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Otras disquisiciones / El tiempo que cambiamos al vivir

Actualizado el 17 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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El negocio que fracasa debe sepultarse en un nicho del mercado. Lo empezamos con dudas y lo terminamos con deudas. Como en todo, en los negocios nunca sabemos qué nos depara el futuro; y, si somos desconfiados, cuando el destino al fin nos llame a la puerta, será mejor que hayamos salido; pero el futuro es mutante pues, cuando aparece, se torna en presente confianzudo, fumando a la par y esperando con nosotros a que llegue otro futuro.

Los futuros que arriban son como las cartas que siempre nos anuncian otras, y la verdad es que ya no sabemos para qué vienen.

“En fuga irrevocable huye la hora”, escribió Francisco de Quevedo, y en otro papel: “El tiempo es un enemigo que mata huyendo”. Esto de leer a poetas que también son filósofos es un verdadero ahorro.

El tiempo real (cual dicen los informáticos) es presente, el pasado es memoria y el futuro es ilusión.

Empero, el pasado es una memoria muy realista porque recordarlo de otro modo no hace que, acostándonos mendigos, nos levantemos príncipes (lo inverso también sería irreal, pero más chistoso).

El tiempo ha intrigado a los filósofos y a quienes siempre llegan tarde. Estos se preguntan qué pasa con el tiempo que ha transcurrido, por dónde se fuga, y suponen que va doblándose en el pasado como las mangas interminables de una camisa que plancha Cronos.

A quien escribe novelas de mil páginas le sobra el tiempo de los otros. Abel Gance filmó Napoleón , cinta de seis horas (si hubiese empezado a filmar un poco antes, habría aparecido Napoleón). Lo mejor/peor fue que pretendió filmar cinco continuaciones, y ya se imagina usted que, con ese proyecto, Gance viviría hoy en el siglo XXV.

La piel nos susurra que el tiempo no pasa en vano, pero algunos filósofos son más optimistas que la piel porque suponen que el tiempo no pasa ni siquiera en vano.

Parménides negó el movimiento, de modo que, para él (creemos), la materia debe de aburrirse eternamente. Así pues, Parménides fue muy gracioso, pero no dejó de ser adivino de nuestro hoy ya que pintó al tiempo como una banca sobre la que el universo se quedó para siempre esperando un trámite.

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Si las cosas nunca se mueven por dentro o por fuera, el tiempo no pasa pues los cambios revelan que hay tiempo. Solo en el mundo de la irrealidad, el tiempo se detiene. El número 1 siempre es el mismo, salvo en los partidos políticos donde terminan por despachar al líder.

Aunque él ya no esté con nosotros para celebrarla, debemos festejarle una ocurrencia a Parménides: el vincular el tiempo con los cambios que ocurren en las cosas.

Mario Bunge ( Ontología , I, 5) afirma que las cosas no están en el tiempo ni en el espacio, sino que el tiempo y el espacio existen porque hay cosas: estas cambian y se desplazan inventando el tiempo y el espacio, y así nos llevan: espectadores que somos protagonistas.

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