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La compañía final del guardameta

Actualizado el 03 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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Albert Camus (derecha) junto a Jean-Paul Sartre. (Wikicommons.)

El existencialismo fue el romanticismo que salió a comprar cigarrillos en una esquina de París para fumarlos luego en el Café de Flore al calor del humo pensador de Jean-Paul Sartre y a la frialdad de aquellos ojos verdes (o quizá fuesen azules: vaya uno a preguntarles a las fotos grises de los años 50...) de Simone de Beauvoir mientras se pasaba la posguerra. Cada posguerra europea fue un extraño interludio entre dos guillotinas mundiales.

Lo mejor –o lo peor– de la segunda posguerra mundial era que se alargaba y se alargaba demasiado, inquietando a todos con esa paz tan sospechosa. Ya eran varios años de cinco minutos de intermedio –como en los viejos cines– antes de que llegase la guerra mundial número tres, anunciada con bombas y platillos (u ovnis); y esta sí que sería la gran final olímpica del miedo y una lluvia florida de protones.

No era cosa, pues, de desperdiciar tanta posguerra, sobre todo porque sería la última; y, así, en el Café de Flore, el ambiente se caldeaba cuando se tocaba la guerra fría. Eso sí, lo democrático de la futura guerra atómica era que, gracias a su sorpresa, cualquiera podía ser quien dijese la última palabra.

No es que el existencialismo haya surgido entonces. Quienes explican la historia de la filosofía en vez de hacerla, sostienen que todo comenzó en el siglo XIX con el cuasimístico danés Sören Kierkegaard, cuyo apellido equivale a “patio de iglesia”. Sören nos estrenó la palabra-fetiche ‘angustia’, que resultó ser luego una especie de video viral útil para la depresión colectiva.

La rueda de la historia se pasó a la Alemania vencida, la de Weimar, donde la angustia y el absurdo se convirtieron en los brochazos del existencialismo, filosofía que fue como el cine expresionista, pero dibujado con palabras.

Karl Jaspers fue uno de los filósofos alemanes emblemáticos del existencialismo, pero más aún lo fue Martin Heidegger, militante del Partido Nacionalsocialista, de modo que fue el pardo intelectual de los nazis, así como –según Francisco Umbral– José Ortega y Gasset fue el juguete filosófico de las princesas.

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Sartre ya había publicado La náusea en 1939, y Camus El mito de Sísifo en 1942, pero el existencialismocobreó fuerza a partir de 1945, cuando la guerra mundial se despidió, aunque prometiendo volver.

Albert Camus no gustaba de figurar dentro del existencialismo, pero algunos de sus temas se sumaban a la corriente, en especial su insistencia en el absurdo del mundo.

El absurdo es casi estéril; solo puede generar dos anticonductas: la indiferencia (“nada importa”) o la lujuria (“ahora es cuando”). Camus estuvo por encima de todo esto. “Procedente del absurdo, desembocó en una espiritualidad que incluyó la justicia y la caridad”, escribe el crítico Pierre de Boisdeffre (Metamorfosis de la literatura, III). El guardameta Camus supo al fin que la soledad del arco es una isla imaginaria rodeada de los otros.

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