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Robert Frost

Un arroyo entre los abedules

Actualizado el 27 de enero de 2013 a las 12:00 am

Robert Frost A los 50 años de la muerte del poeta estado-unidense, quien pensó vivir en Costa Rica

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Un arroyo entre los abedules

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                            Robert Lee Frost (1874- 1963) en una fotografía tomada en 1941.    Murió un 21 de enero, hace 50 años.  El poeta
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Robert Lee Frost (1874- 1963) en una fotografía tomada en 1941. Murió un 21 de enero, hace 50 años. El poeta

L a visita. En el verano de 1945, un joven escritor mexicano fue a visitar en su cabaña en Vermont al poeta Robert Frost. Aunque vivía este en medio del prestigio y el reconocimiento, solía recelar de ellos. Prefirió vivir alejado de la barahúnda, en el relativo sosiego de las montañas de Nueva Inglaterra. Ya había entrado en la ancianidad y había publicado, para entonces, lo principal de su obra.

Aquella visita se convirtió en un rico diálogo sobre la poesía, la política, las lecturas y el papel del escritor; ni por asomo sobre las trágicas consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, cuyos últimos cañonazos todavía se oían en la conciencia de los ciudadanos, que no en la de los militares.

El joven poeta era Octavio Paz, quien al poco tiempo transcribió en forma de ensayo aquella conversación cordial: «Visita a un poeta», incluido en Las peras del olmo.

Si nos atenemos al breve retrato que hace Paz del viejo bardo montañés, Frost, «con su camisa abierta, sus ojos azules, inocentes e irónicos, su cabeza de filósofo y sus manos de campesino, parecía un viejo sabio, de esos que prefieren ver al mundo desde su retiro. Sin embargo, no había nada ascético en su apariencia, sino una sobriedad viril. Estaba allí, en su cabaña, retirado del mundo, no para renunciar a él, sino para contemplarlo mejor».

En efecto, Frost siempre declaró su desconfianza y su disgusto por el barullo de las ciudades, por las proteicas formas del autoritarismo, y sobre todo porque, como un Horacio moderno, era un tenaz buscador de la tranquilidad del campo.

Eligió Costa Rica. En aquella charla, y durante un breve tramo, los poetas hablaron de Costa Rica. ¿Por qué? Por razones políticas y probablemente también por afanes literarios: rara combinación entonces y ahora, si no se tiene clara la diferencia entre ambas cuestiones.

Frost prefería vivir en la tranquilidad rural, en medio de abedules, sintiendo la brisa del otoño o el rumor de algún arroyo cercano; no rehuía el mundanal ruido –como lo dice Paz con acierto–, sino que retenía en el alma lo esencial de la existencia: una constante meditación sobre el sentido de la realidad, extraído de los símbolos que depara el entorno.

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«Hace muchos años –le dijo al joven mexicano– pensé irme a un país pequeño, adonde no llegara el ruido que hacen todos. Escogí Costa Rica; cuando preparaba mi viaje, supe que allá también una compañía norteamericana hacía de las suyas. Y desistí. Por eso estoy aquí, en Nueva Inglaterra».

¡Lástima –diría un lector de hoy–, pudimos haber tenido a Robert Frost entre nosotros, si era un poeta de la estatura literaria de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Paul Valéry y Gabriela Mistral!

Frost escogió y se quedó en Nueva Inglaterra, a pesar de haber nacido y pasado su infancia en San Francisco, ciudad compleja y nada pacífica para el hijo de un periodista dedicado a asuntos políticos. Su madre, ya viuda, lo llevó a la tierra de sus ancestros, nos dicen los biógrafos.

Su decisión de vivir en Costa Rica –que imaginaba como una remota región arcádica– pudo obedecer al anhelo secreto que todo artista guarda de vivir aparte, para dedicarse sin perturbación a su oficio.

Sin embargo, muy pronto supo que aquel lejano y pequeño país no estaba al margen de la historia. Tal vez por el periódico que le arrojaban a diario al umbral se enteró de los desmanes de las compañías bananeras, con el contubernio del gobierno local. No se vaya a creer que fue por Carlos Luis Fallas, que todavía no se había traducido al inglés y ni por asomo circulaba en los Estados Unidos.

