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Las identidades fragmentadas de 'Rosado furia'

Actualizado el 30 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

La premiada cinta de Nicolás Pacheco retrata la incertidumbre existencial

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Las identidades fragmentadas de 'Rosado furia'

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Cartel publicitario del largometraje ‘Rosado Furia’ (2014), del director costarricense Nicolás Pacheco.

¿Puede una película filmada en Singapur, con actores locales y hablada en inglés, identificarse con el costarricense o la realidad nacional? La respuesta es “sí”. Rosado furia –primer largometraje de Nicolás Pacheco– extiende puentes entre los dos países.

Cuando la producción costarricense alcanza poco más de cuarenta largometrajes de ficción, la película de Pacheco marca un precedente al distanciarse del sistema hegemónico que regula el hacer cine. La lejanía permite reflexionar sobre la identidad del cine en nuestro país; además, otorga una mayor libertad creativa pues no responde al sistema de producción que se ha establecido.

En ese marco surge Rosado furia . Como su nombre lo indica, es un filme con carácter; esto queda claro desde el inicio, en el que el director nos advierte del estilo con el que filma: una sugerente banda sonora y un montaje atrevido.

Ese carácter de la película puede encontrar eco en la audiencia joven y en espectadores ávidos de algo diferente: de una propuesta que estimule los sentidos y no se quede anquilosada en teorías cinematográficas clásicas. Para ello, el director opta por alejarse de una narración realista; la imagen tampoco nos llega como un documental ni hay similitud con el costumbrismo de otros filmes costarricenses.

Extrañeza. La construcción dramática del relato es fragmentada; no se llega a conocer del todo el pasado de la protagonista, y el nudo dramático no se resuelve por completo. Entonces, ¿qué vemos? El filme se centra en el presente caótico de Sue (la actriz Esther Low), una mujer joven que no logra alcanzar un balance en su vida; es una clase de extranjera que no encaja en ningún lado ni con ninguna persona.

Hay una lógica en el cómo Pacheco nos muestra el caos en el que vive Sue. Los recursos estéticos que el director emplea distancian al espectador pues no se sigue una narración tradicional. Visualmente, Rosado furia se nutre del lenguaje audiovisual del videoclip, con cortes bruscos en las escenas y una preponderancia de la música. Por momentos, la edición y la mezcla del sonido no están del todo finos.

La narrativa se corta constantemente, lo que impide que el espectador arme lógicamente la historia. ¿A qué responde esta necesidad de fragmentación? La atmósfera generada por los aspectos técnicos provoca una extrañeza.

El espectador no termina de entender lo que sucede porque la propia protagonista no es capaz de hacerlo. Todo es confuso para ella; su presente es una serie de recuerdos entrecortados, mezcla de realidad y de deseos frustrados. No se ve un futuro porque está por construirse. Sue no sabe qué hacer, no quiere ser como su madre, aunque el pasado de ella la persiga y la acose.

El montaje es vital para transmitir todas esas sensaciones: desde cortes abruptos que descolocan hasta tomas rápidas de la ciudad. Siempre se está ante una mirada imperfecta, en ocasiones temblorosa; en otras, la cámara distancia al espectador de los hechos, con un plano estático del que los personajes se alejan; a veces salen del cuadro. Todo indica una composición reflexiva de la imagen.

Indicios de un país. No se ve una realidad, sino una ficción expresiva. El director nos muestra un personaje perturbado que mantiene relaciones difusas: un examante, un nuevo romance, una patrona, una cliente, una excompañera de trabajo; pero estas relaciones no la llevan a ningún lado.

Por momentos, la aceleración del ritmo no permite captar las funciones de los personajes secundarios; pasan muy rápidamente, y podría haber sido interesante distanciarse de la protagonista y saber un poco más de algún secundario, en especial de la patrona y el examante.

El uso de la banda sonora también descoloca al espectador. Un barullo que está siempre presente –una especie de “ruido” que incomoda–, no permite aclarar las ideas y sumerge al público en el estado de ánimo de Sue: en ese caos en el que no sabe qué hacer.

La atmósfera extraña que se percibe no llega a ser explicada, aunque tampoco tiene que serlo: es un recurso del director. La historia se observa desde la distancia y la falta de un personaje-narrador que explique aumenta el sentimiento de extrañeza para quien vea la película y no esté acostumbrado a este tipo de filmes. El espectador tiene que figurarse el mundo representado por el director, dejarse guiar por la banda sonora, inquietarse o incluso molestarse por ella, y sentirse perdido por la disgregación del relato.

La fragmentación narrativa también puede entenderse como un reflejo de la situación que se vive en Costa Rica. El creciente desempleo, la inseguridad (económica, de vivienda, social, etcétera) y una generación que no sabe qué hacer: si seguir los pasos de los progenitores o buscar un camino personal; todos son temas que se entrelazan con la vida de la protagonista.

Sin importar que el filme transcurra en Singapur, la imagen mental que se vende oficialmente de Costa Rica dista de la que nos muestra el director. Un país con una identidad fragmentada, indeciso hacia dónde dirigirse, cuyos habitantes (principalmente los jóvenes) se ven reflejados en Sue, en su impotencia, sus miedos y en ese fantasma llamado Ong Huey Feng, que Pacheco construye hábilmente como vínculo narrativo de los sucesos, un fantasma que acosa y del que se quiere huir. Ong Huey Feng está presente durante todo el filme, pero nunca lo vemos: equivale a todo aquello con lo que se quiere hacer una ruptura.

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