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La lección del primo Francis Galton

Actualizado el 27 de julio de 2014 a las 12:00 am

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Francis Galton, destacado científico del siglo XIX. (Wikicommons)

El esfuerzo de llegar a ser un niño prodigio es un asunto que no mejora con el tiempo. Algunos no perdemos la fe en llegar a ser un niño prodigio, aunque en el empeño hemos pasado de los años 60 a los 60 años.

Un niño prodigio es el chaval de cinco años que, apenas nos conoce, nos proclama todos nuestros defectos, y además tiene razón. Bueno, será muy niño prodigio y todo, pero aún no ha aprendido las artes de la hipocresía –de modo que en al menos algo le sacamos ventaja–. Niño prodigio es el que, cuando aparece en los diarios, nos pasa a todos los adultos a la segunda división; o sea que nos hace sentir por primera vez que no es tan bello ser parte de la mayoría. El niño prodigio es la mayoría de uno. Niño prodigio es un viejo que se saltó la vida.

Niño prodigio o niña prodigia (todo sea por el lenguaje inclusivo) es aquel o aquella que toca el piano de espaldas con un solo dedo e interpreta todas las sonatas de Franz Schubert como si las hubiese compuesto Franz Liszt , sin cambiarles una sola nota, excepto el apellido.

El niño prodigio o la niña..., etcétera, es aquel o aquella que –proclama– cuando sea grande será físico/a cuántico/a más próximo/a a la decoherencia por el entorno que a la interpretación de Copenhague.

Por supuesto, nosotros le damos toda la razón, aunque sospechamos que Copenhague es la capital de Noruega que está en Suecia; y pues suponemos que “la interpretación de Copenhague” corresponde a la de un pianista apellidado Copenhage que también interpreta a Franz Schubert: nunca se sabe.

El niño prodigio que quiere ser físico cuántico es un conservador porque ya es físico cuántico. Niño prodigio es aquel a quien las visitas aplauden con sonrisa herodiana.

Nunca es bueno discutir con un niño prodigio pues terminaremos pareciendo lo que somos.

En el catálogo de niños prodigio es muy apreciada la figurita de Francis Galton (1822-1911), caballero inglés que cursó variadas ciencias con singular acierto. En Introducción a la psicología (cap. IX), el profesor George A. Miller nos cuenta que Galton alcanzó los 200 puntos de cociente intelectual, lo que equivale al cartón lleno en el bingo de la inteligencia. Galton fue tan inteligente que, apenas nació, ya era primo de Charles Darwin.

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A Sir Francis se le debe el invento de las líneas isobáricas, las que ignoramos qué sean pues el diccionario más cercano está muy lejos.

Galton proclamó la existencia del inconsciente, modificador de la conciencia, antes que Freud, e inventó métodos que clasifican las inteligencias –métodos que son como esas personas que nos hacen quedar mal sin conocernos–.

Galton propuso la eugenesia humana: el matrimonio entre los mejores (?), lo que causó políticas terribles en Europa y los Estados Unidos, incluida la esterilización de millones de personas “inferiores”.

Los científicos se equivocan, pero los daños los hacen los ideólogos y los políticos que imponen, felices, los errores de los científicos. Los científicos siempre se corrigen entre ellos, pero solo los ciudadanos pueden corregir a los políticos.

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