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Cómo desconocer el futuro

Actualizado el 18 de enero de 2015 a las 12:00 am

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Cómo desconocer el futuro

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Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

​Cartel de una gitana y adivina pintado por J. H. Singer, de Nueva York, a fines del siglo XIX.  Kittysol.com
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​Cartel de una gitana y adivina pintado por J. H. Singer, de Nueva York, a fines del siglo XIX. Kittysol.com

Consultar a un adivino y luego no pagarle es la forma más segura de comprobar que miente: lo habría adivinado. De todas maneras, recurrir a los adivinos es una decisión antieconómica pues entregaremos dinero para conocer el futuro, sin percatarnos de que esperar el futuro nos sale gratis. Al fin, el tiempo –gran chismoso– termina por adivinarlo todo.

Como todo arte, el de la adivinación exige ciertas dotes naturales, de manera que la adivinación es el único arte en el que la naturaleza acaba trabajando para la fantasía. Confiar en los astros es vivir en la Luna. El que, después de miles de años, los signos del zodiaco sigan habitando las mismas doce casas no revela el futuro, sino un problema de vivienda.

Algunos quisimos ser espías, pero fracasamos porque parecíamos espías. Después procuramos ser adivinos, mas pronto adivinamos que nos iría mal en ese oficio –una paradoja pues adivinarnos el fracaso ya fue un éxito–.

Para ser adivino no hace falta acertar con el futuro, sino acertar con quienes creen que somos adivinos: tanta credulidad es increíble. Quien adivina el futuro es un arúspice; quien adivina el pasado es un periodista de investigación. Supersticiosos son todos quienes no creen en nuestros adivinos.

Pedir a un adivino que nos lea las cartas nos hace correr el riesgo de parecer analfabetos. La profusión de e-mails hace difícil que nos lean las cartas, y suena algo extraño visitar a un adivino para que nos eche los mensajes electrónicos.

No sabemos en qué acabará el mundo pues, si la ciencia continúa quitándonos nuestra ingenuidad, terminaremos creyendo solamente en lo que vemos.

El ramo general de la adivinación se compone de muchas sucursales. Por ejemplo, la catoptromancia consiste en adivinar, mediante los espejos, la cara que nos ven los otros. La bruja de La bella durmiente sabía mucho de estas cosas.

La capnomancia es el arte de adivinar mediante el humo, pero la piromancia es mucho más segura pues consiste en adivinar, mediante el fuego, que puede producirse un incendio.

La Antigüedad fue pródiga en adivinos pues, como su nombre lo indica, en la Antigüedad aún no se había producido el futuro.

Como escritor, el mexicano Alfonso Reyes (1889-1959) no fue mago, sino encantador, y él recuerda (Mitología griega, III, 9) que el rétor latino Varrón hizo el censo de las Diez Sibilas; id est, las diez profetisas griegas garantizadas, quienes vagaban por la Hélade incordiando a los gobernantes con sus previsiones cual si fuesen encuestas de opinión.

Más se hicieron querer ciertos santones –como Ábaris el Hiperbóreo–, que volaban por los aires y no comían; y se hicieron querer pues, para cualquier gobernante, quienes han resuelto el problema del transporte y se pasan la vida sin comer son los ciudadanos perfectos.

Todos quisiéramos conocer el futuro, mas esto es imposible. Mejor es confiar en la ciencia: no lee el futuro, pero es lo único que puede mejorarlo.

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