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Tan amigas como las mariposas

Actualizado el 05 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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Tan amigas como las mariposas

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Aquella mañana me asomé por la ventana y el azul del cielo me abrazó los ojitos con todo y párpados, era un mar profundo con destellos de sol naciente. Escuché a mi papá cantando desafinado en el baño, mi mamá en la cocina preparando el desayuno, llegué y le abracé la espalda, su olor me endulzaba el alma, era una mezcla de aromas que me hacían sentir tranquila, no era un perfume caro, era algo más lindo, más pleno, olía a bebé por cuidar a mi hermanita, a pino por limpiar con dedicación la casa, a comidita por la que nos daba todos los días; no sé como explicarlo pero mi mamá olía a amor.

Era un viernes precioso, salimos de la casa con los pulmones respirando la mañana, una sonrisa en la cara y un beso de mi mamá en el corazón. Me esperaba Nicole, nos saludamos y entrelazamos los brazos. De camino, un par de mariposas blancas cruzaban la plaza frente a la escuela, siempre me habían llamado la atención, volaban muy juntitas, como hermanas, nunca peleaban, se acompañaban, tan libres y llenas de paz. Las señalé con el dedo índice y le pregunté a mi papá por qué volaban tan juntas: -Es que son muy amigas, parece que van de la mano, tan amigas como usted y Nicole-, me dijo.

Imaginé a Nicole con antenas negras y las patas flacas, bueno, lo de las patas no tuve que imaginarlo, comencé a reírme, los contagié a ellos, luego les conté de que me reía y Nicole me pellizcó, le jalé el brazo y volamos como las mariposas. Me sentía feliz, no pensé que días después estaría en el mismo lugar, pero acompañada por mis lágrimas.

Llegamos a la escuela, jugamos durante el recreo, escribimos poquito y salimos temprano. Corrí al portón para dejar atrás a Nicole, -le voy a ganar- dije. Se me soltó la tira del bulto y casi cae al suelo. Nicole me pasó y me miró sonriente; de repente, una mano gruesa la jaló de la blusa para salir primero. Por la espalda ancha y la altura pensé en un chiquillo de sexto, mi amiga trastabillando, era una hoja que se llevaba el viento.

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La sangre me burbujeó en la cabeza, apreté los puños y grité tan fuerte que desperté las piedras: -¡Me va desarmar a mi amiga!, ¿qué le pasa?- La enorme figura se dio vuelta lentamente, luego me agarró del cuello, sentí una fuerza descomunal y el ambiente se congeló, para mi sorpresa era una niña. Su otra mano tomaba forma de puño a punto de soltar una bomba atómica.

El profe de inglés observó de lejos y corrió para evitar el bombazo; en su afán, no vio al de música que venía con lira y platillos, el choque fue inevitable, los platillos y la lira tocaron la sinfonía de los desparramados, así quedaron los dos en el piso, a uno se le zafó un zapato, que nunca apareció. La niña me soltó, me salvó la campana, o más bien la lira y los platillos. El profe logró levantarse y ella se escurrió cual sombra entre la gente.

Me sentía descompuesta, veía los labios de Nicole bailando de arriba a abajo y no entendía ni papa. Al rato un chiquito me dio un papel que decía: “El lunes nos vemos en la plaza a la salida, a mi nadie me grita y cuidado con contar entonces le iría peor”.

Un telón negro ocultó el cielo, comenzó a lloviznar, mi amiga me decía que habláramos con la profe, la directora, la policía, los bomberos si era necesario. –Eso es bullying, no nos vamos a dejar, búsquelo en internet, la justicia está de nuestro lado.

Pensé en faltar el lunes, pero tenía examen de inglés, quería contarles a mis papás, pero no olvidaba lo que leí en el papel. Me puse la pijama temprano, no podía dormir, cuando lo hice tuve una pesadilla. Yo era una mariposa, me acerqué a un árbol enorme y detrás del árbol salió aquella niña, me tomó por las antenas, sacó unos platillos y me empezó a aplastar. Lloré en el sueño, pero lo más raro es que ella también.

Desperté triste, con ganas de abrazar a mi mamá, pero no quería que sospechara. Tenía que hacer algo, faltaban dos días y ya hasta se me iba el aire cuando imaginaba el lunes, no podía seguir así, me armé de valor y decidí enfrentar el problema. Pensé en conocer a mi enemigo, llamé a Nicole y ella me dijo que la niña no vivía muy lejos, era callada y muy apartada de todos, le tenían miedo y se llamaba Carolina, como yo.

