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Ruth Angulo y sus bellas ilustraciones para ‘Los cuentos de mi tía Panchita’

Actualizado el 22 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

Carmen Lyra

Los cuentos de mi tía Panchita

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Ruth Angulo y sus bellas ilustraciones para ‘Los cuentos de mi tía Panchita’

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Héctor Gamboa grafimapas@gmail.com

¿Qué tienen Los cuentos de mi tía Panchita que nos hacen sentir cómodos y pequeños a la vez, nos devuelven a la niñez y, a un tiempo, nos hacen parte de una colectividad y una tradición?

En 1936, Los cuentos de mi tía Panchita ya eran un clásico en la imaginación colectiva costarricense. En ese año, con motivo de su tercera edición, Juan Manuel “el Indio” Sánchez Barrantes –artista capital de la llamada “generación nacionalista”– creó una serie de viñetas llenas de imaginación y candor en las que simples y curvilíneos trazos de tinta dotaron de corporeidad a Uvieta y Tío Conejo, hicieron que una perinola descompuesta le midiera las costillas a Juan Cacho para que aprendiese a no ser dejado, y nos llenaron de jocoso espanto con la imagen del temible “Hojarascal del Monte”.

Su estilo sutilmente art déco y minimalista fueron por mucho tiempo la encarnación misma y única de la obra de Carmen Lyra.

Acertadas decisiones. Hará unos ocho años, con motivo del 130.° aniversario del nacimiento de María Isabel Carvajal (Carmen Lyra), el Foro GAMA de ilustradores organizó una exposición dedicada a su obra, que puso en el tapete, con dispares resultados, la posibilidad de reintentar la interpretación de ese libro maravilloso.

Sin embargo, en honor a la verdad, solamente con la publicación de Los Cuentos de mi tía Panchita en la versión ilustrada por Ruth Angulo y bajo el sorpresivo sello de Uruk, Editores , finalmente podemos decir a las nuevas generaciones que cuentan con una interpretación actual y fiel al espíritu de la obra.

En el libro hay un conjunto de acertadas decisiones formales que lo acreditan. El uso de fondos de color en las ilustraciones a página completa rodea a los elementos narrativos de un espacio que se proyecta, infinito, para dejarnos una sensación de vuelo imaginario.

Los juegos de escala, la sobriedad de la estilización y el esmero que Ruth pone en cada imagen nos obligan. Allí están nuestros castillos, pero –¡ojo!– no unos importados desde el Viejo Mundo, sino unos que existen en nuestras ciudades y que nuestros hijos, sobrinos o nietos pueden visitar en nuestra compañía en cualquier domingo de estos.

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Tangible y onírica. Los elementos contextuales a menudo pertenecen a nuestro patrimonio: antiguos pisos de cerámica italiana que pueden verse en las casonas y los edificios de nuestras ciudades, la basílica de los Ángeles, la carreta de Sarchí, la tradicional casona de adobe, la almena anacrónica del castillo de un antiguo arzobispo, y ese extraño engendro con reminiscencia mudéjar que nos transporta a Las mil y una noches caminando por el barrio Amón.

Todo ello se da cita en las imágenes de esta ilustradora-arquitecta para dotar, al mundo de la tía Panchita, de una corporeidad a la vez tangible y onírica, como corresponde al arte verdadero.

Mérito sobresaliente. Otro elemento destacable es la consistencia de las paletas de color. En las imágenes de Ruth Angulo hay una viveza tremenda que nos llega sin estridencia, sin sacrificar el tono y el espíritu del texto, sin distraer de la lectura.

Quienes trabajamos ilustrando sabemos que uno de los mayores retos es conseguir que el texto y la imagen se muevan juntos como esas viejas parejas que bailan danzón o bolero sin moverse de un ladrillo. Considerando los antecedentes y carga emocional de esta obra, el reto era mayor, y Ruth Angulo lo superó con sobresaliente. Bien por ella.

Libertad y fantasía. Para terminar, señalemos dos aspectos: a fin de apreciar en su justa dimensión la calidad en las imágenes es necesario que el diseño, la impresión y la encuadernación sean –y definitivamente son– de primera.

Más importante: se precisó de audacia para “asaltar” esa formidable y canónica –donde las haya– versión que plasmó el “Indio" Sánchez. Ruth lo ha hecho con una propuesta rica en intertextualidades, referencias icónicas y guiños a una generatio videns ya completamente habituada a la audacia estilística y a la ubicuidad del color.

La enorme sutileza visual, la invitación a maravillarnos con nuestro entorno arquitectónico y natural y, en suma, la libertad y la fantasía que el libro rezuma, lo hacen una parada obligatoria para cualquier lector que se precie.

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