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El fotógrafo que busca ahogados

Actualizado el 24 de agosto de 2014 a las 12:00 am

Esta imagen pertenece a un proyecto de fotografía documental llamado De espaldas al centro , realizado en los años 2012 y 2013 en la frontera del Distrito Federal con el estado de México.

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'El ahogado', del proyecto 'De espaldas al centro' (Tonatiuh Cabello)

Esta imagen pertenece a un proyecto de fotografía documental llamado De espaldas al centro , realizado en los años 2012 y 2013 en la frontera del Distrito Federal con el estado de México.

De espaldas al centro refleja las inquietudes por expandir mis límites como fotógrafo en lo profesional y geográficamente. Deseaba elaborar un trabajo fuera del lugar donde vivo, en este caso Ciudad Nezahualcóyotl, y visitar lugares aledaños, donde existen muchos rumores de muertos y asesinados que se aderezan con la desdicha, el infortunio y la calamidad. Reforzar o desmentir esos rumores a través de la fotografía serían los objetivos para caminar por estos lares.

Comencé explorando deportivos y canchas de futbol llanero, sitios que me daban un poco de confianza por lo amplio que son para correr por si algo pasaba. Con los meses, me hice de contactos que me animaron a entrar a las colonias, muchas de ellas ubicadas en algún rincón de un cerro donde no existe acceso para la policía o alguien que sepa de seguridad.

La orientación de los contactos o la de mi suerte cuando caminaba solitario me hacían brincar de las orillas de las delegaciones como Tláhuac, para caer en municipios como Chalco o Valle de Chalco, donde tomé la foto expuesta.

La carretera Chalco-Tlahuac es una de las pocas vías de comunicación entre estas dos regiones. Es una ruta que se adorna con las lagunas de Xico, grandes ollas donde conviven las aguas residuales con el agua de lluvia, y que se extienden por 1.556 hectáreas.

Entre las lagunas, a un lado del camino, nace una pequeña charca gracias a una tubería que de vez en cuando abre sus llaves para llenarla. Esta es una de las pocas gotas de agua potable de la zona.

En aquella charca, con un día muy soleado, logré el registro. La foto parece una puesta en escena, pero tanto el individuo como el lugar fueron encontrados con todos esos elementos que se muestran. Me interesó el ambiente por el número de personas que se bañaban con ropa, en su mayoría jóvenes y niños.

Entre ellos estaba un individuo con una gorra negra y un salvavidas en la cintura. Cuando le pedí permiso para hacerle un retrato –que terminó siendo un paisaje– percibí que una especie de hierba flotaba a su alrededor. Al preguntarle por ella, el hombre me explicó que eran restos de verdolagas que la gente venía a lavar al amanecer y que tenía sus viviendas cerca del lugar.

A un costado existían otras charcas, pero de color amarillento. El chavo de gorra me advirtió que eran tóxicas y que no debía acercarme. En estas aguas también se miraban garzas y patos que disfrutaban la refrescante experiencia entre la abundante vegetación y las montañas de cascajo. Todo el panorama resultó un húmedo contraste.

En este tipo de espacios existe siempre el rumor de cuerpos de personas muertas que aparecen flotando al día siguiente. Muchas semanas después, cuando revisé la foto en la computadora con más calma, comprendí el objetivo del salvavidas. Sea mentira o sea verdad lo que se dice, las precauciones nunca sobran.

En ocasiones, la fotografía se ha considerado como el mejor vehículo para la denuncia, pero de vez en cuando hay que estacionar el carro y contemplar aquellos espacios inhóspitos. Mi trabajo no procura simplemente documentar una frontera entre dos territorios: quiere estudiar esa línea que existe entre lo agraciado y lo repugnante, intenta aportar una nueva visión sobre el confín de la estética.

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