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Crítica literaria

Lo que le debemos a Yolanda

Actualizado el 04 de junio de 2011 a las 12:00 am

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La fugitiva, una biografía novelada de la vida de la escritora costarricense Yolanda Oreamuno, escrita por el novelista nicaraguense Sergio Ramírez, hizo un debut explosivo en su reciente presentación al público costarricense.

La novela se divide en tres grandes secciones narradas por amigas de Amanda Solano –el personaje basado en Oreamuno– en las cuales se relatan los sucesos dramáticos que componen el mito trágico de Yolanda Oreamuno: su belleza y elegancia etéreas y su cultura y renuencia a ajustarse al molde de mujer que dictaba la época; el rencor, envida y fascinación que despertaba en el pueblerino San José de la primera mitad de siglo XX; su rapto por parte de un novio despechado; el abuso sexual por parte de su padrastro; la supuesta sífilis y posterior suicidio de su primer esposo; su fracasado segundo matrimonio y traumático divorcio; el secuestro de su hijo; la pérdida de sus novelas; sus terribles enfermedades y operaciones, su exilio voluntario y su muerte en el abandono y el olvido.

Ramírez ha insistido, como advierte el libro deliberadamente también, que La fugitiva es una novela y no una biografía.

Esta advertencia elimina de un tajo los riesgos legales y la necesaria verificabilidad de los hechos de las biografías.

A pesar de eso, las logradas voces de las narradoras, basadas en Vera Tinoco, Lilia Ramos y Chavela Vargas, respectivamente, se complementan o corrigen para contar una única historia que a todas luces fue exhaustivamente investigada. Poco importa qué tan ficticia sea la novela, ya se sabe que en la práctica la verdad y la historia están compuestas en gran parte por el mito. Se echa de menos en esta novela, considerando la licencia novelística que asume Ramírez, que no se escuche la propia voz de Yolanda Oreamuno, o más aún, su interioridad, como ella misma lo hiciera magistralmente con sus propios personajes de novela.

Tampoco se explora su faceta de escritora, que es, finalmente, el mérito en el que debería descansar su fama. Centrarse en su mito, que ella misma despreciaba, ayuda sin embargo a generar interés por su obra. Hay que reconocer que Ramírez no tenía obligación de abordar estos temas. Él no le debe nada a Yolanda Oreamuno, y manifiestamente se propuso escribir una novela basada en una mujer que por insólita resulta naturalmente un personaje novelesco.

Somos nosotros, los costarricenses, los que le debemos la recuperación de su obra a Oreamuno; homenajes, también; pero más importante aún, le debemos, como patria, una sentida disculpa pública por el gran infierno de pueblo pequeño por el que la hicimos pasar toda su vida.

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