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La hipnosis de José Luis Carranza

Actualizado el 19 de octubre de 2014 a las 12:00 am

Miradas-navajas.  El artista peruano José Luis Carranza González expone óleos y acuarelas en la galería Klaus Steinmetz

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Las tentaciones de san Antonio.Óleo sobre tela (2011). 148 x 300 cm.

José Luis Carranza González firma con los ojos: los de sus personajes, sorprendidos de que los miremos después de haber probado (ellos por ahora) el acogedor abismo de la muerte. Son ojos perfectos, perversos y perlinos; son esferas planas a las que un fuego le ha cortado los párpados; son bolas de cristal en los que no quisiéramos leer nuestro futuro.

¿Esos ojos? “Recuerdos del anatomista que era mi padre”, responde José Luis, quien, de niño, observó el pálido y lento paseo de la muerte dentro de los muertos en laboratorios médicos

Las miradas, las selvas, los seres que arden en colores: toda esta densidad del artista peruano nos visita en siete óleos y tres acuarelas expuestos en la galería Klaus Steinmetz Contemporary.

Carranza (Lima, 1981) es uno de los más renovadores artistas de la pintura hispanoamericana. En él confluyen el surrealismo presurrealista del Bosco, los cuerpos-voluta de Rubens, las salvajes selvas de Henri Rousseau, los monstruosos comics de Dave Elliott, la disección científica de muertos, los grafitis callejeros y el caluroso colorido publicitario.

El rapto de Europa. Óleo sobre tela (2014). 100 x 80 cm.
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El rapto de Europa. Óleo sobre tela (2014). 100 x 80 cm.

Carranza se licenció en pintura en la Escuela Nacional Superior Autónoma de Bellas Artes del Perú; ha ofrecido 12 muestras individuales en su país y ha participado en 46 exposiciones colectivas en varios países de América y Europa.

Visitas. “Para definir el arte de José Luis Carranza solo usaría la palabra 'hipnótico'. Él toma elementos conocidos y los rehace, como las ruinas típicas de la pintura romántica alemana. Me desagrada el arte con el que solo se intenta impresionar a los burgueses, pero el arte de José Luis va mucho más allá: es inquietante, pero arte verdadero”, expresa Klaus Steinmetz.

Los rostros sin piel nos infieren la roja palpitación de los tejidos de los músculos: hay mucha ciencia en este arte. “Yo quise dedicarme a la anatomía comparada como científico. A los catorce años preferí estudiar arte, pero con dudas, de modo que solo a los diecinueve años me matriculé en la Escuela de Bellas Artes”, recuerda el creador.

¿Cuánto tiempo le toma ejecutar un cuadro? “Depende de cuán motivado esté: dos días o dos meses”, revela el artista. Él aplica veladuras en fresco para fijar esos tonos esquivos de verde o de rojo que intentan fugarse por el aire.

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José Luis parte a veces de un cuadro ajeno y conserva el título, pero dibuja su propio drama, engendra otros seres, los revuelve en un espacio que tal vez no guste demasiado de tenerlos.

En Caminantes , el óleo ha sorprendido a dos jóvenes. Uno lleva un caballete y demás trebejos de pintor (san Lucas); el otro (san Juan) apacienta un ave peligrosa. Para Carranza, son dos personajes que le hacen recordar su infancia de adoctrinamiento religioso. “Mi padre era pastor protestante”, aclara el artista.

Gorgona I. Acuarela (2012). 65 x 50 cm.
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Gorgona I. Acuarela (2012). 65 x 50 cm.

La isla de los muertos alude a la serie homónima del simbolista Arnold Böcklin, pero este pintó la tristeza, y Carranza, la angustia: sus personajes nunca terminarán de llevar sin rumbo su muerte móvil.

Las tentaciones de san Antonio es un cuadro de gran formato que retorna a un tema caro a gente como el Bosco, Patinir, Picasso, Rivera y Dalí. Aquí hay aves malsanas, monstruos trocantes en otros monstruos, insectos pesados: hierven todas las amenazas, pero falta alguien: el santo. “Quizá esté detrás”, conjetura el pintor, sorprendido.

