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El helado infierno del malquerido Trofim

Actualizado el 26 de abril de 2015 a las 12:00 am

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Aún hoy, Trofim Denísovich Lysenko es el finalista en todos los concursos de simpatía, y lo es porque es el que queda en el final. Reside tan, tan en el final, que, si se concursara sentado, se caería de la silla. Parece que se han perdido sus escritos, lo cual es una lástima pues eran de esos libros que atrapan al lector desde la última página. Lysenko (1898-1976) pasó por este mundo dejando una huella tan pisada como su recuerdo.

En su abrumador tratado El ascenso de la ciencia (cap. XXIII), el físico Brian L. Silver intitula “charlatán soviético verdaderamente desagradable” a Lysenko y le atribuye haber declarado que “los genes no existen”.

A su vez, el inmunólogo Peter Medawar , premio Nobel de Medicina, menciona “las siniestras y malignas opiniones de Lysenko” ( La amenaza y la gloria , cap. VII). Por su parte, mojando sobre llovido, el zoólogo Richard Dawkins censura “la ideología anticientífica de Lysenko, biólogo charlatán” ( El espectáculo más grande del mundo , cap. III).

¿Qué de espantoso hizo Lysenko para que lo rechacen con tal entusiasmo si ni siquiera cantaba como Alejandro Fernández?

Lysenko cometió pecados que fueron mortales, pero para algunos de sus adversarios, como el botánico Nikolái Vavílov , quien fue apresado y deportado a Siberia –donde murió paralítico– por intrigas de Lysenko. Vavílov hizo importantes estudios sobre la riqueza vegetal de Centroamérica.

Un pecado mortal de Lysenko afectó a la ciencia porque él intrigó hasta ubicarse como el “biólogo oficial” del régimen de Iósif Stalin, de modo que usó el poder político para imponer “teorías” disparatadas en la genética.

Una azteca sopla el maíz para que no tema al fuego. "Códice florentino" (siglo XVI)
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Una azteca sopla el maíz para que no tema al fuego. "Códice florentino" (siglo XVI) (Wikicommons)

Trofim Lysenko pretendió demostrar que era falsa la genética iniciada por el monje agustino Gregor Mendel , sobre la que se basa la genética del siglo XXI. Esta postula que, en todas las especies, los cambios se producen por la recombinación genética, no por la sola modificación del ambiente.

Para producir más trigo en el invierno, Lysenko congelaba las semillas a fin de que “resistiesen” el frío; pero las semillas vivían en otro mundo; nunca pasaban a la resistencia; no se reproducían, y, como ya se habían congelado, solo quedaba congelar en Siberia a los críticos de Lysenko.

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“Mientras Lysenko dominó la ciencia soviética, se prohibió hablar de genes, cromosomas e incluso de virus”, precisa el filósofo Luis Camacho Naranjo ( La ciencia en la historia, p. 196).

Otro pecado de Lysenko fue preterir el carácter universal de las ciencias naturales: cobre + estaño = bronce en cualquier parte de la Tierra, en cualquier época y en todas las clases sociales.

Ni la brujería, ni los rezos ni la ideología mejoran el maíz, sino la ingeniería genética que se inventó hace 9.000 años en un valle de México –como explicó el microbiólogo Edgardo Moreno–.

Al fin, la helada Siberia del infierno está empedrada de ardientes intenciones.

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