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Planeamos espiar su casa, con binoculares, cámara de fotos y anteojos oscuros, por aquello de que nos reconociera. Era una casa de madera, muy pequeña, vigilamos como una hora y nada, pero luego, un hombre enorme y con la camisa sucia y desabotonada empezó a golpear la puerta, en una mano tenía un manojo de llaves y en la otra una botella, se tambaleaba y gritaba cosas que no pude entender. Me acerqué hasta un árbol grande frente a la casa, Nicole estaba petrificada.

Escuché a un niño llorar y me llené de susto, me acerqué más todavía, me escondía detrás de todo como en las fábulas y no sé ni como, me metí al charral al lado de la casa. Por la ventana vi algo que cambiaría mi forma de pensar para siempre.

Carolina estaba con un bebé en brazos, la cara empapada en llanto, sostenía la puerta con su cuerpo, mientras una mujer rodeada de latas de cerveza, dormía en el sillón con la boca abierta. Tragué saliva y sentí un elefante que me bajaba por la garganta, estaba a punto de gritar cuando el hombre dejó de empujar la puerta, un silencio profundo lo envolvió todo.

Carolina se sentó en el suelo recostada a la puerta, respiró profundo y empezó a arrullar al bebé. Me quedé inmóvil, ella puso al bebé en la cuna y comenzó a limpiar la casa, recogió las latas regadas, cubrió a la mujer con una cobija. Salí despacito del zacatal, con el corazón saltando como un conejo, estaba muy asustada, pero ahora podía entenderlo todo.

Antes había pensado: el lunes llevaré un bate de béisbol o unos chacos como los de las películas chinas, sin embargo, pasé casi toda la noche preparando algo diferente.

Llegó el día, me levanté más temprano y preparé el desayuno, mis papás sonrieron y me dieron las gracias; esa mañana valoré aún más todo lo que tenía, desperté a mi hermanita con un beso y le preparé la merienda. La escuela fue confusa, mi cabeza estaba en otra parte, Nicole no quería que me presentara, hasta que pudo verlo.

Carolina me esperaba, se quitó el bulto y se hizo una cola, rápidamente se formó un círculo de chiquillos, comenzaron a decir: -pelea, pelea, pelea…- Mis piernas eran palitos de gelatina, me acerqué y ella cerró sus puños con fuerza; al ver esto decidí actuar, mi mano fue en busca del bolsillo trasero.

Carolina puso los brazos frente a su cuerpo en señal de alerta, se sorprendió cuando mi mano se extendió tímida cargando una hoja de papel, miró desconfiada y dio unos pasos yo volví la cara esperando un golpe, ella tomó la hoja de papel y comenzó a leer.

El aire estaba afilado, se respiraba tensión, ella se acercó mucho, levantó ambas manos como ramas de árbol que buscan acariciar el cielo, las puso alrededor de mi cuerpo. –¡Es el abrazo del oso, la va a ahogar!–, gritó uno de los niños.

No me moví para nada, mis brazos solitos también la abrazaron, lloraba desconsolada con la hoja de papel en la mano. En ese momento sentí un aroma en ella que era muy familiar, me sorprendí, pero era lógico, Carolina cuidaba a su hermanita, cocinaba, limpiaba, se encargaba de la casa, era como abrazar a mi mamá, olía a amor.

Sin darme cuenta las lágrimas se me escaparon ante aquella muestra inesperada de afecto, era más bien como una súplica de sentirse querida, un ruego mudo interpretado por sollozos que venían del corazón.

No voy a contar todo lo que escribí, solo un pedacito: “No quiero pelear, quiero ser tu amiga, te brindo mi mano de corazón y te prometo que si me aceptas nunca más estarás sola, seremos tan amigas como las mariposas…”

Les conté a mis papás lo sucedido y, junto con la maestra de Carolina, visitamos su casa para ayudarla. Sus papás estaban enfermos, eran alcohólicos, de hecho su papá nunca logró recuperarse, pero su mamá comenzó a curarse poco a poco.

Carolina también cambió: era amable, más tranquila, Nicole y yo comenzamos a andar con ella en los recreos y los demás chiquitos dejaron de tenerle miedo. Después de unos días y bajo el profundo cielo, ya eran tres las mariposas que cruzaban la plaza camino a la escuela, muy juntas, como hermanas, volando y sonriendo, libres de violencia, llenas de paz; con las antenas negras y las patas flacas…

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