“Trabajo siempre de memoria”, dice José Luis, y los recuerdos se le cruzan entre sí, y él nos retorna seres que nadie ha visto ni en pintura –excepto en esta–.

El triunfo de Venus recuerda un tema habitual en la pintura grecizante, como las Venus de Nicolas Poussin. Sobre los rosados “femeninos”, insectos oprobiosos nos amenazan a los mirones, mientras Ares acecha desde una selva profusa y confusa.

Mitos reales. Nótese siempre la microscópica acuciosidad de los detalles, como en las hojas que enumeran sus nervaduras. Este antiimpresionismo exige la proximidad indiscreta, no la lejanía.

La fuente de Diana roza los motivos escultóricos Diana-fuente de las plazas, y también el óleo rococó Diana sale del baño, de François Boucher. Carranza ha reconocido: “Estoy enlazado a las tretas automáticas del surrealismo y de la libre asociación de ideas pues mis dibujos preparatorios son escasos”.

Él traza líneas tenues con un pincel húmedo, y hace cambios pintando sobre lo pintado.

La isla de los muertos. Óleo sobre tela (2014) de 150 x 180 cm.
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La isla de los muertos. Óleo sobre tela (2014) de 150 x 180 cm.

“Elimino así elementos que antes me gustaron: en la pintura también hay sacrificios. Trabajo todos los sectores a la vez: de arriba abajo, de derecha a izquierda...”, explica Carranza. Sus colores brillan tanto, que seguirán alumbrando cuando apaguen la luz del salón.

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Marat es mi cuadro más querido de esta exposición”, dice el artista. La obra se desliza hacia La muerte de Marat (1793), de Jacques David, que evocó al revolucionario francés asesinado en una bañera. “Aquí no hay estridencias cromáticas, y la superficie es pareja. Es una escena de madrugada, como mis pesadillas”, expresa el creador.

El rapto de Europa es una historia clásica pintada con trazo atormentado. Zeus se alza como un toro de ojos infernales, y Europa vibra en gritos de socorro. Tres hombres se horrorizan bajo el calor, el color y el hervor de la selva, que nos lanza un reino animal recién nacido.

La exposición también brinda acuarelas de mediano formato: Gorgonas I, II y II , trasunto de un mito griego: monstruo-mujer erizada de serpientes, que, para José Luis, se han trocado en engendros impensables que aquí están.

Un grande. “He querido alejarme del clasicismo que me enseñaron; es decir, de la idea de que el dibujo y el buen hacer son sagrados; pero me sirvieron porque pude así adquirir las técnicas: el verdadero camino si uno quiere después romperlas”, asegura el artista.

“Todos los pintores debemos algo a los grandes del pasado y del presente. Sería absurdo negar las altas tradiciones”, precisa Carranza. Entre sus artistas favoritos cita a Eugène Delacroix, Claude Monet (“aunque cueste creerlo”) y el delirante Francis Bacon.

En Carranza gravitan también el arte colonial y artistas peruanos, como Francisco Laso , Camilo Blas y José Sabogal . “Si José Vinatea Reinoso [1900-1931] no hubiese muerto joven, habría opacado a todos los demás pintores indigenistas del Perú”, asegura.

Miles han sido los gritos de estos cuadros: voces mudas, hoy flotantes en el aire salvador que nos separa de estas pesadillas seductoras.

Es curioso ver cómo grandes pintores antiacadémicos –como Carranza– son tan académicos.

Por entre su furor de tonos de selvas precámbricas y junto a sus personajes cuya amistad nos atormentaría, están la perfección de las líneas; la centralidad de los protagonistas; la perspectiva acróbata infalible; la nitidez de los contornos; la proporción de los colores (por así decirlo); la otra proporción, la de los elementos, que renuncia al fácil manierismo deformante, pero no a la profusión barroca.

Cada pintura de Carranza es el supremo instante de un crescendo visual de una sinfonía salvaje tocada en un antiparaíso terrenal. Luego de minutos de gozoso pavor en la contemplación, aún ignoramos por qué estas pinturas no tiemblan sobre las paredes si están convulsas por tanto movimiento.

Antes de que huyan, hay que ver estos cuadros: no todos los días se disfruta del estremecimiento que nos obsequia un gran, un enorme artista.

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