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La otra cara de la moneda de la Campaña Nacional

Actualizado el 17 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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La otra cara de la moneda de la Campaña Nacional

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En Campaña Nacional, crisis económica y capitalismo, el reciente libro de Eugenia Rodríguez Sáenz, el presidente Juan Rafael Mora Porras aparece en su papel de líder del esfuerzo para defender la patria, ordenando medidas extraordinarias para enfrentar una gran amenaza.

Sin embargo, Mora también aparece como hombre de negocios que en dos ocasiones –en enero y octubre de 1857– se vio obligado a vender propiedades para cubrir deudas, y que en 1859 perdió el poder –según la autora– principalmente por rivalidades con otros miembros de la elite que temían las implicaciones de la consolidación del Banco Nacional Costarricense.

La obra analiza un período en el que las decisiones tomadas para afrontar un serio desafío internacional dificultaron las actividades productivas.

El gobierno reclutó a hombres jóvenes que debieron abandonar la labranza e impuso préstamos forzosos para cubrir los gastos bélicos. Rodríguez privilegia al crédito como uno de los principales vehículos a través de los cuales la guerra irrumpió en la economía. En particular, los préstamos forzosos disminuyeron considerablemente los fondos disponibles para financiar el quehacer económico.

Portada del libro publicado por la Universidad de Costa Rica.
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Portada del libro publicado por la Universidad de Costa Rica.

Además, hay hallazgos en relación con el impacto de la guerra en la mano de obra. Dado que el reclutamiento se imponía antes a los solteros, muchos hombres jóvenes, enfrentados con la disyuntiva entre el campo de batalla y la vida marital, eligieron esta opción.

El número anual de defunciones se multiplicó por cuatro de 1856 a 1857. El campo de batalla y la epidemia de cólera relacionada con la guerra explican el aumento. En esta sección, la autora –cuyo pionero trabajo en estudios de género es reconocido internacionalmente– analiza con agudeza el impacto de la alta tasa de mortalidad en la vida familiar.

El análisis muestra la forma en la que el conflicto afectó la economía, también cómo alteró la distribución de la riqueza. Buena parte del argumento es que, para entender la concentración de la riqueza, es indispensable comprender los mecanismos de crédito, cuya importancia crecía a medida que se expandía la producción cafetalera.

Las elites tenían más fácil acceso a financiamiento que el común de los mortales y los arreglos crediticios las beneficiaban. Debido al empréstito forzoso, el número de préstamos para el sector privado disminuyó. Los deudores se vieron obligados a solicitar prórrogas, hubo gran incertidumbre, y los embargos llegaron cuando las prórrogas no fueron suficientes.

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Unos perdieron, otros ganaron. Sin embargo, la producción de café se mantuvo incólume. Sus contactos externos colocaban a los cafetaleros en posición de privilegio y siguieron recibiendo financiamiento desde el exterior.

Uno de los aspectos valiosos de esta obra es que no trata la baja en la economía provocada por la guerra como un hecho aislado: la coloca como un momento de depresión en el contexto más amplio de los ciclos de la economía tica y de ese fascinante momento en que se daba la transición hacia el capitalismo agrario.

Al usar ese enfoque, el período de crisis se convierte en una lupa que destaca las principales características del sistema. Un ejemplo particularmente interesante es la forma en la que la autora pone de relieve la importancia del financiamiento externo para la industria del café.

El libro incluye un excelente análisis de los trabajos producidos en Costa Rica sobre los orígenes de la economía cafetalera, y se sitúa como la entrega más reciente en la rica historiografía que comenzaron autores como Carlos Monge y Rodrigo Facio.

Como en su momento ocurrió con las obras de estos autores, el análisis de Eugenia Rodríguez lleva a reflexiones sobre el presente y el futuro, al proporcionar elementos para pensar en las raíces de la desigualdad en Costa Rica, tema tan en boga desde la publicación del trabajo de Thomas Piketty.

El análisis conlleva un argumento sobre el poder del “uno por ciento” para utilizar a su favor las instituciones económicas y el poder del Estado, pero lo hace sin caer en simplificaciones.

Un testimonio de la seriedad de la obra es que evita dar una visión caricaturesca del poder de las élites. La accidentada trayectoria económica de personajes como Mora nos recuerda que incluso personas con poder económico y político sufrían descalabros y que la élite estaba dividida.

Este excelente libro invita a continuar el debate sobre las causas de la desigualdad que ojalá incluya contribuciones del resto de Centroamérica para añadir un útil elemento comparativo.

El autor es profesor en la Fordham University, de Nueva York.

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