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Teoría del apacible manatí

Actualizado el 03 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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Teoría del apacible manatí

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Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

De todas formas, las vacas marinas demostraron poseer una ejemplar curiosidad científica pues les intrigaba saber cómo era la vida bajo el agua. Las vacas marinas se parecen a los cisnes, quienes –según Ramón Gómez de la Serna–, antes de dormirse, meten la cabeza debajo del agua para comprobar que no hay nadie debajo de la cama.

Los elefantes tienen buena memoria; se entiende por qué entre los elefantes no hay elecciones.

Las vacas marinas tienen memoria de elefante. En realidad, las vacas marinas nunca han sido parientes –ni siquiera amigas– de las vacas, sino parientes lejanas de los elefantes. Como los primos terceros de todas las familias, cierta vez, las vacas marinas se fueron de la casa para conocer el ancho mundo y fraca-saron pues –cual en cierta novela– el mundo suele ser ancho y ajeno.

De todas formas, las vacas marinas demostraron poseer una ejemplar curiosidad científica pues les intrigaba saber cómo era la vida bajo el agua. Las vacas marinas se parecen a los cisnes, quienes –según Ramón Gómez de la Serna–, antes de dormirse, meten la cabeza debajo del agua para comprobar que no hay nadie debajo de la cama.

Los elefantes tienen buena memoria; se entiende por qué entre los elefantes no hay elecciones.

Una manatí sostiene a su cría. Blog Conciencia Animal para LN.
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Una manatí sostiene a su cría. Blog Conciencia Animal para LN.

Las vacas marinas son mamíferos, y siguen siéndolo hoy, después de tantos calendarios de siglos, por culpa de esa manía que tiene la gente de no cambiar, de parquearse en el presente continuo; id est , a causa de la manía tan humana que usan los animales de anclarse en su “zona de confort”, cual decimos en español cuando pensamos en inglés (de paso sea dicho, es comfort ).

Los marinos son los mamíferos que entraron en el agua y no tienen cuándo salir. Así, un día, entraron las vacas marinas; pero los otros elefantes ya recogieron los toldos, las radios, las ollas, los espaguetis y los huevos duros, y las vacas marinas no tienen cuándo salir.

Sin embargo, al fin, con el tropel del tiempo, las vacas marinas fueron cambiando también. Les emergió una cola a modo de cuchara que –como la de los pobres– no sirve para comer, y perdieron la trompa elefantina, que aún conservan sus primos terráqueos para su ludibrio.

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Por culpa de su trompa o probóscide, a los elefantes los llaman ‘proboscídeos’, palabra asaz no eufónica que duele mucho a los elefantes, sobre todo si uno es joven. El consuelo que les queda es ver algo de su trompa en la punta del trebejo del alfil (que significa ‘elefante’).

A la vaca marina se la llamó así porque es herbívora y pasta en las orillas de mares y ríos. Su nombre más extendido es ‘manatí’, propio de un idioma caribeño.

En su Diario, don Cristóbal Colón anotó que, cerca del actual Haití, vio “tres sirenas, pero no eran tan hermosas como las pintan”. En realidad, eran manatíes, pero el Almirante de la Mar Océano –tan moderno, tan medieval– se asombraba también de no haber visto indígenas americanos dotados de cabezas de perro (cinocéfalos), cual es de rigor en toda mitología verosímil.

Colón había visto así al animal marino que es hoy un símbolo natural de Costa Rica: al apacible manatí; monógamo y nautilio; cazado por necesidad o por deporte (que es otra “necesidad”, pero de crimen); coreuta de voz cantante que en las noches se transfigura en barítono sirena: en el mito que tiene el derecho de vivir en esta realidad.

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