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Petrus Camper, optimista incurable

Actualizado el 01 de febrero de 2015 a las 11:30 am

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Petrus Camper, optimista incurable

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Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

El optimista ve que un vaso está medio lleno, pero ignoramos qué vea el medio optimista. Es posible que vea un cuarto de vaso lleno, lo que, en realidad, termina por graduarlo de pesimista. Por esto, si uno no está seguro de ser optimista, lo mejor es no mirar un vaso.

La filosofía debe ser una forma laica de la esperanza; y un verdadero filósofo es un optimista, como bien nos enseña Arnoldo Mora Rodríguez en estas páginas.

Un filósofo arquetípico del pesimismo fue don Arthur Schopenhauer . Él cursó cierto fatalismo oriental, aunque esta importación neobudista no le impidió gustar de las buenas cenas.

Bon vivant , Herr Arthur se parecía a esos idealistas subjetivos que niegan la existencia del mundo exterior, pero que, por razones asaz misteriosas, abren las puertas para salir en vez de atravesar las paredes, que “no existen”.

El pesimista es un imperfeccionista que confía en la imparable prosperidad de la decadencia. El fatalismo trae mala suerte.

Hay optimistas por todas partes, y entre los más frecuentes figuran los científicos. Un científico no puede ser pesimista en su profesión, aunque, ya sin el mandil blanco, pueda estar seguro de que el aerolito le tocará a él.

El científico cree que la naturaleza existe para hablar con él y contarle sus secretos en la sobremesa de la mesa del laboratorio, o mientras mira, con un telescopio, cómo los cometas se trenzan la cola de su cabellera. Nadie se pasaría meses y años buscando una partícula elemental (salvo quien haga la lista de los partidos minoritarios) si no creyese que la encontrará aunque se esconda entre las sombras del micromundo.

Así, el médico holandés Petrus Camper († 1789) fue uno de esos optimistas de la ciencia pues buscó similitudes donde otros solo veían diferencias. Fue un médico incurablemente optimista.

Camper se preguntó si podía hacer hablar a un orangután y lo intentó con uno, pero nunca se entendieron pues o 1) el orangután no tenía nada interesante que decirle, o 2) era –como es– incapaz de entender los idiomas humanos y de reproducirlos.

Buen dibujante, Camper publicó ilustraciones en las que cambiaba poco a poco las formas de un caballo hasta convertirlas en las de un ser humano a fin de demostrar el diseño esencial común de los mamíferos: asombrosa e ingenua premonición de la evolución de las especies.

El gran iluminista francés Denis Diderot (1713-1784) celebró aquellos dibujos pues reforzaron su sospecha de que los cambios en las especies eran posibles, anatema teológico en aquel tiempo.

En susElementos de fisiología , Diderot anotó: “De un solo modelo, en el que altera la línea facial, Camper hace nacer todos los animales, desde el hombre a la cigüeña. Uno no debe creer que los animales han sido y serán siempre como los vemos hoy”. Si le hubiese tenido más confianza, el orangután quizá se lo hubiera revelado al optimista Petrus Camper.

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