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La escritura como cicatriz

Actualizado el 04 de octubre de 2015 a las 12:00 am

María Bonilla

Hecho de guerra

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La escritura como cicatriz

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Silvia Arce Villalobos

Hay una mujer, cuyo nombre no parece importar porque es una y todas a la vez. Esta mujer, esta Penélope tejedora de palabras, lo único que tiene claro es que es un reflejo, como lo somos cada uno de nosotros, de ese momento que nos detiene en el tiempo en el que somos uno con la muerte, en el que somos la muerte.

Se dice metafóricamente que la vida misma es una batalla diaria. Casi sin ninguna reflexión, hablamos de nuestras luchas y derrotas cotidianas. Los siglos pasan, y somos, a nuestro pesar, sobrevivientes de una guerra eterna, de una profecía de exterminio que puede venir de una bala perdida o de una lluvia de balas bien dirigidas y mal intencionadas.

Es que, si, ante la muerte, solo podemos enfrentarnos con preguntas, nunca estaremos conformes con el dictamen de la Parca: ¿Cuál fue esa última guerra que se perdió? ¿Por qué quien muere por un hecho de guerra pasa de un espacio multitudinario de combatientes y aliados y enemigos a un espacio yermo, con su muerte sola, para ser el primer muerto de todos, el único que hubo y que habrá?

La muerte nunca es algo colectivo, ni histórico ni social. La muerte es única y se sufre en silencio y en soledad. Su materia prima son las preguntas, una más dolorosa que la otra porque cada muerte es mi muerte, cada muerte es mi muerto.

Ella, ese sujeto sufriente (porque se le ha asignado el destino fatal de la espera), se refracta en anécdotas, plegarias, datos almacenados en el tártaro de la memoria. Ella, esta Penélope desesperanzada, mítica como la de Homero, obstinada como la de Serrat , “se sienta en un banco en el andén y espera a que pase el primer tren”, pero vale decir que es muy diferente esperar al amado malherido para curar sus llagas, así lo encontremos más viejo o enfermo a tener el anuncio fatal de que lo que se espera es tan solo un cuerpo. Esta espera en Hecho de guerra es una espera sorda.

Como en los rieles por donde transita ese tren que carga con “un cuerpo”, se cruzan en el texto las vidas de Federico García Lorca, Marta Osorio, Agustín Penón y la de ella, la voz que anuda, ese puñado de hechos lanzados al aire y a la historia, hechos que quizás los expertos podrían ordenar en una rectísima línea del tiempo, pero que a esta narradora íntima se le ocurre hilvanar mediante sus propios recuerdos y validar como hechos, sus intimidades y obsesiones que no tienen reparo en viajar en el tiempo, desde España hasta Latinoamérica, y otra vez de vuelta, una historia cuya puntada principal es ese nudito primigenio que sostiene todo el tejido: la muerte del poeta , y, con él, la muerte de la poesía, de la voz, de la palabra.

Esa muerte, irónicamente, une cuatro caminos que de otra manera quizás no podrían haberse juntado. Ese papel le fue asignado a la Parca (hilandera también) : el de reunir angustias y fatalidades, el de revolcar recuerdos y sacudir obsesiones.

¿Cuál es el tiempo de Dios? Yo suelo usar la expresión para cuando alguien se tarda mucho resolviendo algo, pero, en realidad, nadie sabe a ciencia cierta (o a fe cierta) por qué ese tiempo divino y el tiempo terrenal, el del mortal no logran entenderse.

En ese tiempo divino parece que están haciendo fila todas nuestras preguntas, nuestras angustias, nuestra esencia humana. Quizás en lugar de estar hechos a imagen y semejanza de Dios, estamos hechos a imagen y semejanza del tiempo de Dios. Es decir, no sabemos cómo somos, ni cuánto duramos, ni dónde habitamos; o, más bien, podría ser que seamos eternos y no lo sepamos todavía.

Esperar un tren que nos trae lo único certero y para lo cual nunca estamos preparados. Una muerte es todas las muertes, pero nadie se resigna, aunque el fatum marque el camino despiadadamente. ¿Y si fuéramos capaces de torcer esos rieles, de entrecruzar esas puntadas e inventar un tiempo, una historia menos terrible o al menos más humana?

Por eso existe la ficción, por eso María Bonilla sabe que la materia prima del ser humano no es ese hálito divino, ni el alma, ni el cuerpo: estamos hechos de guerra y escribir es bordar, tejer, suturar las cicatrices de esa guerra.

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