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Paúl Benavides nos ofrece una aventura poética sorprendente

Actualizado el 01 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

Paúl Benavides

Duelos desiguales

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Paúl Benavides nos ofrece una aventura poética sorprendente

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Con el poemario Duelos desiguales, Paúl Benavides –un autor de 47 años y totalmente desconocido hasta la publicación de su libro– consigue despertar no solo el mero interés, el acertado asombro, sino que introduce, en el medio literario costarricense, una obra que consideramos totalmente oportuna, sólida, severa lingüísticamente, afinada en una amplia cultura y decantada con un esmero que evade cualquier improvisación y oportunismo temático.

El poemario consta de tres partes: “Memorial de la ciudad y la casa”, “El ciudadano cero” y “Poetas”. Está integrado por 26 poemas, muchos de los cuales jamás pasarán inadvertidos al lector exigente, conocedor del modo de escribir poesía más allá de la simple pose de gueto.

Portada de 'Duelos desiguales'.
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Portada de 'Duelos desiguales'.

Benavides es un poeta que obliga a ser releído. Impone una lección de estilo para las nuevas generaciones que pueden haber creído que la poesía es una ocurrencia. El poeta le devuelve el valor al verbo en una etapa en la que muchos tienden a rumiar, impenitentes, las mismas banalidades de los talleristas “de marca”.

Estamos frente a un creador que ha encontrado que el camino hacia la verdadera poesía es estudiar a los mayores, pulir, repulir sin tregua.

Poeta del presente, Benavides vuelve a interesarnos en los temas humanos con un estilo cuyas influencias rastreamos en autores tan disímiles como T. S. Eliot, M. S. Merwin, Charles Bukowski –maestro reconocido como precursor inimitable–, y en poetas españoles como Luis Cernuda, y en representantes de la generación española de 1950 –como Jaime Gil de Biedma, José Manuel Caballero y Francisco Brines–, y los cubanos Virgilio Piñera, José Lezama Lima y Heberto Padilla, entre otros.

En este libro, en apariencia breve, pero denso en ideas y situaciones, advertimos una poesía sin mascaradas, donde no hay juego inútil. La voz de Benavides viene de la caverna humana, en la que se han conocido los gigantes adversos y las pequeñas glorias. Su mirada se posa en la política, en los inmigrantes, en la soledad crónica del creador fracasado, en el acaecer momentáneo de un mundo que nos turba por su fragmentación, en los recuerdos fantasmagóricos, en la patria como un mal viejo y quemante, en los encuentros amorosos que solo dejan la gota ácida de la poesía, en el ciudadano cero que somos todos…

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El mayor logro del poeta es conseguir una cópula con su propio idioma, aunque diga, como Darío, que es dichosa la piedra porque esta ya no siente. En este caso, Benavides puede emitir un enunciado muy sencillo, al estilo de T. S. Eliot: “No recuerda el momento en que perdió su cepillo de puntas metálicas”, o puede tomar mano del coloquialismo confesional: “No llegué a Bukowski, me agarró tarde”, o puede recurrir a imágenes cuya elaboración parece más compleja: “Detrás del amor una mujer me rescató con la lluvia. / Quizá un pájaro al final del día, / el goce parecido a una tarde limpia, / una mano puesta sobre la espalda como el mar”.

Para Benavides, todo recurso es válido en cuanto se engarce en una representación precisa y franca de su intención poética. Paúl Benavides puede pasar del aparente coloquialismo al tono elegíaco, de la descripción sincopada a la evocación.

Nos remitimos ineludiblemente a poemas como “La casa paterna”, quizás uno de los mejores, donde se hace el inventario de la infancia: “El sol revienta, / y la casa paterna sale del silencio / como un barco iluminado”; al viaje del “maldito” que no pudo serlo en “No puedo morir en una madrugada cualquiera”, parodia de la singladura vertiginosa del “barco ebrio” que han querido ser todos los poetas: “Ahora cuando apenas ladro y ya no muerdo, / perro viejo / me da miedo morir en una madrugada cualquiera…”.

No podemos dejar de señalar los bellos poemas “Gato sobre el tejado”, “Gringos”, “No llegué a Bukowski”, nueva parodia del maldito y remate a una generación de cuarentones que lo han querido imitar hasta la caricatura; “Circus Place”, pasarela política; “Soy el polvo”, de los que más llegan al hueso: “Me llamaron, / pero los muertos no tenemos memoria, / estamos rajados de por vida”.

Duelos desiguales es una aventura poética desigual. Pertenece al grupo de esos libros que aportan nuevas corrientes sanas a la literatura de un país, que abren boquetes y dejan pasar rayos de un Sol vidente. Su tono es vigoroso y amargamente triunfal en ese combate anticipadamente perdido contra la vida.

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Guillermo Fernández Álvarez es poeta, novelista y crítico literario.

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