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Teoría de la avestruz y la ignorancia

Actualizado el 14 de abril de 2013 a las 12:00 am

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El cuello del avestruz es tan largo que mide cuello y pico. Después de pensarlo mucho, el avestruz prefiere andar sin ropa porque se gastaría todo el sueldo en corbatas.

El cuello del avestruz es la envidia de los funcionarios que no pueden estirar el cuello para mostrar la cabeza en las fotos donde aparece la ministra, y por esto se quedan siempre funcionarios, aunque cometan la redundancia de mandarle flores a la ministra del ramo.

Como ave, el avestruz es una persona muy estirada, y cuando estira el cuello puede alcanzar hasta 2,70 metros de altura si los contamos desde el piso. Quizá debido a esto, en los zoológicos, los animales dicen que el avestruz y el gallo se odian porque no pueden verse las caras. Además, el avestruz es como la impunidad: no trae cola.

El avestruz solo vuela con la imaginación, y esto es lo único que tiene de artista. Sin embargo, el avestruz sí posee alas, aunque solo le sirven para no caerse cuando corren y doblan en las esquinas del desierto. Sí, claro está, en los desiertos no hay esquinas, pero los avestruces lo ignoran; de saberlo, se irían en línea recta, darían la vuelta al mundo y terminarían como los gobiernos: donde empezaron.

Las plumas de las avestruces son muy anchas, de modo que no sirven para escribir ni poesía, salvo los versos alejandrinos ya que también son muy anchos pues tienen catorce sílabas. El naturalista francés Georges Buffon despreció a los animales americanos, pero fue un gran hombre: de dos metros, y apreciaba a los animales por su estatura (esto es racismo métrico). Este Buffon tuvo la humorada de llamar “elefante de las aves” al avestruz (Antonello Gerbi: La disputa del Nuevo Mundo , cap. I).

Los gauchos argentinos son diestros en cazar animales con las boleadoras: tres piedras atadas a tres sogas cortas; empero, ningún gaucho ha podido cazar avestruces. No faltan quienes intentan explicar esta frustración con el solo argumento de que las avestruces viven únicamente en el África.

En América tenemos al ñandú, a quien el gran Andrés Bello (1781-1865) dedicó el artículo El avestruz de América . ¿Qué hacía el sumo gramático dedicado a la sociología de esa ave? El profesor Juan Durán Luzio lo explica ( Siete ensayos sobre Andrés Bello, el escritor , cap. III): a mediados de su vida, exiliado pobremente en Londres, entre el humo frío de la niebla, Bello reunía informaciones para escribir poemas dedicados a exaltar la naturaleza americana, y “sentía un interés mucho mayor por las cuestiones científicas, naturales, históricas o geográficas que por las letras”.

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El letrado ilustre había hallado en sí mismo al amante de las ciencias, y nos dejó un ejemplo de que el humanismo es la suma de las humanidades y de la curiosidad por la naturaleza. Restar letras o ciencias es terminar en la “docta ignorancia” –si nos dejan robar el título del un libro al cardenal de Cusa–.

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