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'Wallau': en el nombre del Padre

Actualizado el 27 de noviembre de 2016 a las 12:00 am

Nuevo poemario de G.A. Chaves

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'Wallau': en el nombre del Padre

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En mayo del 2010, G.A. Chaves se encontraba en Estados Unidos cuando recibió la noticia de que su padre había muerto. Sin posibilidad de venirse de inmediato, no pudo asistir al funeral. Ahí empezó la elegía, ahí nació Wallau . Donde terminaba el padre empezaba el libro.

Wallau es un lugar en Alemania y un personaje de La sétima cruz , novela de Anne Seghers. Esa es la onomástica del padre ido, la presencia que atraviesa Wallau , el nuevo volumen de poemas de G. A. Chaves, un viaje al origen, un homenaje y una revelación formal; 37 poemas distribuidos en tres partes. Las dos primeras ofrecen la poesía más reciente de su autor, la tercera es un repaso y una vuelta de tuerca a los textos más importantes de su primer poemario.

“I. Petricor”, el olor de la tierra llovida, ese olor tan característico que es el de la nostalgia: “Ahí donde nunca hay nombres / que alguien silbe el rumor de lo invisible” (p. 16). Ocho poemas, diversos en forma y tono, que apuntan al recuerdo y a la reflexión del presente. De la ternura de Calle Joaquina, Getsemaní a la ironía de la Égloga lisérgica . En el primero, leemos: “Una pareja de adolescentes / espera el bus sin esperarlo / porque el lugar al que quieren ir / es el lugar donde ya están sus manos” (p. 15). Por su parte, la égloga, quizá el único texto reprochable del conjunto, nos regala también uno de los mejores versos: “’Dios’ es una palabra que está mal traducida” (p. 26).

“II. Wallau : una elegía” se inserta en una tradición que nos lleva –en español– de las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique hasta el potente Luz rabiosa, del chileno Rafael Rubio. En inglés, la referencia inmediata la ofrece el texto mismo, al parafrasear a Dylan Thomas: “ Do not go gentle… / Wallau, Padre: Do not go gentle… ” (p. 33).

El hablante recuerda a su padre. Luego, el álbum familiar se nutre de fotografías añejas, de hermanos y tías, de días de pesca y ajedrez: “El tueste de la piel del pescado que almorzábamos / era siempre del mismo ámbar que el de las cervezas” (p. 31). El viaje a la semilla va de una casa con piso de tierra en 1929 hasta Portugal, al descubrimiento de su “judería secreta”. El recuerdo del padre es el descubrimiento del yo: donde muere uno nace el otro: “Después de las lluvias de octubre / han vuelto las lombrices buscando el sol. // Ellas que te han visto, Wallau, / ¿sabrán quién soy yo?” (p. 39).

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Esta sección presenta importantes hallazgos formales y combina con inusitada eficacia el verso blanco y el versículo: “Celeste el cielo, blanco el mundo, amarillo intenso el sol que lo recorre. Nunca noviembre brilló tanto. Tan poca paz escondida entre tanto duelo” (p. 46). Los versos se nutren de un ritmo preciso y de una música sutil.

Chaves ha labrado su obra literaria con meticulosidad. Reconocido escritor en varios géneros, en poesía debutó con Vida ajena (Euned, 2010), uno de los mejores libros costarricenses de los últimos años, que lastimosamente no fue apreciado como correspondía. Ahora, esa “vida ajena” se inserta con total sincronía en este nuevo proyecto.

Si en la segunda parte el hablante huía de su nombre y a la vez buscaba su identidad, en esta tercera se funden el nombre del padre y el del hijo, en la figura de ese “Dios mal traducido”: “Pues ya ves, Yahvé, que cuando digo 'soy' sólo intento ser Tú en mi traje de Nunca” (p. 81). Completo el viaje, cerrado el ciclo. Wallau sustituye a Vida ajena porque lo contiene, igual que el hijo contiene al padre. Con Wallau tenemos la oportunidad de resarcirnos y asistir a un pequeño milagro. Concluido el duelo, comienza el poema.

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