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Teoría del colibrí y de la ciencia

Actualizado el 06 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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Teoría del colibrí y de la ciencia

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Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

El colibrí es una abeja art nouveau y el peso mosca de las aves. El colibrí es lo que el cóndor ve en un espejo cuando escribe su declaración de la renta. El colibrí se parece a los malos gobiernos en que se queda inmóvil y colgado del aire.

El colibrí es lo que queda de un cóndor de la política cuando ya no aparece en las encuestas.

Entre amigos, cuando los curiosos ornitólogos se han marchado a dormir en sus nidos de cemento –palomares de ciudad–, el colibrí se hace llamar “picaflor” y se pone a recitar un poema que Pablo Neruda le dedicó con versos tan largos como el colibrí (un pájaro muy pequeño solo puede suscitar versos de arte menor): “incandescente gota / de fuego / americano”.

Retrato de John James Audubon elaborado por John Syme.
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Retrato de John James Audubon elaborado por John Syme. (Wikicommons.)
Hablando de gotas, el colibrí es una gota de cóndor, así como “el gato es una gota de tigre”, según el escritor colombiano Jairo Aníbal Niño , quien porta, en su apellido, al lector de sus mágicos libros.

Los colibríes son las palomas mensajeras del polen de ciertas flores. Las flores preparan el néctar , combustible de azúcar que permite que los colibríes aleteen cientos de veces por segundo. Así no se cae ni en las encuestas.

El ave más breve del mundo es el colibrí zunzuncito, de Cuba, que se extiende (este verbo es desmesurado) a lo largo de cinco centímetros.

Casi toda América es el vasto imperio del colibrí, mínima ave. Es raro que no la mencione, en sus Memorias de ultratumba, el viceconde de Chateaubriand, el más exquisito escritor francés, padre de ese romanticismo tan agradecible que prefiere la elegancia a la aflicción.

Rodando más sanamente que las cabezas de otros nobles, el vizconde había llegado a la Florida en 1781, y había transitado las selvas azarosas y había visto, por ejemplo, “el papayo, punzón de plata cincelada, rematado por una urna corintia” (libro VIII, 4). Así escribía.

Menos curioso es que, por aquellos años, en los mismos Estados Unidos, otro francés, Jean-Jacques Audubon, sí reparase en el colibrí para descubrirle su misterio. Sorprende que un ave tan concisa tenga dónde guardar un secreto.

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Se habían hallado restos de insectos en los estómagos de los colibríes; pero, aun así, se creía que se alimentaban solo del néctar de las flores pues sus picos, muy estrechos, “no podían” dejar pasar ni insectos mínimos. A la vez, todos los colibríes criados en casas morían si se los alimentaba solo de azúcar.

El aventurero y ornitólogo francés relacionó ambos datos: la presencia de insectos y la muerte en cautividad, y demostró que los colibríes morían siempre si carecían de sus dosis de insectos-proteína.

Muy lejos, Isaac Newton nunca vio colibríes vivos, mas sentenció que la iridiscencia de sus plumas solo podía deberse a que eran prismas que descomponían la luz.

Audubon y Newton prueban que la ciencia es la audacia de relacionar las cosas y de verificarlas con calma o al vuelo de un colibrí.

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