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Retratos maestros en el Museo de Arte Costarricense

Actualizado el 08 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

17 maestros nacionales. El Museo de Arte Costarricense brinda la exposición Retratos , formada de 24 notables piezas

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El secreto de la vida es hacerse querer. Lo supo y nos lo enseña Juan Manuel Sánchez Barrantes, quien se multiplica aquí a pedido del cariño: posa en seis de los 24 retratos expuestos en el Museo de Arte Costarricense (MAC) . “Fue muy retratado, por lo que debió de ser una persona muy querida en el gremio artístico”, dice Lourdes Robert, curadora de la muestra.

La exhibición se titula Retratos en la colección del MAC y se compone de obras de 17 artistas nacionales hechas con diversas técnicas a lo largo del siglo XX.

Casi todas las obras ilustran a personajes del mundo artístico de Costa Rica, e incluso se “cruzan” porque un creador retrata a otro, y viceversa.

“Los pintores homenajean así a pintores y retratan también a familiares y amigos. Motivados por el afecto y la admiración, grandes nombres de nuestra pintura perpetúan a los modelos”, expresa Alma Fernández Tercero, directora del MAC.

Esta exhibición es la contracara de los retratos de los personajes de la política y de la economía. Aquí no hay presidentes ni magnates, sino la conversación visual de artistas con artistas. En algunos casos, si el artista A no hubiese retratado a la artista B, quizá hoy no sabríamos cómo era B.

Escultura, pintura. Los retratistas son como los directores de cine: manejan la escena, pero no salen en la pantalla. Sin embargo, en esta exhibición, cuando vemos al personaje retratado, vemos también el estilo del pintor o del escultor que hizo la obra: su estilo es su autorretrato; firman con el estilo.

“El retrato es una de las expresiones artísticas más antiguas pues responde al deseo de los seres humanos de contemplarse y trascender. La obra a veces logra representar la personalidad del retratado, pero además refleja el mundo interior del artista que realiza la obra”, dice la historiadora del arte Vivian Solano.

En nuestro país, el retrato-escultura y el retrato-pintura aparecen con las obras de los maestros de la primera Escuela de Bellas Artes: el español Tomás Povedano (1857-1943), el costarricense Enrique Echandi (1866-1959) y el alemán Emil (Emilio) Span (1869-1944), entre otros.

Algunas veces, esos maestros cultivaron la pintura académica de personajes poderosos, aunque también crearon retratos y autorretratos íntimos, de formatos breves, ideales para habitaciones medianas, no palacios.

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Un buen ejemplo de intimidad es el pequeño retrato de Luis R. Flores ejecutado por Echandi; otro ejemplo, el Retrato de Violetay Oldemar Soto (1920), óleo de Span en el que dos niños siguen sonriendo un siglo después.

Tomás Povedano creó la obra más pequeña de esta exposición y tal vez la más antigua: Dora Loría Montenegro , una preciosa acuarela circular de doce centímetros de diámetro.

“Acuarelas como estas eran ‘medallones’ que se empleaban hace muchos años para decorar las casas. La obra que vemos es rara porque, a inicios del siglo XX, la acuarela se usaba poco en los retratos: se la consideraba un material más apto para bocetos”, explica Lourdes Robert.

Otra sensibilidad. José Francisco Salazar (1892-1968) ofrece un retrato póstumo (1958) del tenor Manuel Melico Salazar (1887-1950). La ejecución, académica, no oculta la concentración interior, la mirada densa del personaje, caracterizado de pagliaccio.

Más tarde, en los años 30, los creadores de la Nueva Sensibilidad aportaron elementos de vanguardia y liberaron al retrato del academicismo precedente.

Surgieron retratos de pinceladas gruesas, de colores más intensos que los reales, y con poses insólitas de los retratados. Casi ninguno de esos rasgos habría sido aceptado en las formales obras hechas “por encargo”.

Curiosamente, dos piezas realizadas por un mismo creador, Francisco Zúñiga, son ejemplos de una vertiente academicista y de otra más libre. El Retrato de Margarita (óleo sobre tela de 1931) es formal, pero el arte ya ha cambiado en el óleo Retrato de Flora Luján (1934): parece que el rostro se acerca amorosa, levemente hacia la caricatura.

“En escultura, algunos artistas exploraron el recurso de lo inacabado, contrariamente al pulido trabajo en mármol; se acercaron a una escultura que dejaba libre la imaginación al espectador”, anota la historiadora Vivian Solano.

Una admirable acuarela es el celebérrimo retrato de la escritora Yolanda Oreamuno ejecutado por Margarita Bertheau en 1943. Las pinceladas son rápidas, pero el contraste generado por la luz da un relieve casi marmóreo al personaje.

Otros elementos. A fines de los años 50, en Costa Rica, se frecuentó la abstracción, que influyó en el arte del retrato. Ya no se persiguió tanto “el parecido”. Los personajes se deformaron; los cuadros se volvieron collages (encolados) e incluyeron objetos, como fotocopias, metales y piedras.

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Ejemplos de esas subversiones son los cuatro retratos dedicados al pintor y escultor Max Jiménez (1900-1947). Ninguno de los artistas lo conoció en persona, y esto quizá haya dado más licencia a la imaginación creadora.

Los cuatro “intérpretes” de Max Jiménez son Juan Luis Rodríguez Sibaja, Roberto Lizano Duarte, Alberto Murillo Herrera y José Miguel Rojas González.

En Memoria del agua , Rodríguez incluyó seis retratos breves, inciertos, y empleó piedra, arena y pintura acrílica sobre lienzo.

Roberto Lizano presenta un collage de lápiz de color y fotocopia, con un marco interno de madera. Miguel Rojas hizo un retrato en gris con pinceladas “borrosas” que otorgan una inquietante movilidad a la pintura, de fotografía desenfocada.

Alberto Murillo trae a un Max Jiménez en monotipia sobre tela (1999): el rostro sugiere un viaje por el estilo de Amedeo Modigliani, pero la musa que abraza a Max ha huido del Aviñón de Las señoritas de Aviñón , de Pablo Picasso: maestría y creación de Murillo.

Diálogo amistoso. En 1970, Dinorah Bolandi retrató a su sobrino Stanley Bolandi con proporciones académicas, pero también con pinceladas sueltas y luminosas. El joven nos observa con envidia pues él aún posa cuando nosotros ya vemos el cuadro.

La única cromoxilografía de la exposición fue hecha por Francisco Amighetti. Es un retrato de 1978 de su esposa Isabel Vargas Facio, obra a la que don Paco dedicó un poema: La xilografía empezó a soñar (“Mi último grabado es Isabel, / la madera ensanchó su superficie / para darle cabida a su imagen [...]”).

La exposición brinda cuatro buenos ejemplos de dibujos al carboncillo. Jorge Gallardo Gómez ejecutó uno del querido Indio Sánchez y otro de Berta, la esposa de este. Don Paco Zúñiga presenta un dibujo dedicado a Flora Luján; Dinorah Bolandi, uno de su madre (lápiz de sanguina [óxido rojizo]).

Lourdes Robert afirma: “El retrato también puede ser escultura” y señala una cabeza de bronce, de 1971, hecha por Ólger Villegas; la obra conserva los rasgos del gran escultor Juan Rafael Chacón Solares (1894-1982) con fidelidad asombrosa.

Ambular por las salas de esta exposición es como entrar en una amistosa casa ajena, donde los artistas se conocen entre ellos: hablan del público, y ni nos damos cuenta.

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