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Los ciborgs también hablan español

Actualizado el 31 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Gente-máquina. El cíborg de América Latina es muy distinto del creado en los Estados Unidos

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La ciencia-ficción ha dejado una idea muy clara del cíborg: una mezcla entre máquina y organismo, producto de tecnologías y sociedades avanzadas y altamente industrializadas. Cuando se piensa en ciborgs, se piensa en Rachel y Pris, personajes de Blade Runner (Ridley Scott, 1982); en el antagonista de Terminator (James Cameron, 1984); incluso, si es necesario ser creativo, se recuerda a Robotina, de la serie animada Los Jetsons (Hanna-Barbera, 1962-1963).

El cíborg cuenta con una presencia fuerte en la producción artística y literaria en los Estados Unidos, Europa y Asia, pero no así en Latinoamérica, y no es porque los ciborgs no hablen español. Es más, la producción cultural en torno a robots y humanos artificiales ha ido creciendo en Latinoamérica desde mediados del siglo XIX.

Escritores como Horacio Quiroga, Ernesto Sábato y Julio Cortázar incluyen referencias a los ciborgs como muestras de una civilización que está en declive.

A partir de la década de 1970, los ciborgs han aparecido con mayor frecuencia en diversas expresiones artísticas y literarias latinoamericanas. Entonces, ¿cuál es el papel de los ciborgs en Latinoamérica y qué los caracteriza?

Más que organismos y aparatos. El término “cíborg” se deriva del inglés “cyborg” (acrónimo de “cybernetic organism”, organismo cibernético) y se refiere a un ser que combina tanto partes biológicas como dispositivos electrónicos. No obstante, el cíborg va más allá de una simple unión entre el ser humano y la máquina.

El artista Neil Harbisson es la primera persona que ha sido reconocida como un cíborg por un gobierno. Harbisson define al cíborg “no como la unión del cuerpo y el aparato, sino la unión de un cuerpo y un softwar e”.

No se trata de favorecer el funcionamiento “natural” del cuerpo, sino de maximizar las funciones biológicas. Siguiendo esta idea, una persona que utiliza anteojos no se consideraría un cíborg, pero alguien que emplee una prótesis de brazo sí. Lo que se sugiere no es un humano modificado, sino un “posthumano”, término acuñado por Donna Haraway en su A Cyborg Manifesto (Manifiesto cíborg, 1985).

El cíborg forma parte fundamental de una visión posthumana que presenta a las personas articuladas con una máquina. De esta manera deja de existir una demarcación clara entre el organismo biológico y el mecanismo cibernético. Se trata de un ser que posee tanto un físico como una identidad híbridas, y su aceptación social resulta sumamente problemática.

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La ausencia de un límite claro implica el desarrollo de una identidad nueva, y también un rechazo de ella por la sociedad. Sin importar si son agresivos –como la raza de Cylons en Battlestar Galactica , o sensibles y empáticos como David, el niño androide en Inteligencia artificial (Steven Spielberg, 2001)–, las características que hacen del cíborg un ser único también lo convierten en “el otro”.

Etnias y tecnología. Aunque periféricas, las representaciones de ciborgs en Latinoamérica exhiben una fuerte presencia en gran parte del continente. Además, las referencias a lo posthumano son muy distintas de las presentes en los Estados Unidos o en Europa. Por ejemplo, en México y los sectores latinos de los Estados Unidos, aquellas referencias se relacionan con la inmigración, la xenofobia y un latente sentimiento antiestadounidense.

A finales de los años 90, el artista y escritor mexicano Guillermo Gómez Peña realizó el performance interactivo Mexterminator junto con un grupo de renombrados artistas mexicanos y estadounidenses llamado La Pocha Nostra. En dicha obra, el personaje de Gómez Peña –el Mad Mex– es una reminiscencia de Mad Max (cinta de George Miller de 1979), un androide asesino y un charro armado. No obstante, la presencia de ciborgs –como el Mad Mex – va más allá de la simple parodia.

Para Gómez Peña, los personajes del Mexterminator son etnociborgs; es decir, especímenes híbridos que representan muchos de los estereotipos empleados por la población estadounidense para calificar al latino, al inmigrante y a la persona de tez oscura. De esta manera, Gómez Peña ve, en lo posthumano y las nuevas tecnologías, una oportunidad para descentralizar el poder de los sistemas democráticos y crear comunidades más participativas.

Una visión similar está presente en la novela Cielos de la tierr a (1997), de la escritora mexicana Carmen Boullosa. En el libro, gestada y criada por padres artificiales, Lear es uno de los personajes centrales y miembro de una comunidad postapocalíptica.

El personaje de Lear cumple con muchos de los requisitos que teóricas como Donna Haraway establecen como posthumano, pero Lear es atípica al mismo tiempo. El contexto en el cual se mueve y sus relaciones con los demás personajes hacen de Lear un cíborg paradigmático dentro de la producción de ciencia-ficción latinoamericana.

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Por otro lado, Ricardo Domínguez ofrece una distinta definición del cíborg. Domínguez es profesor de Artes Visuales de la Universidad de San Diego (California) y es un pionero del “hacktivismo” y de la desobediencia civil electrónica ( ECD por sus siglas en inglés).

Domínguez ha participado en proyectos controversiales, como el Transborder Immigrant Tool, una aplicación telefónica que ayuda a trabajadores indocumentados a la hora de cruzar la frontera entre los Estados Unidos y México.

El cíborg tras la dictadura. En el Cono Sur de América, la metáfora del cíborg y lo posthumano se convierte en un recurso valioso para interpretar los cambios y las transformaciones identitarias después de las dictaduras. En países como Chile, Argentina, Uruguay y Bolivia, los cuerpos posthumanos se usan de diversos modos. En estos casos, los ciborgs son una crítica hacia las políticas neoliberales aplicadas tras las dictaduras.

El peso histórico que se arrastra es comparable con la nostalgia que siente el cíborg –en el cine y en la novelística argentina– por su cuerpo mutilado. La identidad del cíborg se define por la incapacidad de los apéndices mecánicos de llenar el vacío psicológico que deja la pérdida de una extremidad.

Eso ocurre en La ciudad ausente (1992), del argentino Ricardo Piglia. En dicha novela, uno de los personajes homologa la pérdida de su esposa con la historia de un hombre que nunca acepta plenamente su hibridez, a pesar de haber sido reconstruido tras un accidente.

Otra postura que se maneja en el Cono Sur es la crítica a los gobiernos neoliberales a través del uso de ciudades postapocalípticas, “hackers” y ciborgs. Así, en las novelas del boliviano Edmundo Paz Soldán, Sueños digitales (2000) y El delirio de Turing (2003), el tema de la manipulación de imágenes se entrelaza con la crítica a la situación política de la década de los años 90. Un fenómeno similar ocurre en Las islas (1998), del argentino Carlos Gamerro, aunque el autor habla de “hackers” en lugar de ciborgs.

En Latinoamérica, los ciborgs objetan las diversas implicaciones de las nuevas tecnologías. Ellos proponen revisar la relación que hay entre los seres humanos y las máquinas, y también ofrecen una visión alterna a problemas políticos y sociales.

Dentro del mundo irreal de los ciborgs se encuentran situaciones reales. Dentro de su complejidad, aunque no haya lugar para una Pris o un Terminator, lo hay para una generación completa de posthumanos profundamente humanos.

La autora es filóloga por la Universidad de Costa Rica. Ha coeditado proyectos como la revista “Musaraña”. Es miembro del Consejo Directivo de la Editorial Costa Rica.

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