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Teoría de la tos y del bostezo

Actualizado el 18 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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Teoría de la tos y del bostezo

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Concierto de la Orquesta Sinfonica Nacional y el Coro Sinfónico Nacional en el Teatro Nacional. La fotografía se tomó en el 2006. (Carlos Gonzalez)

Algunas conferencias son más previsibles y aburridas que las fiestas en la isla de Gilligan. A estas conferencias podría aplicárseles un viejo dictum : “Lo que mal comienza mal acaba”, con la aclaración de que tales conferencias son males que no acaban. Dichas conferencias regalan la sensación de que el tiempo se ha detenido en ellas, mas no ocurre exactamente así; en realidad, el tiempo no transcurre en dichas conferencias pues ha pedido la dirección para no pasar por ellas.

Algunos conferencistas empiezan ofreciendo unos prolegómenos prefaciales de una breve introducción preliminar en unas sucintas aproximaciones iniciales a unos preámbulos liminares. Esto ocurre cuando el conferencista ha perdido el ovillo de la ilación con el que iba a tejer el gangoche de su discurso.

Luego de horas de contumaz oratoria, ciertos conferenciantes se quejan de que les faltó tiempo, pero les sobró el tiempo de los otros. Oír tales conferencias nos hunde en un hoyo negro de divagación cavado en la tumba de la retórica.

Empero, debemos ser justos con el error y aceptar que hay otras voces, otros ámbitos, donde la perdición acecha: hablamos por escrito de las salas de conciertos, esos lugares donde el público va a afinar las toses porque nunca le salen bien a la primera vez. Se cree que toser es soplar y hacer botellas, mas no ocurre así: toser en los conciertos ya se ha vuelto un arte que no está al alcance de cualquier impertinente.

Hay toses en stacatto , que sorprenden por su originalidad y su frescura (en ambos sentidos); hay toses en arpegio, mejor aún si forman un ligato de gargantas serpentinas en el aire del concierto; pero esto exige mucha coordinación en el culto público o en el de siempre.

Las toses concertinas son a la música lo que el puntillismo es a la pintura. Quien tose primero es el Georges-Pierre Seurat de la noche. Así, cual ocurre con los golpes, toser primero es toser dos veces.

Quien pone la primera piedra de la noche tusical puede luego alardear ante sus amigos de que él dio el la gutural, ese diapasón-líder que orientó a los demás coreutas tusigénicos. De otro modo, estos habrían navegado perdidos en la música cual Ulises sin el GPS de Ítaca.

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Es una pena que los críticos de la música no registren como se debe el desempeño de las toses en la noche concertal. Hacerlo nos brindaría un registro de cómo ha madurado la cultura tusifónica de un país.

Claro está, en los conciertos, algunas personas nunca tosen, pero siempre hay gente que ansía hacerse notar: son los snobs del silencio.

Irreflexivos suponen que el coro poliafónico de las toses es un arte translaticio exportable a las conferencias, mas ¡cuán engañados están! Las conferencias ya tienen su propia “tos”, que es el bostezo.

En su libroLa edad de la empatía (cap. II), el primatólogo Frans de Waal revela que el bostezo es propio de algunos mamíferos, como el Homo sapiens, y que es un modo de estrechar lazos. Los chimpancés se contagian de los bostezos de los humanos. Debemos llevar a los chimpancés a las conferencias: ignoran los lazos que están perdiéndose.

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