Frost despreciaba la novela como género y, además, no sabía español. Su decisión fue más bien un leve gesto político, con la convicción de que la poesía, sin dejar de representar la realidad cotidiana e inmediata, no tiene que pasar revista a los avatares públicos ni al anecdotario de la historia.

La poesía entre los claros. En cuanto a su obra, no fue tan parco como Machado ni tan abundante como Juan Ramón. La sobriedad de su temperamento también se convirtió en reserva a la hora de tocar las puertas de una casa editora. Excluyendo las antologías o las entregas parciales de su poesía reunida, sus títulos (que traduzco) son: Deseos de un muchacho (1913), Al norte de Boston (1914) , Intervalo en la montaña (1916), Nueva Hampshire (1923), El arroyo hacia el oeste (1928), Un más allá (1936), El árbol testigo (1942), La espírea (1947) y En el claro del bosque (1962).

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Esos títulos dicen del talante artístico del poeta: montañas, árboles, arroyos, bosques, deseos y lugares. Por fortuna, en Costa Rica se lo ha leído con interés y atención, en particular quienes saben que hay una abundante y extraordinaria poesía en inglés, escrita en los Estados Unidos, antes y en la actualidad.

La asignatura pendiente es mostrar que estamos ante una caudalosa corriente, impulsada por muchos, además de Whitman y Emily Dickinson; que fluyen en ella Marianne Moore, Sandburg, Cummings, Stevens, Hart Crane, Roethke, Elizabeth Bishop, Sylvia Plath y cuarenta voces más, con Frost adelante.

Considerando su fama, es notoria la escasez de traducciones de su obra a nuestro idioma, si bien hay dos docenas de poemas en antologías y prontuarios de la lírica estadounidense. Al menos dos poetas costarricenses lo han traducido: en El canto me conduce (selección de sus traducciones), Carlos Rafael Duverrán publicó el poema «El teléfono» (extraído de Intervalo en la montaña ), y Ricardo Ulloa Garay, en Poetas del siglo XX en lengua inglesa , tradujo «Familiarizado con la noche» (de El arroyo hacia el oeste ). Tal vez sea un homenaje a aquel deseo del estadounidense de vivir entre los cipreses y las llamas del bosque de nuestro territorio.

El bosque y la ventana. La poesía de Robert Frost ha corrido por la historia como un arroyo entre los abedules. Es, en lo esencial, contemplativa. El poeta se sitúa en un ámbito, lo observa, le extrae un sentido a las relaciones entre los elementos, y luego lo representa en palabras. Desde ese punto de vista, es un poeta de lo exterior ; es decir, del espacio ajeno al observador, por más que nos abandonemos al tópico de que el poeta humaniza su mundo.

Hay quien ya ha sostenido que, en su idioma y en su época, Frost es el equivalente a Antonio Machado en español. De acuerdo, aunque aceptemos también que los verdaderos poetas no son comparables; cada uno es lo suyo, más aun si estamos ante idiomas distintos.

Efectivamente, Machado buscó darle a la realidad lo que, en el fondo, era su propio espíritu, su «machadidad», si cabe el término. No es el caso de Frost; él pone una visible distancia entre el yo que escribe y el panorama que tiene ante sí. No importa el tamaño de lo observado: pueden ser unos arándanos, el nido abandonado de una avecilla, una pila de leña, unos abetos, hasta el paso de un río, una ventisca o la lejana arquitectura de una montaña nevada.

¿Hay alguna obra análoga en Costa Rica a la poesía de Frost? Es difícil comprobar lecturas directas, influencias o abiertas simpatías por su obra, de parte de nuestros poetas de la primera parte del siglo XX. Es posible detectar un «aire de época» o cierto estilo en dos voces hoy un poco olvidadas: la de Blanca Milanés ( Música sencilla ) y la de Fernando Luján ( Tierra marinera ). Ambos, como Frost, trataron el paisaje como un símbolo, no como un sentimiento: no el poeta metido entre el bosque, sino mirándolo desde el cristal de su ventana.

El autor es poeta y ensayista costarricense.

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