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'Amadeus' y los abismos del alma

Actualizado el 07 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

La traducción del célebre drama de Peter Shaffer fue una aventura interior

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'Amadeus' y los abismos del alma

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Mozart, interpretado por Javier Montenegro (izquierda), junto a Leonardo Perucci en el papel de Salieri. Ambos aparecen en la puesta del Teatro Espressivo, de Curridabat (tel. 2277-7373). Jorge Arce.

Independientemente del tipo de discurso del que hablemos, el acto de traducir un discurso plantea retos y riesgos importantes ya que el pasarlo de un lenguaje a otro –buscando expresar la misma realidad transmitiendo su sentido– es siempre un acto de comunicación que debe tomar en cuenta el espíritu del original, así como el estilo en el que fue concebido y su posible inserción en un nuevo lenguaje.

Desde ese punto de vista, hay una forma de traducción cuando un director de teatro o de orquesta pone en escena una obra teatral o dirige una partitura. Sin embargo, el problema de la traducción no está allí, sino –como afirma Umberto Eco– en que el lenguaje, en su manera de significar, piensa la realidad, y esto no lo hace de manera universal o inmutable.

La lengua es con lo que aprendemos a pensar, aquello que se piensa y aquello por lo que somos pensados, igual que el lenguaje artístico o el profesional que elegimos para expresarnos.

Los desafíos y los riesgos propios de la traducción de una obra teatral –como Amadeus , de Peter Schaffer– son un laberinto cuya salida requiere un hilo de Ariadna a riesgo de ser devorados por el Minotauro.

Un conflicto poderoso. Cuando Carlos Salazar me pidió hacer la traducción de Amadeus para ponerla en escena en el Teatro Espressivo Pinares, me pregunté quién sería yo, si Ariadna, el Minotauro o el hilo para salir del laberinto. ¿Cómo pensó Schaffer la realidad, cómo la pensaba Carlos, el director, y cómo la pensaba yo? ¡Buen lío!

El panorama era el siguiente. La obra original no era una, sino tres: tres versiones escritas por el propio Schaffer, quien fue modificándola a partir de sus muchas puestas en escena en el mundo, y sobre todo a partir de la extraordinaria película que hizo Milos Forman con guion del propio Schaffer. Además, los tres originales, escritos en inglés, incluían parlamentos en italiano y francés.

Sobre todo, tenía un texto profundo, complejo, conmovedor, en el que Schaffer no pretendía ser históricamente verídico –ya que partía de las teorías que rodearon y aún rodean la temprana y misteriosa muerte de Mozart– con otro propósito, que a él mismo, como artista, lo tocaba.

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Cuidadosa y bellamente escrita, su acción teatral está estructurada alrededor de un conflicto poderoso y entrañablemente humano: ¿por qué algunos seres humanos nacen genios y otros mediocres?, ¿cómo se sobrevive y se pelea contra esta injusticia?

Schaffer crea así dos personajes inolvidables: el protagonista, Antonio Salieri, quien tuvo la desgracia de ser contemporáneo de uno de los mayores genios musicales de todos los tiempos; y Wolfgang Amadeus (“el amado por Dios”) Mozart, el antagonista a pesar suyo. Schaffer nos provoca con ambos personajes.

Seres inquietantes. Mozart fue un niño genio, exhibido y explotado por su padre en las cortes europeas, obsceno, caprichoso, irresponsable, ingenuo y desentendido de Dios, pero sublime, profundo como artista y creador. Salieri fue un hombre culto, refinado y devoto como hombre, pero mediocre, trillado y poco imaginativo como artista.

A su alrededor viven personajes inquietantes, como Constanza, niña-mujer-madre, esposa de un genio cuyos pies nunca tocaron el suelo; y como los Venticceli, esos “vientitos rumorosos” de la cruel, chis-mosa y vacía Corte vienesa y su sociedad. Esa era la visión de la realidad de Schaffer: fuerte, rotunda, implacable.

Con ese inicio, la traducción del texto planteaba algunos retos esperados: la selección de las palabras exactas para que resultasen tan selectas y finas –al mismo tiempo, tan expresivas, grotescas y llenas de humor como estaban escritas en el original–; el certero y preciso dibujo de la acción teatral y del conflicto, apretado como un ovillo de lana; la recreación del mundo histórico y la sociedad de la Viena de Mozart.

Sin embargo, el reto fundamental que afrontaba su traducción es la humanidad de los dos protagonistas, representantes de la capacidad del ser humano de las mayores iniquidades y de las más grandes creaciones. Vemos los sutiles pliegues psicológicos de ambos personajes en sus enfrentamientos con ambos Padres: el terreno en Mozart, el celestial en Salieri.

La obra nos ofrece una realidad de impactantes contrastes. Por un lado, Mozart, uno de los músicos más grandes de todos los tiempos, bendecido por los dioses, que muere en el dolor, la pobreza y la enfermedad y es enterrado en una fosa común por no ser capaz de jugar el juego social de hipocresía y servilismo con el poder.

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Mozart vivió en un abismo de creatividad, de notas y armonías musicales, en cuya mente y corazón conviven imágenes y construcciones propias de las leyendas populares, como el Papageno y la Reina de la Noche; personajes de clase baja, considerados no aptos como objetos de la ópera, como Fígaro; y personajes simbólicos y arquetípicos, como Don Giovanni y el Comendador.

Por otro lado, Salieri es el mediocre vanidoso, maldito por los dioses, abismo de pasión y enamoramiento por la música, pero también de enojo, de dolor, de envidia, de rencor con Dios, a quien le ofrece su vida a cambio de talento, pero Dios no lo escucha.

Salieri vive en la riqueza y el ejercicio del poder, que usa por envidia para destruir al contrincante: lo consigue en la persona de Mozart, pero no en su enfrentamiento con Dios, ante el cual sale derrotado para morir en un asilo de locos.

Traducir el alma. La realidad del ser humano y del artista en la sociedad en la que le tocó vivir. El placer de la creación y el dolor de la mediocridad. El amor y el odio a Dios. La terrible relación con el padre. La realidad de Schaffer, de Salazar, mía.

Traducir el alma humana es el mayor reto y el riesgo más terrible que es posible concebir. Cada creador lo intenta constantemente. Se aventura a descifrar su realidad, a traducir su alma.

Como traductora de Peter Schaffer, mi convivencia con Amadeus me provocó escalofríos, consternación, sonrisas, placer, horror, compasión, reflexiones, lágrimas y siempre asombro. Todas estas sensaciones nos inundan cuando nos acercamos demasiado al abismo que somos cada uno de nosotros.

La autora es actriz y directora teatral, con un doctorado en Estudios Técnicos y Estéticos del Teatro; profesora y escritora, con cinco novelas publicadas.

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