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El arte de cambiar cabezas

Actualizado el 13 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

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El arte de cambiar cabezas

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Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

Las cabezas reducidas son más feas que la sinceridad, pero uno puede sobreponerse al susto de hallar una cabeza reducida en el llavero del auto, solo si antes había puesto una calaverita. En tal caso, uno acabaría tentado de suponer que la calaverita estaba en proceso de reencarnación y que terminaría hablándonos cual un muñequito de Pacman ante el general espanto de la oficina.

Después, como las costumbres mandan, uno perdería el llavero con la cabeza reducida adjunta, de modo que seríamos el hazmerreír del barrio cuando le dijésemos que, por culpa de un llavero, hemos perdido la cabeza.

La reducción de cabezas fue una práctica de tribus amazónicas. Luego de una guerra, cortaban la cabeza a algunos enemigos y las reducían en complejas operaciones que no describiremos pues no conviene repetirlas en casa si uno carece de experiencia.

En realidad, tales reducciones eran otra manera de momificar personas, y ya se sabe que toda momificación reduce el tamaño de los cuerpos hasta el punto de que uno mismo no se reconocería –sobre todo quienes no nos quitamos los años porque ya no sabríamos dónde ponerlos–.

En todo caso, aquel arte reductivo sería útil en algunas circunstancias, como en las funciones de cine cuando delante se sienta un joven que en su infancia fue tratado a golpes, pero no de los tradicionales, sino vitamínicos, y alcanza más de dos metros de altura sentado. Tal joven prueba que sí hay desarrollo en el Tercer Mundo, pero nos gustaría reducir al muchacho antes de que los pillos de la pradera rapten a la joven y huyan con ella por la cañada.

El arte de reducir cabezas serviría también para acortar brindis. El brindis es el arte de ser pensativo solo por fuera, y la distancia más larga entre dos puntos sin pasar por ninguna parte. Habría que ser detective para encontrarle una frase célebre. El brindis y las agencias de turismo nos hacen querer estar en otra parte.

A su vez, la intensa frecuentación de los talk shows supera los efectos amazónicos sobre las cabezas pues, sin reducirlas, de tanto lavar los cerebros, los deja como nuevos. (El lavado de cerebros fue un intento de espías que desearon cambiar la autoconciencia de los prisioneros políticos.)

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Para envidia de la ciencia, los talk shows han logrado lo que los estudios del cerebro apenas tantean en los laboratorios. En el cerebro de unos ratones se ha introducido un gen propio de bacterias sensibles a la luz. Gracias al gen, muchas neuronas crean proteínas (moléculas) que se activan al recibir el ratón una cierta luz.

Si esas neuronas habían registrado la emoción del miedo, la luz puede hacer que el ratón se asuste otra vez pues reactiva las mismas neuronas, y no otras. Esta técnica se llamaoptogenética . Algún día podrán borrarse técnicamente las emociones negativas y los malos recuerdos: no serán milagros, excepto si milagro es otro nombre que damos a la ciencia.

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