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La dramática historia de los múltiples textos de ‘El rey Lear’

Actualizado el 17 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

Muchos reyes. El original se perdió; algunas traducciones son precavidas, y otras, atrevidas

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Nada es más tremendo en el canon shakespereano que el final de El rey Lear . Es tal el agobio que provoca la última escena que por más de 150 años se representó una versión “rebajada” del siglo XVII, de Nahum Tate , en la que, en pocas palabras, ganan los buenos, pierden los malos y hasta boda hay: por fin, algo que podemos digerir. Incluso el poeta del sigo XVIII Samuel Johnson prefería esta versión que la original. ¿Cuál versión se elegiría en estos momentos?

Portada de la trauducción de ‘El rey Lear’ hecha por Joaquín Guitiérrez. La edición fue publicada por la Editorial Costa Rica en 1991. Fotografía: Wikicommons.
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Portada de la trauducción de ‘El rey Lear’ hecha por Joaquín Guitiérrez. La edición fue publicada por la Editorial Costa Rica en 1991. Fotografía: Wikicommons.

Algunos sin duda se escandalizarían de que hubiera ocurrido una "atrocidad" como la cometida por Tate con la obra "sacrosanta" del dramaturgo, y tacharían de “infiel”, de “adaptación libre” –en fin, de todo menos “Shakespeare”–, a cualquier alteración o añadidura al texto “original”. Decimos “original” entre comillas porque como todas las obras que se atribuyen a Shakespeare, El rey Lear no sobrevive en manuscrito ni en algún documento que se nos haya presentado como la versión autorizada, revisada o corregida para ser distribuida por los siglos de los siglos.

En cambio, tenemos tres versiones de El rey Lear: la que se encuentra en el Folio de 1623 (que contiene sus “obras completas”), y dos versiones sueltas en un formato llamado Quarto (de 1608 y 1619). Estas tres versiones no siempre coinciden; contienen palabras, versos, escenas o incluso personajes que no incluyen las otras, y viceversa. Todo esto representa un reto editorial para las publicaciones pues cada editor crea su propia versión al juntar lo que a su parecer son los mejores versos de las tres e introducirles correcciones.

De tal modo, el texto teatral shakespearano es inestable. No existe, pues, el Lear original, el verdadero, el de Shakespeare. A esto súmenle que, desde la mano del autor hasta la publicación, ocurría un proceso en el que se metían otras manos: la del amanuense que no entendía la letra del dramaturgo, la del actor que cambiaba versos conforme medía la reacción del público, la de los trabajadores de la imprenta... –la posibilidad de las “contribuciones” accidentales de estos es evidente, como también las incoherencias que de allí se estriban–.

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Imitaciones. Por ejemplo, no todas las versiones de Hamlet contienen el mismo soliloquio de “Ser o no ser”, lo que significa que se ha favorecido una versión y que la otra se ha condenado al olvido.

Hay tantas diferencias entre el Hamlet del Folio y el primer Quarto , que a este se lo ha apodado el Bad Quarto: el Quarto malo , el pirata. Asimismo, son tantas las diferencias que hay entre la versión del Folio y la del Quarto (1608) de Lear , que la Oxford University Press decidió publicar las dos en volúmenes separados y no como un solo texto. Si tal es la naturaleza de esos textos, ¿qué criterios deben tomarse para representar sus obras o bien, traducirlas?

Shakespeare en tu idioma. La mayoría de los traductores latinoamericanos –incluido el costarricense Joaquín Gutiérrez –han traducido a Shakespeare utilizando un español ibérico, que imita (más bien, intenta imitar) el de los Siglos de Oro. El resultado es que las obras del bardo se convierten en textos irremediablemente arcaicos, lecturas pesadas y a veces irrepresentables.

Deliberadamente, esas traducciones quitan la intemporalidad a las obras pues las ubican en una época específica, y simultáneamente convierten a los personajes en –lo que un lector americano se imaginará– una caricatura de los españoles.

No se trata de menospreciar la contribución de dichos traductores pues corresponden a cierta ideología, pero tal vez valga la pena objetar las convenciones pues utilizar aquel español es perpetuar la idea de que Shakespeare es viejo, inalcanzable, tan sólo “equivalente” a autores del Siglo de Oro, a un español “más literario” –“poético” si se quiere–.

Si la traducción trata muchas veces de acercar el texto al lector, ¿por qué, al quitarle el inglés a Shakespeare, se añade el español (no el idioma, sino el gentilicio)? ¿De qué sirve, entonces, hacer nuestras propias traducciones?

Vida en el escenario. Vale la pena mencionar la traducción del chileno Nicanor Parra, que se vincula con su estilo y sus antipoemas, así como la traducción de las mexicanas Luz Aurora Pimentel y Jesusa Rodríguez , que ubica la acción en la ciudad de México, y donde todos los personajes son mujeres.

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Convendría enfatizar que todo drama es inestable –no sólo el de Shakespeare–, y que resulta inútil calcular la “fidelidad” de cada versión o traducción, sobre todo si los traductores trabajan buscando este objetivo.

Algunos conciben el texto teatral como incompleto hasta que se represente, pero otros creen que toda representación significa una adaptación. Podemos estar de acuerdo en que cualquier dramaturgo escribe más de lo que la obra necesita, quizá para ayudar al actor a conocer su personaje.

El escritor ruso Boris Pasternak dijo a Grigori Kosintsev, director de la adaptación fílmica Korol Lear : “Corta, abrevia y rebana de nuevo, tanto como necesites... Dispón del texto con absoluta libertad; es tu derecho”.

El rey Lear se empolva en los estantes por traducciones precavidas o “fieles”. En vez de esto, propongo estar a la espera de verlas vivir en los escenarios con versiones arriesgadas, que buscan actualizar o darle un giro a esta obra que de tal forma no nos deja de sorprender.

El autor es egresado de la Escuela de Letras Inglesas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Univiersidad Nacional Autónoma de México.

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