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Segunda versión de unos prodigios de Rafael Ángel Herra

Actualizado el 29 de marzo de 2015 a las 12:00 am

Reseña de la novela ‘La guerra prodigiosa’ en su segunda edición.

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Álvaro Zamora zamora5@gmail.com

No ha de contarse aquí la historia. Otra es la pretensión que alienta este escrito y es más leve: invitar a leerla y a disfrutar de sus prodigios. Es que Rafael Ángel Herra –conocido escritor y pensador costarricense– ha publicado de nuevo, en versión revisada, su estupenda novela La guerra prodigiosa.

Ausente por más de una década, ese libro ha cambiado un poco. En apariencia, la renovación solo es de estilo. Herra ha hecho ciertas concesiones al lector. Le da mayor fluidez al relato; ahora no se requiere el socorro constante del diccionario. También ha eliminado algunos giros de la adjetivación y ha simplificado –con acierto y elegancia– algunas descripciones del entorno o de la acción; pero la verdad del cambio es más sutil que todo eso. Afinada su atención, el lector ha de percibir algunas variantes de enfoque.

En el origen, esa obra literaria tiene un libro hermano y es de carácter filosófico: Lo monstruoso y lo bello . Depurado escrito, que porta una fluida colección de reflexiones sobre la estética, la ética e incluso la metateoría psicológica y antropológica subyacente en ambas ramas del pensamiento.

La reciente edición, lanzada por la Universidad Nacional a Distancia
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La reciente edición, lanzada por la Universidad Nacional a Distancia

Lo monstruoso y lo bello puede ser juzgado cual complemento de la novela, aunque no es necesario para disfrutar de ella, ni siquiera para entenderla. En la vida real también puede amarse a una persona cuya familia no hemos visitado aún. De todas formas, resulta innegable cierta relación genética entre ambos. Conocer a la familia enriquece o al menos afecta los lazos con el otro.

La historia de La guerra prodigiosa no cambia de una edición a otra. Más valdría decir “las historias” porque la obra inventa o reconstituye múltiples relatos que pueblan la literatura de Occidente.

Herra es uno de los primeros escritores costarricenses que resemantiza creativamente textos clásicos o que los interviene, como en la plástica se intervienen y ficcionalizan espacios reales u obras ya existentes.

Un monje anacoreta despierta entre bichos reales e imaginarios. El ocre solar se filtra en la cueva. Un demonio de innumerables nombres lo encara en las fronteras del sueño y la vigilia. Hay en el texto sugerencias visuales y casi olorosas sobre aquel encuentro.

La seducción diabólica, quizá irresistible, interrumpe el oficio del anacoreta. Entonces abandona su cueva y sus propósitos, para acompañar a Belial por un camino hacia Alejandría. Cada jornada ofrece una sorpresa.

Lo que se narra invita –quizá de soslayo– a la reflexión, aunque mayor sea el placer de atestiguar aquella contienda fantástica. El anacoreta pretende vencer la maldad representada por su enemigo demoníaco; pero este –fisgón experto, sabio desde el origen y engañador con mil caras– logra una y otra vez burlar tal intención.

Desde el fondo se impone una certeza: el bien y el mal no son verdades absolutas; pero –créalo, estimable lector– hay más que eso en esta novela.

El objeto literario permite recrear estéticamente el mundo real para hacer tolerable hasta lo más terrible. Esa idea se trasunta en el pensamiento moderno. También alentó a la psicología profunda, pero sus anales son más antiguos: tienden raíces en el mito, en los orígenes de la religiosidad, en muchas teogonías y posiblemente en los primeros poemas filosóficos.

Herra –el teórico– asegura que la ficción actúa como un modelo de humanidad con efectos performativos; pero su hálito de vida es el juego, y solo le basta ser verosímil para seducir al lector.

En cambio, la filosofía se pretende seria y procura expresar verdades incuestionables sobre hechos reales. Es allí donde he visto la diferencia entre la segunda edición de La guerra prodigiosa y la primera. Parece sutil, pero resulta decisiva e incontrovertible.

He pensado que la edición de hace años estaba matizada con una tenue vocación pedagógica. Podría notarse en ella una genética conceptual semejante a la de su obra hermana, pero, en esta edición, Herra depura el arte narrativo. Prefiere mantener al lector en la Tebaida –junto a la pareja en conflicto y dialéctica reciprocidad– que permitir al lector alejarse de su texto en búsqueda de fuentes que enriquezcan su comprensión de la palabra y de alguna intención oculta. Tal variante, apenas per-ceptible, se suma a los prodigios de esta novela.

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