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El bello arte del lenguaje-estadista

Actualizado el 16 de junio de 2013 a las 12:00 am

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“Razones de Estado” son las que exhibimos cuando no tenemos razón. Las “razones de Estado” son el Colt 45 de la discusión dialéctica.

En el Lejano Oeste habría prosperado menos funéreamente el comisario Wyatt Earp si, en vez de extraer su tan insistente revólver, hubiera sacado –de la funda vacía del razonamiento ilógico– una “razón de Estado” para convencer de que se rindiesen los hermanos Clanton (los chicos malos del Far West) en el O. K. Corral, el único corral bilingue de la ciudad de Tombstone .

Por cierto, Tombstone equivale a “Piedra de Tumba” (o algo así), tal vez porque su cementerio era tan encantador que muchos se quedaban para siempre a morir allí.

En Tombstone, el turismo de entrada siempre fue mayor que el de salida, extraño caso que los estadígrafos aún procuran explicar y que solo se compara con el caso de una isla de caníbales cuya población se extinguió misteriosamente.

El primer diario de tal ciudad se tituló Tumbstone Epitaph (Epitafio de Tumbstone), y su especialidad fueron los obituarios. Cuando alguien leía el suyo, estaba seguro de haber leído las últimas noticias.

A Aristóteles no se le ocurrió esgrimir “razones de Estado” para ganar una discusión, y peor para él pues, con ese jaque mate que patea el tablero, se habría ahorrado años de redactar libros y libros de lógica, y hubiera podido demostrar mejor que el Sol gira alrededor de la Tierra. Claro está, es muy fácil reírse ahora de Aristóteles pues sabemos que la Tierra gira alrededor del Sol; pero nadie sabe cómo eran estas cosas en los tiempos del Estagirita : ya ha pasado mucho tiempo de esto, sobre todo para los antiguos.

Aparte de la “razón de Estado”, hay otros giros y vueltas linguísticos que toda persona de vocación política debería aprender ya.

Es útil dominar el lenguaje-estadista pues uno nunca sabe cuáles méritos tiene o cuáles le faltan, y uno puede despertarse nombrado ministro gracias a los primeros, o sobre todo gracias a los segundos.

El subdirector de un vicedepartamento ha de saber que la prosperidad burocrático-ascendente lo espera a la vuelta de una llamada de teléfono si contesta: “Estoy ocupadísimo, pero para usted ¡nunca!”.

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A su vez, todo diputado debe vivir siempre atento a ser espontáneo para responder bien cuando los periodistas le pregunten por qué no ha hecho lo que debió hacer tres años antes. Tomado así el diputado, feamente en falta, debe contestar decidido: “¡Estoy en eso!”. Frases mágicas como esta hacen que cualquier persona termine rodeada de la banda presidencial (dicha sea “banda” en todos los sentidos).

El sociólogo Amando de Miguel aduce que los políticos hablan “como si temieran algo del público” y que emplean “una terminología sinuosa, que no comprometa a nada” ( La perversión del lenguaje , p. 22). En política, filosofía y literatura, la obscuridad es sospechosa; solamente la claridad es democrática.

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