Entretenimiento

Música

Ópera ‘Los pescadores de perlas’: Historia de una sacerdotisa de Brahma

Actualizado el 17 de junio de 2017 a las 11:00 pm

Las maravillas de la ópera de Georges Bizet, que trata acerca del amor de aquella mujer con un simple mortal.

Entretenimiento

Ópera ‘Los pescadores de perlas’: Historia de una sacerdotisa de Brahma

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Gonzalo Castellón

E l lector de poesía penetró una sola vez en terreno prohibido. Nada lo detenía en su búsqueda: ni la radical advertencia que lo condenaría por siempre a extraer perlas de las profundidades del Mar de Ceilán, ni la eventual pérdida de la mujer amada. ¡Sacrilegio! El contacto físico con una vestal, o una sacerdotisa de cualquier culto, ha sido ancestralmente castigado con la muerte.

Operísticamente hablando, la historia de la fémina –ungida por Brahma como su representante en la tierra de las perlas–, es homóloga con la de Norma, la druídica mujer-diosa a quien las rigurosas leyes celtas cercenaron su derecho de amar. Ambas protagonistas repiten la esencia argumental de La Vestale de Gaspare Spontini y –por qué no–, de la inmensa Medée ( Medea ) de Luigi Cherubini, ópera de la que proviene la titánica fuerza músico-vocal que hiciera exclamar a Johannes Brahms: «¡Medea es la gran cumbre del arte lírico!»

Pues bien, el drama que comentaremos describe la historia de una sacerdotisa que, con todo su bagaje de anatemas a cuestas, se involucra sentimentalmente con un simple mortal. El escenario de la obra es la Isla de Lanka (antiguamente Ceylan), antípoda perfecta de nuestra Costa Rica, y uno de los países fantásticos incluidos en los relatos de Marco Polo o de Scheherazade. Pero la fantasía de ambos –unida a la del verniano Capitán Nemo–, se materializa en los profundidades del Golfo de Bengala, donde proliferan las perlas que un día adornaron el cuerpo gentil de la reina Cleopatra.

Al final de cuentas –y como ocurre en todas las historias destinadas a convertirse en libreto de ópera–, el amor concluye por imponerse: nuestro protagonista, reencarnado en un pescador de perlas, visualiza un día a una hermosa joven a quien atribuye erróneamente condición divina. Tal déesse , atraída fatalmente por el océano bengalí, ostenta la condición sagrada de sacerdotisa del dios Brahma. Acordémonos si no, que hablamos de una tierra que un día fue llamada Lágrima de la India.

La ópera que triunfó por su melodía infinita

Todo este preámbulo no es otra cosa que el resumen del libreto de Eugène Cormon y Michel Carré, sobre el que Georges Bizet diseñó las inefables melodías de Les Pêcheurs de Perles ( Los pescadores de perlas ). No obstante –y a diferencia de la Norma de Bellini–, Léïla, la protagonista de Bizet, ha preservado una pureza absoluta, que termina sucumbiendo ante el amor humano ofrecido por un sencillo pescador con discurso de príncipe.

A mediados del siglo XIX, París vivía un claro proceso de orientalización: Dumas consagraba su Montecristo, fumador de opio y consumidor de hachís, y Baudelaire –«el gran inventor de la modernidad»– se extasiaba en la descripción de las sensaciones que le producían las exóticas drogas importadas de Oriente.

En la música, de forma simultánea con el fenómeno, empezaban apenas a surgir los procesos revolucionarios que desterrarían prohibiciones tradicionales, como los movimientos de cuartas y quintas paralelas. Siguiendo los recursos al uso, la ópera de los Pescadores fue brillante y eficazmente instrumentada, tal y como correspondía a un aprovechado estudiante de Gounod. Sin embargo fueron sobre todo los insólitos colores que se desprendían de la orquestación, ideada por Bizet, los que sedujeron al público de París hasta el delirio.

La Grand Opéra que revivió con triunfo

Les Pêcheurs de Perles fue estrenada el 30 de setiembre de 1863 en el Théâtre-Lyrique du Châtelet.

Luego de dieciocho representaciones, reseñadas por Héctor Berlioz, el título desapareció del repertorio tradicional. Empero, hacia 1932, la obra de las grandes melodías reapareció triunfalmente sobre el escenario de la Opéra Comique, en un sorpresivo resucitar que alcanzó la plusmarca de 800 representaciones consecutivas.

Numerosas versiones en otras lenguas, particularmente el italiano, la hicieron alcanzar una condición de favoritismo que solamente cede ante Carmen , cronológicamente su hermana menor.

La historia persa de Leïla

La historia persa da origen al mito de quien posee una condición sobrehumana, aunque infradivina. No nos preocupemos por tal metamorfosis: al fin y al cabo, bien dijo Umberto Eco que «todo superhombre no es sino un subdios». Lo es, con patente razón, la sacerdotisa a quien se exige no solamente una condición ligeramente inferior a la divina, sino la pureza sin mácula de quien manipula lo sagrado con extremidades de naturaleza humana.

Hablamos entonces de un poema de desencuentro: Nadir –el pescador de las profundidades– ha encontrado a Léïla, entronizada como sacerdotisa. Comprende de inmediato que no puede poseerla sin condenarla fatalmente a la más cruel de las muertes.

Ninguna hecatombe o inmolación poseería la virtud de descontaminar un amor prohibido. No obstante, aquí asoma lo que será inexorablemente el nuevo rostro de la poesía: el camino lorquiano de la Gacela del amor imprevisto.

¿Qué hacer ante una diosa que no es diosa, pero cuya imagen parece flotar por sortilegio desde la prodigiosa melodía del Je crois entendre encore? Muchos tenores han fracasado en la interpretación de esta rara romanza, que se nos antoja fija en un punto de la estratósfera, oscilando entre la melancolía y la nostalgia más extrínsecas. Todo es admisible, en tanto la función del poeta ––y del cantante–– no sea otra que hacernos ver el rostro de dios.

Junto a la evocada efigie del demiurgo, reaparece el vínculo indisoluble de la amistad: Nadir y Zurga, los protagonistas masculinos que conforman el triángulo sentimental, sueñan ambos con el amor de Léïla. El sagrado juramento de amistad entre ambos – Au fond du Temple Saint – es la página más célebre de la ópera. Tan inviolable es el juramento, que Zurga –al apercibirse del amor de Léïla por Nadir–, ayuda a los jóvenes a escapar de la ira de los prosélitos de Brahma, que no pueden perdonar el herético actuar de la pareja.

Una magistral ambientación

La música de Les Pêcheurs de Perles posee, sobre todo, una rara y exótica ambientación cuyos acentos perduran en el tiempo mientras delinean melancólicos estados de desencuentro.

Pocas obras rezuman tan considerable cantidad de lirismo puro, capaz de flotar por encima de una orquesta, cuyos recursos tímbricos decretarán su influencia sobre Debussy y Puccini, este último por interpósito creador.

No hay otra verdad. La historia de Los pescadores de perlas no se configuró a partir de uno de los relatos de Scheherezade –de esos que se improvisaron entre los raptos pasionales del rey Schariar y el procrastinar de la represión–, por un adulterio femenino que se esfumó entre las sombras del olvido.

Es una obra que sobrevive a los tiempos por sus portentosas melodías, capaces de hacernos vagar por las profundidades de los mares de Lanka, o de sumirnos en el recuerdo de la etérea voz de una sacerdotisa que, una vez tan sólo, creyó en el humano amor.

  • Comparta este artículo
Entretenimiento

Ópera ‘Los pescadores de perlas’: Historia de una sacerdotisa de Brahma

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota