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William Reuben escribe con los silencios en su más reciente novela

Actualizado el 24 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

William Reuben Soto

Presagios

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William Reuben escribe con los silencios en su más reciente novela

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Solo a los lectores jóvenes el autor de esta breve novela les resultará desconocido. William Reuben Soto (1947) había publicado antes un poemario en la colección Líneas Grises (Dieciocho poemas en la humedad de la calle) y es autor de una pieza teatral (Teófilo Amadeo, una biografía, 1970), escenificada en San José ese mismo año.

Posteriormente, el autor se dedicó a diversas tareas en los campos de la antropología, la docencia y el desarrollo social, en los que ha publicado numerosos libros y artículos. Presagios señala su regreso al campo de la creación literaria.

En alrededor de cien páginas, Presagios nos relata la historia de Daniel y Ana, dos adolescentes de clase media en el contexto de la Guerra Civil que sufrió Costa Rica en 1948. Recreando con destreza la sensibilidad de los personajes y modelando con habilidad el lenguaje con el que crea su historia, el autor nos presenta las perplejidades de los dos jóvenes, su progresivo desvelamiento del mundo en el que están inmersos y que inevitablemente terminará por formarlos.

Portada de 'Presagios'.
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Portada de 'Presagios'.

En buena medida, se trata de una “novela de formación”, con la singularidad de que, en este caso, asistimos paralelamente al proceso de ambos jóvenes, el cual transitará por diferentes caminos y correrá con distinta suerte. Sin embargo, como no podía ser de otra forma siendo un “relato de formación”, Presagios es asimismo una novela de amor y, más aún, la novela de un amor imposible y fallido...

Buena parte de la acción de la novela se cumple en la costa caribeña, de modo que al menos parte del descubrimiento que realizarán los personajes tiene que ver esa alteridad cultural (y también paisajística y natural) de la Costa Rica ticomeseteña de la que ambos provienen.

Se trata de una novela sobre la iniciación al amor y a la muerte, y también a la sexualidad que, como un puente electrificado, se tiende entre estos dos extremos. Al lado de los dos protagonistas evoluciona el lenguaje de la historia, que pasa de lo puramente sensorial –en la niñez y la infancia– y se torna más abstracto y complejo conforme los personajes se desarrollan.

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Al lado de todo lo dicho, Presagios nos propone un retrato sutil y sensible de la sociedad costarricense de la época, de sus contradicciones sociales y morales; en fin, la visión de una sociedad desgarrada políticamente por los convencionalismos sociales y por la doble moral.

Si hubiera que relacionar esta obra con otras de la literatura costarricense, probablemente cabría hacerlo con Puerto Limón, de Joaquín Gutiérrez, novela con la que comparte el espacio geográfico en el que tiene lugar la acción, y también su carácter iniciático y el hecho de constituir una “novela de formación”.

Tal y como en la obra de Gutiérrez el protagonista termina marchándose del país, el Daniel de Presagios debe también completar su formación fuera de las fronteras de la patria y de la tutela familiar.

La obra, a la que Reuben Soto pide leer, de ser posible, en voz alta, se lee con suma facilidad y agrado, lo que no debe llamar a engaños.

La aparente sencillez –e incluso candidez– de la historia obedece al apego del autor a la perspectiva de los personajes; pero el buen lector, la buena lectora, encontrarán que la novela tiene la extraña característica, la rara virtud, de contar lo que no se nos dice . Esta es, en buena medida, una novela sobre el silencio y lo no-dicho.

Al mantenernos siempre del lado de los personajes –de sus percepciones y pensamientos–, los lectores vivimos con ellos su despertar y corremos el riesgo de perder de vista todo aquello que los rodea y los va modelando: la violencia, el engaño, la mentira, los sobreentendidos, la hipocresía de sonrisa amplia y correctos modales...

De tal modo, el sustrato último de esta novela, el más sutil y el más enriquecedor, nos sugiere que todo aquello que no se dice, lo que no se nombra, tiene tanta fuerza modeladora como las enseñanzas formales y los mandatos explícitos que recibimos de la sociedad.

Se nos enseña a hacer ciertas cosas tanto como a no hacer otras, a ver algunas cosas y a ignorar otras, a recordar y a olvidar, a sentir ciertas cosas y a desechar otros sentimientos. Se nos forma tanto mediante la palabra como mediante los silencios.

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