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Nuestro arte de fracasar y los discursos

Actualizado el 18 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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Hacernos los interesantes es una forma de confesar que no lo somos. En realidad, todos somos muy interesantes; el problema es que nunca descubrimos para quién. Así pues, en el gran teatro del mundo, somos la obra maestra a la que le cancelaron el estreno. Aun así, mantengamos la confianza: el habernos encontrado a nosotros mismos no debe ser razón para deprimirnos.

No estamos hechos para el fracaso, aunque lo inverso es más probable.

La mejor estrategia para emerger del protoplasma de los anónimos es ser modestos. Olvidémonos de que otros tienen la vanidad que nos corresponde y esperemos que el mundo nos descubra. Ese día llegará, ¡por supuesto! De paso sea dicho, en esperas como esta, la fe en la reencarnación ayuda un poco.

También nos animará recordar una sentencia de Andy Warhol: A todos les llegarán quince minutos de fama. El problema es que, cuando nos llegaron, la gente había salido a almorzar durante una hora.

Pese a todo, seamos más realistas: hay vidas que llevarían al suicidio a los libros de autoayuda. Si tal es nuestro caso; si la buena suerte no nos acompaña ni siquiera media cuadra; si no usamos las ventanas de oportunidad para abrir las puertas del éxito; si lo tuvimos todo (pero ¿dónde?) para triunfar; si, en vez de sonreírnos, la vida se ríe de nosotros; si cualquiera que nos conoce pierde la ilusión de ser el más tonto, solamente nos queda el buscar una silla para sentar una protesta. No es que hayamos fracasado: es que el éxito se cansó de esperarnos.

Estatua del retórico Marco Fabio Quintiliano en Calahorra, España.
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Estatua del retórico Marco Fabio Quintiliano en Calahorra, España. (Wikicommons.)
Hay muchas formas de fracasar, y lo bueno es que uno nunca se aburre cuando puede escoger. Diríase que una forma muy frecuente es el fracaso en comunicar ideas.

Los viejos rétores –los preceptistas del tiempo ha– se ocuparon en desasnar a sus discípulos que eran chúcaros en las pistas del lenguaje, y así aconsejábanles comprender pronto cómo sería el público que los oiría o leería. A esta “inteligencia emocional” llamaron aptum (adecuación del discurso al público).

Los rétores sugerían hablar y escribir con corrección gramatical para no suscitar las burlas que harían perder un debate. A la corrección llamaron puritas (pureza).

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Los mismos rétores (quizá otros pues algunos dejaban la intelectualidad para convertirse en ministros) aconsejaban expresarse con claridad, a la que titularon perspicuitas (como “perspicacia”).

A la claridad algunos la llaman hoy “legibilidad”: así habla gente que usa palabras largas porque es longeva. “Lecturabilidad” ya es cosa de Matusalem y su familia.

Así pues, la adecuación al público, la corrección gramatical y la claridad son las “ virtudes del discurso”. Debe añadirse que las virtudes del discurso no aluden a los discursos del Congreso pues la retórica se inventó antes que los diputados. Los viejos rétores tampoco podían preverlo todo, y eso que algunos terminaron de ministros.

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