guzmán

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