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Crítica literaria

Sin dios, sin patria, sin ley

Actualizado el 13 de octubre de 2011 a las 12:00 am

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Sin dios, sin patria, sin ley - 1
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Sin dios, sin patria, sin ley - 1

La primera novela de Warren Ulloa, Bajo la lluvia Dios no existe, contiene dos personajes inolvidables: Mabe, poeta incipiente y chica mala de todo tiro, y Bernal, estudiante fracasado y novato predeciblemente obsesionado con el sexo. La novela relata el noviazgo prosaico de estos dos adolescentes que en su atolondrada inmadurez se unen al descabellado plan de Ratatás, metalero y narcotraficante de poca monta, para distribuir hongos alucinógenos entre los estudiantes del colegio.

La historia está narrada por Bernal en una voz pocas veces usada en la literatura costarricense. Bernal habla un vernáculo pachuco fluido que en complejidad y estridencia es el opuesto de su rudimentario, blando y a veces deficiente español estándar.

Con estas herramientas se dedica a denunciar y criticar básicamente todo lo que lo rodea: sus padres, su país, a las personas que conoce y a las que no conoce, siempre convenientemente ciego a sus propias deficiencias.

Más allá de las drogas, el alcohol y el sexo casual, que abundan en la novela, los vicios que aquí se catalogan son los de la falta de carácter, la inmadurez egoísta y ensimismada que alternativamente enternece, exaspera u ofende al lector. Cercados por nociones deformes sobre la lealtad, la compasión, la responsabilidad, entre muchas otras, y versados en generalizaciones y prejuicios tan absurdos como comunes, Bernal y Mabe carecen de herramientas para dimensionar sus actos o los de los demás, y por lo tanto no tienen límites cuando de lo que se trata es de buscar la satisfacción personal.

Es a esa falta de un marco de referencia a la que hace alusión Mabe cuando declara que “la vida es chingue”, para luego explicar que el nombre de su poemario, Bajo la lluvia Dios no existe, tiene que ver con una noción de un dios con de minúscula, devaluado, que no puede ayudar a nadie y que más bien necesita ayuda de sus desamparados. Las cosas inevitablemente se complican cuando Mabe revela terribles secretos familiares que luego se agravan cuando, improbablemente, el padre de Mabe se casa con la madre de Bernal.

Estas revelaciones explican a Mabe; con Bernal, en cambio, los motivos de sus deficiencias éticas solo se pueden adivinar. Lo que les escandaliza de sus mayores, en ellos parece paradójica y convenientemente permisible.

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Ulloa ha logrado, en este retrato del nihilismo adolescente costarricense, un ritmo narrativo fluido, dosificando las revelaciones para que la lectura resulte interesante y eventualmente conmovedora. Ciertamente, lo nuevo aquí no es la compilación de giros coloquiales, iniciada por Aquileo Echeverría y aplicada luego magistralmente a lo urbano por Alfonso Chase y Rodolfo Arias.

Lo nuevo es esta leyenda admonitoria que, evitando todo tipo de prédica o moralina, narra cómo las ideas absurdas, la hipocresía y la ceguera autoinducida del egocentrismo juvenil pueden llevar a las consecuencias más nefastas.

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