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Teoría de la vanidad y de la ciencia

Actualizado el 04 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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El físico teórico Michio Kaku mientras imparte una conferencia en el 2012. (Wikicommons.)

El vanidoso descubrió que él es el hombre de su vida, de modo que practica la endogamia con él mismo. A veces, el soberbio es ateo porque detesta la competencia.

Soberbios son quienes tienen la vanidad que nos corresponde. Claro está, otros dirán que hay tanta vanidad que alcanza para todos; pero esto solamente lo dicen los humildes por falta de experiencia.

En los vanidosos, lo más auténtico es la falsa modestia. La falsa modestia es la serie de cañonazos silenciosos que lanzamos para hacer notar que aquí estamos porque hay gente tan distraía que pierde el tiempo consigo misma.

De todos modos, a veces, el amor propio es una muestra de mal gusto. Para observarse bien hace falta salir de sí mismo, pero, en ciertos casos, algunos no querrán volver.

Buen observador de los otros, el prosista español Ramón Gómez de la Serna decía que, si algunos se conocieran bien a sí mismos, terminarían por retirarse el saludo.

Al fin, más que vanidoso, conviene ser persona interesante. Persona interesante es la que no es interesante para ella, sino para los demás. Esto acarrea consecuencias prácticas muy útiles; por ejemplo, la mejor forma de disimular una mancha en la camisa es mantener una conversación interesante: cubre más que una corbata. Esta es la gente que ha encontrado el modo de ser guapa por teléfono –si acaso hay gente guapa, obviamente–.

Aunque parezcan primos hermanos, la vanidad no siempre equivale al egoísmo; y el egoísmo no nos lleva siempre a la ansiedad de perpetuarnos, de ser recordados.

Es natural el deseo de ser reconocidos por nuestros pares (se excluye al soberbio pues es sin par). En 1906 lo había notado el filósofo alemán Karl Kautsky en su libro Ética y concepción materialista de la historia (cap. IV), tal vez el primer libro que une la ética natural insinuada por Darwin con las investigaciones actuales de la neurociencia que confirman la condición instintiva de la solidaridad humana, al menos dentro de la familia. Hoy olvidado, aquel es irónicamente libro y eslabón perdido.

El deseo de ser reconocido no es igual a las ansiedades de los vanidosos, quienes solamente caminan de vuelta, pero el reconocimiento social es vía de dos sentidos.

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Hoy se han confirmado tres modos de perpetuarnos: el genético (mediante los hijos), el cultural (las obras que dejamos: libros, canciones, jardines...) y el social (nuestro recuerdo en los demás).

Mañana habrá otras formas de quedar vivos en la muerte. En su reciente libro El futuro de la mente, el físico nipoestadounidense Michio Kaku sostiene que podrán extraerse recuerdos de las personas y colocárselos en un soporte externo (un disco o lo que fuere), de modo que otras personas podrán introducírselos en el cerebro. ¿Es todo ello solo ciencia-ficción? Hoy, sin duda lo es, pero la ciencia comienza siendo la ficción de ciertos audaces.

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