Entretenimiento

Cine

¿Cine de presos o realidad de prisioneros?

Actualizado el 04 de octubre de 2015 a las 12:00 am

Dirección magistral.  Con la cinta Presos , Esteban Ramírez revela graves carencias de nuestra sociedad

Entretenimiento

¿Cine de presos o realidad de prisioneros?

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Arnoldo Mora mora_arnoldo@hotmail.com

Presos , la más reciente producción del director Esteban Ramírez, me impresionó hondamente porque me percaté de que este film constituye una prueba fehaciente del alto grado de madurez alcanzado por el séptimo arte producido en Costa Rica. Se trata de un asunto que debe asumir con honesta lucidez la sociedad costarricense, y no solo el Estado. Es responsabilidad de todos y no solo de la clase política. Es un problema que aparentemente tiene que ver solo con las cárceles y los presos que las atiborran, pero que la mirada implacable del director hace remontar a sus causas político-sociales y, en última instancia, económicas.

El mayor desafío. El inquietante fondo de esa dolorosa problemática radica en la omnipresencia del narcotráfico, cuyo poder económico y político, técnicas y tácticas de penetración e influencia en todos los estratos de la sociedad y cuyos deletéreos efectos en la juventud son apabullantes.

Presos   fue considerada la mejor película del Festival de Cine de Santander (España), y Natalia Arias, la mejor intérprete de los largometrajes.
ampliar
Presos fue considerada la mejor película del Festival de Cine de Santander (España), y Natalia Arias, la mejor intérprete de los largometrajes.

¿Estamos ante el mayor desafío que afrontan las generaciones actuales de costarricenses? Si lo tomamos globalmente no cabe la menor duda pues el narcotráfico es un fenómeno en extremo complejo. Su capacidad deletérea no debe enfocarse tan solo desde un punto de vista estrechamente moralista, aunque es evidente que lo ético es insoslayable; la preocupación es aún más inquietante si la asumimos desde el ángulo político. Desde este punto de vista, la pregunta es: ¿qué futuro le espera a la juventud actual? Tal es la interrogante que queda al final del film, sobre todo con la impactante secuencia final.

La figura clave de la obra es el jefe visible (los verdaderos capos no aparecen) del negocio de la distribución de droga al por menor, un asexuado sujeto que habla con acento colombiano y que maneja con frialdad de ejecutivo la trama que, poco a poco pero inexorablemente, envuelve a la pareja de enamorados, versión tica de los Romeo y Julieta de la Verona renacentista o, mejor aún, de los protagonistas del West Side Story de la Nueva York actual.

En todos estos casos, los jóvenes enamorados actúan como marionetas de fuerzas político-sociales superiores dotadas de atributos divinos pues son omnipresentes y omnipotentes.

PUBLICIDAD

Los comprensibles e indetenibles sentimientos de soledad que están en la raíz del loco amor de los trágicos protagonistas, los inducen a un desenlace tan previsible como fatal. Cuando el amor erótico se convierte en el Absoluto de la vida, termina por destruir a sus víctimas en una locura que transgrede las más elementales reglas del sentido común; su abrazo trasciende la razón y la conciencia del tiempo, y se expresa en un beso que se convierte en una eternidad de muerte, inmortalizado en la ópera Tristán e Isolda , de Wagner.

El dilema. Como se ve, estamos ante una obra trágica que se inspira en las concepciones estéticas convertidas en clásicas desde el teatro griego. El hálito trágico lo envuelve todo. Es la sociedad costarricense toda entera la que está subsumida en este laberinto infernal. Una sociedad así es incapaz de forjarse un porvenir porque no tiene un futuro que ofrecer a las nuevas generaciones.

No es tan solo un pabellón de la Reforma, es el país entero. De ahí que nos asalte la inquietante pregunta: ¿en la película se trata de presos (los que están en la cárcel) o de prisioneros (todos los ciudadanos que deambulamos por calles y aceras capitalinas)? ¿Cómo salir de este dilema?

La respuesta no la tienen ni los actores ni el propio director porque el arte no tiene como función suministrar soluciones, sino presentar dilemas existenciales.

El arte solo muestra. Es el espejo en el que se refleja el rostro alucinante de una sociedad; es conciencia lúcida; es rayo de luz que hace ver la realidad, aunque por momentos obnubile la mirada por la magnetizante refulgencia de la belleza de la forma y la rudeza de los contenidos. Por eso es tan solo al espectador al que corresponde dar la respuesta. El arte cumple su objetivo si nos induce a pensar, si nos quita la máscara del conformismo.

Un tema tan espinoso solo podía ser llevado a la pantalla, sin incurrir en lugares comunes ni melodramas cursis, bajo la conducción magistral de un director como Esteban Ramírez y un elenco de actores, encabezados por Natalia Arias y Leynar Gómez, de incomparables dotes histriónicas.

PUBLICIDAD

El tempo inmanente está acorde con la trama de la obra, que combina sabiamente el vértigo de la secuela de acontecimientos externos con la pausa propia de una conciencia ávida de reflexión.

En una impactante secuencia se deja al espectador la última palabra, con lo que no se pone punto final a un texto dramático, sino tan solo puntos suspensivos.

Prueba de madurez. A todos nosotros corresponde asumir las consecuencias de esta inquietante realidad. Empleo deliberadamente el término “realidad” pues aquí se trata de una estética realista. Por esto, la mención al documental que hace cuatro décadas hizo el padre del director, Víctor Ramírez, sobre el mismo tema, es un conmovedor reconocimiento de un hijo agradecido, visto aquí como su precursor, y el recordatorio de un antecedente lejano en el tiempo cronológico, pero cercano en su contenido denunciante y en su estética realista propia de un documental.

En este film se trasciende la forma del documental, si bien se recurre al hiperrealismo en la medida en que hay secuencias que fueron protagonizadas por presos reales en una cárcel real. La dureza de esa realidad impide incurrir en el folclorismo o hacer del argumento una especie de anécdota.

Desde el punto de vista de la estética literaria, no se trata de una narración que se inspira en un cuento, sino de la trama conflictiva que tipifica al género novelístico; pero aquí no hablamos de textos; no hay narración, sino actuación. Esto es arte dramático y no narración literaria.

Un film no es como un libro, que se disfruta leyéndolo en soledad, sino una pieza dramática que se degusta dejándose seducir por el ensalmo de la imagen percibida en la penumbra de una sala de cine.

Presos es una prueba del grado de madurez alcanzado por el séptimo arte producido en Costa Rica. Esta capacidad creadora de las nuevas generaciones nos da un rayo de esperanza ante los ingentes retos del presente porque solo asumiendo día a día la condición humana podemos construir un futuro para la patria.

  • Comparta este artículo
Entretenimiento

¿Cine de presos o realidad de prisioneros?

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios

Noticias Relacionadas

Regresar a la nota