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Oro, Dinero y Diamante

Actualizado el 25 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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Cuando se pone a hablar de sí mismo, el oro se torna el metal más pesado de la tabla periódica. El oro es tan egocéntrico que espera que todos los electrones giren alrededor de él. Empero, ya hablando en plata, el oro no es tan valioso como él se cree. El mundo podría pasar años sin oro, pero ni un minuto sin hierro o sin su sucursal, el acero; y ni qué decir hay ya del acero inoxidable, tan inoxidable como los dirigentes sindicales vitalicios.

Cartel promocional de 'Gold Rush' (La quimera del oro, Estados Unidos, 1925), de Charlie Chaplin.
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Cartel promocional de 'Gold Rush' (La quimera del oro, Estados Unidos, 1925), de Charlie Chaplin. (Wikicommons.)

El oro suscita la curiosidad de los filósofos, personas muy inteligentes que nos pasan sus preguntas que no pueden responder.

Algunos preguntaron si un lingote de oro vale más que un pan. El pan vale más pues vale por sí mismo (sobre todo al mediodía), mientras que un lingote de oro vale mucho si encontramos gente convencida de que el oro vale mucho. Es un mito, una sugestión colectiva.

Heráclito de Éfeso ingresó en la filosofía con el equipo de los presocráticos. Estos fueron los filósofos que, por ganar tiempo, nacieron antes que Sócrates, de manera que se perdieron el salir en los Diálogos de Platón, el salón de la fama del pensamiento antiguo.

De Heráclito solo han llegado fragmentos –la antología que hace la distracción del tiempo–. Su fragmento 22.° dice: “Los que buscan oro excavan mucho y encuentran poco”. Se ignora qué significa ello, pero, ya que trata de excavar, debe de ser un profundo pensamiento. Por cosas raras como esa, a Heráclito llamaron “el Obscuro” –al leer libros de filosofía, el camino más corto para pasar al siguiente filósofo–.

Siendo el hierro más útil que el oro, asombra que se haya empleado el hierro para conquistar el oro.

El oro suscita ambiciones, pero no siempre. Por ejemplo, algunos científicos han mentido azuzados por otros motivos, no por el dinero.

El gran biólogo-Nobel Peter Medawar cree que los científicos engañan movidos por la ambición de lograr “la estima de sus colegas” ( La amenaza y la gloria , cap. VII). A fin de cuentas, Medawar tiene razón: la fama es nada, pero el prestigio (la opinión de los que saben) es todo.

Galileo hizo algunas trampas en sus experimentos físicos; Newton “ayudó” un poco a sus cálculos, y los resultados de fray Mendel con sus guisantes caminaban algo distraídamente por la realidad.

En Las mentiras de la ciencia (cap. IX), Federico di Trocchio es indulgente con ellos (quizá demasiado), pero ¿qué decir del sexólogo John Money? Él hacía operar a niños varones que presentaban irregularidades genitales a fin de “asignarles” el sexo femenino. Money influyó en una generación de feministas –acientíficas– que no creían en el origen innato de la orientación sexual, escribe el biólogo Matt Ridley ( Qué nos hace humanos, cap. II).

David Reimer fue un infante al que Money hizo operar y a quien ocultó para que se ignorase el fracaso de su “nueva” identidad sexual. Al fin, el engaño se conoció gracias a una investigación hecha por el sexólogo Milton Diamond. Reimer recuperó su identidad masculina y, años después, se suicidó. Money nunca se arrepintió. En la ciencia, no todo lo que brilla es Money.

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