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Pérdidas y encuentros

Actualizado el 13 de abril de 2015 a las 01:48 pm

Harry Wohlstein publica la novela histórica -y familiar- "Piedra sobre piedra".

Un joven huyó del racismo y la guerra, y halló la paz en Costa Rica.

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Víctor Ramírez Z. victorramza@gmail.com

Piedra sobre piedra es una novela histórica que exuda amor; más precisamente, amor filial. Es un apasionado homenaje que brinda un buen hijo a su amoroso y reflexivo padre. Está escrito con prosa cautivante que atrapa al lector desde la primera página.

El autor emprendió esta semblanza a partir de la empeñosa y comprensiva renuencia de su padre, Josef Wohlstein, a hablar de su niñez y su juventud. Una dolorosa sucesión de separaciones acompañó a Josef desde su infancia, y luego convivió con una guerra mundial y los fatídicos años que antecedieron a la mayor conflagración bélica del siglo XX.

En otros confines y junto a la familia que formó durante su larga y fructífera vida, Josef Wohlstein prefirió –o se vio forzado a hacerlo– dejar los recuerdos de esos años en el fondo de su memoria.

Los esbozos biográficos están construidos con sustancias parecidas pues toda vida humana es siempre un periplo de encuentros y despedidas, de gozos y dolores, de temores y certidumbres que tiene amplias zonas de opacidad y misterio para sí misma y para los que la rodean.

"Pérdidas y encuentros": novela y recuerdos. Puede encontrarse en la Librería Lehmann (tel. 2522-4848)
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"Pérdidas y encuentros": novela y recuerdos. Puede encontrarse en la Librería Lehmann (tel. 2522-4848)

Con Josef Wohlstein como personaje central, Piedra sobre piedra nos introduce en los espacios privados y cotidianos de la Viena del inicio del siglo XX, que aún arrastraba capas culturales cuasi medievales: poderosos y crueles imperios coloniales, arrogantes aristocracias, apología de la cultura bélica y seculares racismos e intolerancias religiosas.

En 1918, cuando Josef tiene siete años, es derrotado el Imperio Austro-Húngaro, y Viena pierde su hegemonía. La monarquía de los Habsburgo, que había dominado esa región desde el siglo XIII, es aniquilada.

Sin embargo, el fin de la guerra no logró disipar un profundo malestar en la cultura que permeaba a esas sociedades, y, a partir de la tercera década del siglo pasado, el endeble espíritu libertario y democrático se desplomó en muchas naciones de Europa y del mundo. Varias democracias fueron sustituidas por corrientes políticas totalitarias de izquierda y de derecha, y los fantasmas del odio, la intolerancia y de la persecución política, étnica y religiosa, especialmente contra los judíos, fueron llenando el espacio.

Josef Wohlstein no evadió ni disimuló esos hechos y signos macabros, y a los 27 años, con gran determinación y coraje, decidió migrar a cualquier nación que le diera cobijo. El autor describe la azarosa odisea de su padre y de los otros familiares que comienza en la Viena que todavía presumía de arrestos imperiales y termina en el sofocante y destartalado puerto de Puntarenas el 24 de diciembre de 1938.

Los estertores de los conflictos políticos, sociales, económicos y militares que terminaron detonando la Segunda Guerra Mundial, también habían llegado a nuestras costas. En casi todas las naciones del mundo había grupos importantes que veían con simpatía a la Alemania nazi y a su Führer, y Costa Rica no fue la excepción, especialmente durante el gobierno de León Cortés.

Este libro narra un acontecimiento poco conocido. Los primeros años de Josef Wohlstein en Costa Rica discurrieron dentro de una calma no exenta de ciertas tensiones por su origen étnico y religioso, y, a inicios del año 1941, durante el gobierno de Rafael Ángel Calderón Guardia, un nuevo hecho vino a ensombrecer la vida de Josef y de su comunidad.

La Asamblea Legislativa de ese entonces, ampliamente dominada por diputados oficiales, instaló una “Comisión Investigadora de Ciudadanos Polacos” que recomendó la expulsión de algunos miembros de ese grupo.

Poco después, en diciembre de 1941, el gobierno de Costa Rica, por conveniencia o cálculo político –como bien expresa el autor–, le declaró la guerra a Alemania y a Italia pocas horas después de que los Estados Unidos también le declarase la guerra a esos países. La corriente de la historia comenzó a caminar en otra dirección.

Esos hechos produjeron severos cambios en la política interna y externa de muchos países. En Costa Rica, el gobierno se alejó de la influencia alemana y se acercó al gobierno estadounidense y a sus aliados. Estos acontecimientos influyeron en que la vergonzosa recomendación de la Comisión terminara en el olvido.

El final feliz de este hermoso relato es que, superado el desagradable incidente de 1941, don José Wohlstein pudo disfrutar como ciudadano costarricense siete décadas de vida sin temer maltratos, insultos o desarraigos.

Lo había acogido un país pobre, rural, sencillo, que no conocía los “goces, las grandezas ni las glorias de Europa”, pero que, en medio de las convulsiones planetarias, apostó de manera clara y decidida a favor de la libertad, la justicia, la democracia y la paz.

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