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Cuando las casas se alquilaban por 30 pesos...

Actualizado el 30 de junio de 2013 a las 12:00 am

A fines del siglo XIX. El alquiler de casas y habitaciones nos cuenta mucho de nuestro pasado

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“IMPORTANTE. Se alquila una casa de construcción moderna, situada en el Chile, a 300 varas de la Soledad. Tiene todas las comodidades apetecibles para una familia numerosa y un espacioso solar propio para huerta”. Esta nota se publicó en el periódico capitalino El Heraldo de Costa Rica (22/9/1898) y muestra ciertos rasgos de la sociedad josefina finisecular, esa que Rubén Darío calificó entonces de “una de las más europeizadas y norteamericanizadas” de la región centroamericana.

Aviso sobre el alquiler de casas publicado del Diario de Costa Rica, publicado el 10 de enero de 1885
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Aviso sobre el alquiler de casas publicado del Diario de Costa Rica, publicado el 10 de enero de 1885 (Rafael Ángel Méndez para LN)

Aquel anuncio deja ver un rasgo sintomático del crecimiento urbano de la principal ciudad del país: la presencia significativa de oferta habitacional. Ligado a lo anterior, se percibe la coexistencia de elementos típicamente rurales, como la diseminación de núcleos familiares compuestos por muchos miembros (“familia numerosa”) y la disponibilidad de espacios agrarios destinados al cultivo hortícola para el consumo doméstico.

En ese contexto, el análisis del alquiler de viviendas permite una aproximación a las formas de vida que desarrollaron muchos costarricenses de aquella época.

Comodidades deseables. Los anuncios de prensa donde se ofrecen viviendas en alquiler destacan un conjunto de ventajas. La primera se vincula a la ubicación del inmueble. Los alquileres tendían a ser mayores si la casa era céntrica, por ejemplo, en los alrededores de iglesia de la Merced, la Escuela Normal o el Teatro Nacional. Los alquileres también subían si la casa ofrecida estaba próxima a las residencias de personas conocidas, como Tomás Soley, Andrés Venegas y Félix Arcadio Montero. En los anuncios aparecían estas referencias.

Igualmente se encarecía el alquiler si las viviendas estaban amuebladas, si se arrendaban “con agua adentro” (con el servicio de agua potable de cañería), o si eran espaciosas, con solar.

Algunos avisos llaman la atención por las condiciones en las que se ofrecían: “Por $30-00 mensuales alquilo una bonita casa compuesta de sala, tres dormitorios, comedor, excusado y un corredor para leña, situada en la Avenida 11 Oeste, número 279, frente a don Hermenegildo Fuentes” ( El Heraldo , 26/5/1893). En este caso, el dueño de la vivienda expresaba sin reservas las características del inmueble.

La oferta creciente de viviendas para renta en la ciudad capital y sus alrededores resulta un claro indicador de un doble fenómeno experimentado por el país en materia demográfica.

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En primer lugar, dicha oferta revela la significativa expansión demográfica sostenida por el país en el siglo XIX, que llegó a 250.000 personas en el Censo de 1892, con el 80% ubicado en el Valle Central. A inicios de 1800, el total de población rondaba las 52.000 personas.

En segundo lugar, la oferta de alquileres evidencia la gran densidad demográfica de la ciudad capital, que concentraba cerca de un 40% de total de habitantes del interior del país. De estos, unos 12.000 eran de origen foráneo, primordialmente europeo.

Esa importante concentración poblacional traía consigo la demanda de servicios de arrendamiento de espacios, ya sea de carácter residencial o para fines comerciales.
"El boletín oficial" también incluía este tipo de anuncios. En la imagen un detalle del periódico del 30 de noviembre de 1874.
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"El boletín oficial" también incluía este tipo de anuncios. En la imagen un detalle del periódico del 30 de noviembre de 1874. (Rafael Ángel Méndez para LN)

Los precios. Los costos del alquiler de viviendas y habitaciones estaban sujetos al tamaño, la ubicación y las condiciones estructurales del inmueble. Casas grandes para “familias numerosas”, situadas en la ciudad capital, se ofrecían por 75 pesos; en tanto, residencias de similares condiciones, frente a la calle real en el centro de Cartago, se rentaban por 50 pesos.

Esa diferencia constituye un indicio de que la plusvalía de las propiedades era, desde entonces, mayor en la ciudad capital que en las cabeceras de provincia del Valle Central.

Otras viviendas se publicitaron para alquiler de “familias regulares”; esto es, de núcleos de una cantidad menor de integrantes.

Los precios oscilaban entre 40 y 60 pesos en San José, y entre 30 y 50 pesos en las poblaciones de sus alrededores. Un ejemplo es este: “Por $40 alquilo casa para una regular familia” ( La República , 7/7/1887).

Dentro del renglón de los precios también se destacaba el alquiler de “piezas”. En este particular, el costo más frecuente era de 6 pesos por habitaciones individuales situadas en el corazón de San José. La condición habitual de estos alquileres era que tuvieran puertas de acceso directo a la calle y fuesen espaciosas.

Es común encontrar hogares capitalinos que alquilaban un cuarto de sus residencias a extranjeros establecidos en el país, con el propósito de que estos se hospedaran y a la vez impartieran clases de inglés, contabilidad, piano y otras profesiones a hijas e hijos de familias criollas con cierto poder adquisitivo.

Con prácticas de esta naturaleza, se obtenían ingresos adicionales para afrontar los gastos familiares, y los extranjeros encontraban una opción de hospedaje de menor costo que la contratación de una habitación de hotel.

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Para comercio. “Se alquilan dos piezas de los bajos de mi casa; están contiguos y una de ellas es esquinera. Son propias para establecer negocios de pulpería, lavandería de sombreros o cualquier clase de taller de industria. Se hallan situadas a cien varas al sur del Teatro” ( La Gaceta . Diario Oficial, 24/1/1885).

El anuncio anterior muestra un uso adicional de ciertas viviendas y habitaciones localizadas en la capital. La proximidad de los domicilios a las iglesias, instituciones de gobierno y teatros del centro de San José, deja ver una ciudad de predominio residencial, dispuesta a la promoción de alquileres que privilegiaban el sector de los servicios.

Uno tras otro, los anuncios de prensa que invitan a personas para que residan en casas y habitaciones, se combinan con avisos que alquilan espacios destinados a casas de huéspedes, restaurantes y tiendas de abarrotes.

Desde el punto de vista comercial, San José se convierte en una urbe en ascenso, llena del colorido rural evocado en los poemas costumbristas de Magón.

San José era entonces una ciudad plena de habitantes foráneos y criollos, que llegaban en busca de oportunidades y de “progreso”; al fin, ciudad coqueta ante el guiño del capitalismo que no tardó en asentarse en sus lares.

El autor es coordinador del Programa de Estudios Generales de la UNED y profesor asociado de Historia de la Cultura de la Escuela de Estudios Generales de la UCR.

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