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Umberto Eco y el laberinto de espejos

Actualizado el 28 de febrero de 2016 a las 12:00 am

Sus ficciones ponen en funcionamiento complejos artificios, sistemas de referencias ideológicas y filosóficas y conspiraciones secretas.

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La anomalía extraordinaria en Eco es que sus eruditas y enrevesadas ficciones nunca cedieron un ápice a la presión comercial y, contra todo pronóstico, lo convirtieron en un quimera fabulosa entre Borges y Dan Brown.Fotografía: Miguel Medina/AFP.

La publicación de El nombre de la rosa , en 1980, transformó instantáneamente a su autor en una celebridad literaria. Umberto Eco, reconocido hasta el momento en los círculos universitarios como una autoridad, se convirtió a los 48 años en parte del star system de la novela mundial. Ya para entonces algunos de los títulos de sus ensayos, como Apocalípticos e integrados (1964), habían roto el cerco académico para incorporarse a la cultura popular en forma de aforismos, en un siglo obsesionado por los signos y en cómo interpretarlos.

Ninguna de sus obras posteriores llegó a emular los 50 millones de ejemplares vendidos de El nombre de la rosa , uno de los libros europeos más exitosos del siglo XX y una de las novelas históricas mayores de la literatura. Si bien el incipiente escritor, como él mismo ironiza en Confesiones de un joven novelista (2011), fue visto al principio como una estrella fugaz en el panorama narrativo, cualquier asomo de duda se despejó al completar en década y media su trilogía de la intertextualidad –cada texto se funda en la cadena textual precedente–, con El péndulo de Foucault (1988) y La isla del día de antes (1994).

Eco convirtió en oficio lo que había llamado su “actividad nocturna”, el juego de espejos textuales. A partir de El nombre de la rosa publicó en promedio una nueva novela cada seis años, hasta completar un ciclo semiótico-literario, con Baudolino (2000), La misteriosa llama de la princesa Loana (2004), El cementerio de Praga (2010) y Número cero (2015), la única que trata de modo directo la actualidad.

Las ficciones de Eco no son novelas de género sino de enigmas y secretos, que ponen en funcionamiento complejos artificios, sistemas de referencias ideológicas y filosóficas y conspiraciones secretas que deben descifrarse –leerse, interpretarse– por medio de una pesquisa epistemológica.

Todas sus novelas son máquinas de leer. El sustrato es la trama policíaca, que se convierte en teológica en El nombre de la rosa , en esotérica en El péndulo de Foucault y en científica en La isla del día de antes . La búsqueda de la verdad adquiere diferentes perspectivas de acuerdo con la época en que se sitúan.

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Estas se inician con una Edad Media a punto de desmoronarse y perder su sentido de unidad universal –la cristiandad–, fracturada por crisis políticas y religiosas, y llegan a la “ciber-hiper-modernidad” de su última novela.

La biblioteca de Babel

Al plantear una biblioteca como gran laberinto del mundo, la tinta como instrumento criminal y un libro oculto como depositario de un saber secreto, El nombre de la rosa es un homenaje a la novela moderna, que se inicia con Cervantes. Don Quijote se trastorna por leer libros de caballerías y su aventura, al igual que las complicadas tramas de Eco, se nos narra en una sucesión de historias enmarcadas unas dentro de otras, en una estructura de cajas chinas o de muñecas rusas.

Este laberinto de espejos y de espejos laberínticos, descubierto magistralmente por el escritor argentino Jorge Luis Borges –y antagonista de El nombre de la rosa –, inaugura la narrativa posmoderna.

Eco, determinado por el significante de su apellido, no puede menos que ser el eco de una infinita sucesión de resonancias textuales que comenzó cuando el pensamiento griego se planteó el problema del nombre de las cosas.

La anomalía extraordinaria en Eco es que sus eruditas y enrevesadas ficciones nunca cedieron un ápice a la presión comercial y, contra todo pronóstico, lo convirtieron en un quimera fabulosa entre Borges y Dan Brown.

El narrador suizo Friedrich Dürrenmatt escribió que “Todo lo que hay en El nombre de la rosa está ya en Borges y de modo más breve y mejor”. Es cierto que la narrativa intertextual o posmoderna –un término que Eco siempre consideró sospechoso–, es posborgiana.

Laberinto de géneros

Sin embargo, la novela de Eco no oculta el universo referencial en que se basa y desde el nombre de sus personajes lo muestra: el monje franciscano Guillermo de Baskerville, mezcla del filósofo medieval Guillermo de Ockham y de Sherlock Holmes –por El sabueso de Baskerville , la aventura más popular del detective inglés–, y el bibliotecario ciego Jorge de Burgos. Como relata el italiano, no sin ironía, en Apostillas a El nombre de la rosa : “Quería un ciego a cargo de una biblioteca, y biblioteca más ciego no puede dar otra cosa que Borges, incluso porque las deudas se pagan”.

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Más allá de eso, la novela, desde un argumento policíaco que funciona dentro de un orden cerrado –reglado por la unidad de tiempo y lugar–, entrecruzado por debates teológicos, citas textuales que se encadenan entre sí y enigmas criminales, remite a Borges. Pero también alude al segundo libro de la Poética de Aristóteles, perdido y tal vez inventado, al Comentario al Apocalipsis de San Juan del monje español Beato de Liébana, escrito en el siglo VIII y editado por Eco, y a la inmensa sabiduría medieval acumulada por el omnisciente semiótico italiano desde que se graduó, a los 22 años, con una tesis doctoral sobre El problema estético en Santo Tomás de Aquino .

El nombre de la rosa se inspiró en el códice del siglo X Beato de Tábara , realizado en el monasterio español de Santa María de Tábara, en que se muestra una torre con un laberinto. La estructura de la novela reproduce un sistema constituido por varios planos de interpretación –como una torre laberíntica–, en que es posible leer un thriller medieval –una historia de detectives–, una indagación sobre la cuestión escatológica fundamental –el problema del origen– y una teoría de los signos.

A pesar de que la narrativa de Eco trasciende el encasillamiento genérico de los best sellers , sus novelas más famosas cambiaron la fisonomía de la literatura mundial y contribuyeron a la fama de la que gozan en la actualidad géneros como la fantasía medieval –el revival de El señor de los anillos , Juego de tronos –, el thriller esotérico tipo Dan Brown y las múltiples formas de la novela histórica.

Aunque a lo largo de su vida, y de sus libros, Eco ofreció múltiples explicaciones acerca de su necesidad de convertirse en escritor, quizá su origen remoto está en una parodia de historia de la filosofía que escribió en verso, durante su servicio militar, y que publicó con el seudónimo de Dedalus, el personaje del escritor irlandés James Joyce al que dedicó posteriormente algunos de sus mejores ensayos.

Con su trilogía intertextual, iniciada con El nombre de la rosa , Umberto Eco concibió el ciclo narrativo posmoderno más exitoso y popular de estos tiempos –trágicamente posmodernos– y puso su erudición al servicio del juego literario.

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