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‘Oficio de ciegos’, testimonio de nosotros

Actualizado el 10 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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‘Oficio de ciegos’, testimonio de nosotros

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El primer libro de Paúl Benavides, Duelos desiguales (EUNED, 2012), constituyó un aporte insoslayable de este nuevo autor a la poética nacional. En este libro, Benavides intenta navegar en un mar propio, desligado de las corrientes de más influencia en el país. Su nueva producción, Oficio de ciegos (Editorial Arboleda, 2014) permite comprender que el camino de Benavides está decidido por una poesía que es planteamiento de contenidos.

Para Benavides existe el problema humano –los temas centrales de la raza, que tomados a la ligera pueden invalidar todo arte–, la patria, la política, los otros poetas (guías o mentores), el asunto público que recuerda a los antiguos romanos y griegos, para quienes el ejercicio de la poesía podía ser una vivencia que engarza a la sociedad por entero.

El poemario está dividido en tres partes: “La hora de todos”, “Fuego lunar” y “Doble vida”. En la primera parte se abordan los temas del ser político. El poema “Patria”, que inicia el libro, le aclara al lector que el poeta se afirma en su país, no en el éter.

Se ofrecen poemas como “Breviario de campaña electoral”, ironía sobre la perversión del ejercicio político; “Yo el supremo”, “porque de nada sirvió la verdad / en la boca del sabio”; “Política”, la grotesca máscara del poder olvidadizo; “La hora de todos” –¿la que nunca llega?–; “El ocaso de los dioses”, la escena mentida de las promesas que se lleva el viento.

Portada de 'Oficio de ciegos'.
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Portada de 'Oficio de ciegos'.

Entre otros, esos poemas obligan al lector a verse en la polis, a no indagar en abstracto por una patria sobre la cual se teje un falaz cliché. Resume el tema el estupendo “En el país de la risa”, para aludir a la mal llamada “moda Guinness”, con la que se nos quiso motejar para alivio de ingenuos en este país risueño.

En “Fuego lunar” encontramos poemas donde Benavides es más resueltamente el poeta de sus causas íntimas. “A una abuela” es un poema sobre la muerte, pero también sobre el recuerdo: La muerte fracasó tantas veces / que esa mañana la esperaste / como se espera quieta, la noche… / El tiempo ha pasado / y la luz del relámpago contra el adobe, / te hizo eterna en un esbozo…”.

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Vivimos la patria que no es una colección de lugares comunes, sino de la gente real, en “Carnaval”, potente poema. A propósito de los incendios bélicos, “Dos fuegos” aporta la luz de un himno desgarrado de nuestros tiempos, se comparan los fuegos del amor y de la guerra: “Uno envenena el aire. / El otro palpita en el centro de la noche”.

No podríamos dejar de referirnos a “Pequeño pájaro”, el encuentro del hombre y la bestia en el misterio de la creación, o a “Luna”, la pasión errabunda que ya no está y aún quema. “Los ausentes” es ese tipo de poema que identifica a un autor. Los muertos no pueden irse: “Golpean la mesa, / se sientan en los sillones viejos, / ven la televisión hasta altas horas de la noche. Nos sobreviven a pesar de su intranquila ausencia”.

La tercera parte, “Doble vida”, se inicia con la precisa evocación de ese Malcolm Lowry de Bajo el volcán que muchos admiramos, como un vidente de las tinieblas alcohólicas. Se atreve Benavides a dibujar la ciudad de Nueva York (“N. Y. C.”) sin nunca haber estado en ella, y los versos la reconstruyen, mediante Whitman, Lorca, las intuiciones de esa “suculenta barbarie”.

Nos referimos a “Solo el pasado es real”, lucubración fina sobre el valor del instante y los instantes que suelen acampar como símbolos de la memoria; el sintético “Fernando Pessoa”, que resume al formidable autor de “Oda marítima”, como si lo viese mirar el puerto, antes de diseñar su barco ebrio. “Fantasmas” es un poema de la circunstancia carnal, de una lujuria que más bien se filosofa y de un gozo que se pierde cuando se analiza.

Con el acierto ácido de su agudeza –después, imaginamos, de una francachela en casa de todos y de nadie–, decía Truman Capote que, si algo permanece de una civilización, son sus restos de arte, sus pedazos de arquitectura, poemas truncos, antes que el afán crudo por el convincente denario.

La poesía quedará luego de que algo deje el calentamiento global. Esta dirá a los que vengan –tal vez mejores que nosotros o más sabios– quiénes fuimos, qué clase de dolorosas criaturas. Poemas como los de Benavides estarán escritos en esas lápidas para ayudarles a comprendernos.

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