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Otras disquisiciones: La generosa dinastía de Epicuro

Actualizado el 21 de junio de 2015 a las 12:00 am

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Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

Lucio Torio Balbo no aparece entre los escritores que elogiaron al gran Epicuro . Torio vive ausente de los censos de la filosofía; nadie lo extraña, y ya nunca llegará, como les pasa a quienes se apersonan tan retrasados a las bodas, que, cuando aparecen, los novios ya se han divorciado.

Hay gente que llega a la hora exacta, pero de otro día. La puntualidad es un arte cuyo dominio exige demasiado tiempo.

El único que se ocupó de Lucio Torio fue Cicerón, y lo hizo para humillarlo en público, aunque en defensa de Cicerón cabe añadir que aún nadie ha inventado otra forma de humillar a la gente.

Allá, en el siglo I previo a Cristo, cuando los calendarios viajaban en reversa, Cicerón escribió un libro tan actual que solamente le faltan los dos puntos en el título. De haber puesto dos puntos en el título, Cicerón habría escrito el primer libro de ciencias sociales de la cultura occidental.

La primera edición de los ensayos del filósofo humanista Montaigne data de 1580. Wikicommons.
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La primera edición de los ensayos del filósofo humanista Montaigne data de 1580. Wikicommons.

En su libro Del sumo bien y del sumo mal ( liber II), Cicerón menciona las cualidades de Lucio Torio: hombre culto, agradable, pero amante de los placeres, si bien nunca hasta el exceso. Cicerón añade que Torio no creía en los dioses y se burlaba del culto que la gente les profesaba.

En suma, Torio era un fiel discípulo de Epicuro , el filósofo griego que había invitado a cultivar la amistad y los placeres sencillos, y que había sugerido una forma elegante del ateísmo: no importa cuánto roguemos a los dioses, nunca nos escucharán. Diríase que este es un “ateísmo inverso”: los dioses sí existen, pero nosotros no existimos para los dioses.

En el párrafo siguiente, Cicerón contrasta la vida de Torio con la de Marco Régulo, uno de los héroes romanos de las guerras contra los cartagineses, quien murió torturado por estos. (Faltan pruebas documentales de esta muerte, mas, para no pelear, desde hace dos mil años lo creemos.)

La jugada de Cicerón es tan evidente que resulta indigna de él. El orador apela a un héroe para denigrar la filosofía epicúrea; la rechaza pues, además de irreligiosa, ella niega las bases del nacionalismo ya que postula la hermandad de todos los seres humanos. “Cicerón enfoca con desdén la filosofía de Epicuro”, confirma Carlos García Gual en su ya clásico libroEpicuro (cap. XV).

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Dejemos quietas a las dramatis personæ durante 1.600 años y reanimémoslas en el siglo XVI en Francia. Cierta tarde, el caballero Michel de Montaigne comienza a escribir el ensayoDe los inconvenientes de la grandeza , donde los roles se invierten: Régulo está bien, pero el ameno y humano Torio es un ejemplo más a la medida de quienes no procuran el poder ni la fama, tan sudorosos.

“Montaigne detesta a Cicerón. Ya no es estoico: ahora es epicúreo”, anota el costarricense León Pacheco ( El hilo de Ariadna , V).

Algo ha cambiado en el aire de Europa: el Renacimiento. La ruidosa grandeza que enseñó Roma cede lugar al ser humano atento a los derechos del prójimo: Montaigne, De las Casas, Vitoria , Grocio , el derecho de gentes, la objeción de conciencia... En el principio fue Epicuro; algo después, el imperceptible Torio Balbo.

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