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Juan Dicent presenta su nuevo libro 'Winterness'

Actualizado el 08 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

En su libro Winterness , el dominicano Juan Dicent vuelve a ser niño de diferentes maneras y reconstruye la historia de su padre tratando de darle un sentido heroico

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Decía Onetti que su arte radicaba en dos cosas: leer y escribir. El dominicano Juan Dicent (1969) estaría satisfecho con la primera. A pesar de ello, dos ediciones de Winterness , su último libro de relatos, aparecieron en su país y en Costa Rica en el 2012.

La edición costarricense es parte del catálogo de Ediciones Lanzallamas. En su portada se apuntala al gran lector que es Dicent, reafirmando su pacto con Onetti . En los lomos apilados hace visible las innumerables referencias literarias que dinamita en cada texto de este libro, y lo introduce “forcejeando” en un repertorio narrativo del cual se confiesa devoto.

Portada de 'Winterness', de Juan Dicent
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Portada de 'Winterness', de Juan Dicent

A medio camino entre los puristas del idioma que deciden si incluir o no los dígrafos –¿27 ó 29 letras?–, los cuentos del libro son 28. La asociación es ineficiente; el abecedario, también. Este libro no se escribe en castellano, se vomita en un idioma preterido por el invierno.

Si Summertime –el primer libro de Juan Dicent– fue escrito bajo el sol cancerígeno de su isla, Winterness , armado en la humedad de un sótano del Bronx, viene siendo el efecto secundario de la quimioterapia.

Dicent habla de un personaje de Beckett que teme al invierno. Esta es, a la sazón de los relatos de este libro, la temporada en que se cosecha la desdicha. Animales de otra latitud, el frío los sobrecoge y los obliga a convivir: ese montón de desconocidos que, una vez aglutinados, terminas reconociendo como tu familia. El autor insiste regularmente en la primera persona porque no hay otra manera con qué enfrentar la decepción que la autobiografía.

El drama propio se entrecruza con las experiencias de sus coterráneos, de sus familiares o amigos. Los dilemas del exilio, de la política y la historia, o el culto a las remesas que sostienen la compleja y poco eficaz estructura dominicana, son el capital cultural del que se engancha Dicent para entretejer historias personales llenas de soledad, desamor y los rasgos menos trascendentes de la violencia.

La miseria humana es lateral ante la miseria. Lo que aquí se lee no esgrime sobre valores ni discursa sobre moralidades. Son en su mayoría narrativas sobre desplazados, sobre gente que aprendió en otro país, pero con el mismo idioma, el vocabulario de la derrota.

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Sin embargo es una literatura sin cinismo, con un humor lleno de entereza. Se pone a sí mismo ante las balas de los detractores del pintoresquismo.

Hay mucho dolor detrás de cada uno de esos relatos, pero Dicent –pragmático– nos muestra la imposibilidad de la literatura como bálsamo. El fracaso es, sin duda, el centro de su práctica.

Sus personajes destacan por la inercia, por ese efecto tan predecible como karmático con el que transcurren sus vidas. La falta de presente es sólo una anécdota para la falta de futuro. Incluso se resignan y suscriben, como Leonard Cohen en La energía de los esclavos (1972): “Poseyéndolo todo no tendríamos dónde ir”.

De una moralidad vacilante, el libro tiende al machismo. Más que mal intencionado, es la forma en la que el personaje masculino, que nos cuenta todo, recompone y justifica, de una vez, su soledad y su hombría.

Quizás por eso entre lo más conmovedor del libro están My father’s lunch, Mom and The Simpsons y Southern Comfort .

A través de la memoria de un narrador, Dicent vuelve a ser niño de diferentes maneras y reconstruye la historia de su padre tratando de darle un sentido heroico, insistiendo en una memoria probablemente tan apócrifa como necesaria. El modo en que lo involucra en la gesta patria no es otra cosa que la desesperación por condensar el honor con la biología.

Cuando tu país es una caricatura y el exilio es inminente, el invierno es el único destino. El frío de todo lo nuevo se va naturalizando con demasiada confianza sobre tu mente y tu cuerpo, y acapara la narración porque acapara el lenguaje.

La literatura de Juan Dicent ni siquiera forcejea ya con eso: está vencida en esa dualidad, al igualque quien espera la vejez como un último trámite (Luis Chavesdixit ). Algo semejante nos pasa a todos, aunque lo desfigurado sea un país de la mente, y el exilio, tu propia habitación.

Juan Dicent encontró en Costa Rica varias decenas de desertores de la felicidad. Amarrados sin proeza al barco de la infamia, a los asados de domingo, al reciclaje literario, a la familia molecular que son los amigos.

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Si Dicent contradijese a Onetti, nos dejaría incompletos: faltos de la única biografía autorizada y negados a que la escriba otro.

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