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El pintor Miguel Casafont y su pasión por la cultura oriental

Actualizado el 17 de febrero de 2013 a las 12:00 am

Miguel Casafont El notable artista y ‘chef’ nos habla de libros y de viajes orientales

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El pintor Miguel Casafont y su pasión por la cultura oriental

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En Sabanilla de San José, el Oriente está hacia el norte. Desde una farmacia, con algo de fuerza se dobla una esquina, y se sigue hasta la casa de Miguel Casafont Broutin, pintor y chef , patriota honorario del arte de la India y de Tailandia. “Esos jarrones tienen lotos”, dice Miguel y señala tres recipientes que se quedaron en la entrada, subiendo para siempre una escalera. Las habitaciones de la casa son vastas, cubiertas por dentro con pinturas de gran formato (detrás de ellas probablemente haya paredes). Estos cuadros son como veleros de colores y esperan a que Casafont abra la puerta para salir a navegar por el barrio. Después de un tiempo de estar encerrados, hasta los veleros quieren estirar las piernas.

“Me he mudado muchas veces”, confía el pintor, y hace recordar a quienes creen que las viviendas solo son interrupciones entre dos mudanzas. “Hace poco regalé siete cajas de libros de literatura. Después de lo que me ocurrió, sé que uno no se lleva nada y que debe compartir lo que tiene”, explica Miguel y alude así a unos infartos agudos del miocardio que lo hicieron bordear la muerte.

En enero 2011, durante una operación muy delicada, cirujanos de la Caja colocaron tres baipases (derivaciones) en el corazón del artista. Él se salvó, pero adelgazó y modificó sus hábitos alimentarios. “Solo puedo consumir 1.300 calorías diarias”, precisa Miguel. Cuando la muerte vino a buscarlo, no lo halló mayormente interesado en acompañarla, o quizá Miguel había partido de vuelta a la India en espíritu.

Artes y letras. No son muchos los ejemplares que Miguel Casafont conserva ahora. “Guardo libros de arte y de cocina, y algunos que son recuerdos de la infancia”, explica. Hemos venido a conversar con el pintor sobre sus libros y sobre cómo un artista visual se vincula también con el mundo pintado en blanco y negro de las letras.

Las manos de Miguel vuelven ahora a su infancia: a lecturas iniciáticas con libros de mitos y de viajes. “Yo aprendí leer a los cinco años, pero sufría asma y era un niño enfermizo, de modo que pasaba muchas horas leyendo y dibujando”, recuerda. Ya entonces era un dibujante exacto y compulsivo.

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¿Por qué es importante que un artista lea libros?: “Cuando estudiaba en el Pratt Institute, en Nueva York, leí una frase de Carlos Fuentes: él decía que la literatura es la más visual de todas las artes, y es cierto: los libros nos describen personas y cosas; se adelantan a la imagen y nos las interpretan”.

Para Miguel Casafont, la lectura completa al artista: le descubre amistades de su arte con las de otros creadores, lo ayuda a entender mejor sus propias obras. Una lectura feliz hace que el artista descubra cierta insinuación de su obra que él no había notado porque estaba distraído creándola.

“En mí se despertaron, a la vez, el gusto por la lectura y por la imagen”, detalla Casafont. Al fin y al cabo, la primera Biblia impresa por Gutenberg es un libro de texto y es también arte visual. Nuestras letras posfenicias comenzaron siendo dibujos: un ojo, una mano, una cabeza de toro...

Casafont lee ahora La civilización del espectáculo , de Mario Vargas Llosa: “Es una crítica a la cultura superficial. En gran parte estoy de acuerdo con el autor. En el arte hay mucho oportunismo, muchos vivazos”, asegura el pintor.

Se pisan aquí bellas alfombras persas, y uno se siente como los políticos que pasan por encima del arte. Más allá está la biblioteca, expresiva en su desorden. Nos observa Gentes y lugares , libro editado por Walt Disney, con fotos de templos de Tailandia. “No imaginaba que yo estaría después en esos sitios”, confiesa el artista y recuerda autores y libros: Salgari, cuentos infantiles, la Iliada ...: lecturas normales para un niño extraordinario.

El diálogo navega hacia el Japón sobre un ejemplar de La historia de Genji , novela del siglo XI. Miguel explica: “Cuando no hay que hacer nada en la vida, uno debe leer La historia de Genji pues sus descripciones son muy detalladas, como si dijese: ‘El kimono del emperador es idéntico al ala de una grulla que se posa en un lago nevado de Kioto’”.

La cocina del arte. La afición de Miguel por el arte coquinario (de cocina) no es nueva, pero sí lo es su militancia de fino cocinero: de profesor y divulgador de recetas. En julio del 2009, Casafont publicó el libro Costa Rica: una aventura gastronómica , que incluye versiones suyas de platos tradicionales.

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En un blog , Miguel coloca recetas de cocina “cardiosanas”, para quienes viven casos similares al suyo. “Hace unos años, el artista Álvaro Borrasé me propuso que diese clases de cocina de la India y de Tailandia, así que cociné para poder comer”, ironiza Casafont.

Un libro aún no leído: “ El conocimiento secreto , del artista británico David Hockney. Él postula que los pintores del Renacimiento usaban lentes para proyectar imágenes en los lienzos que después pintaban. Muchos personajes que aparecen son sospechosamente zurdos”.

Otra vez torna el extremo Oriente (Miguel Casafont es un extremista de Oriente). Aquí está un libro sobre los iconos que los indios hacen en las calles y en los caminos: esculturas coloridas, túmulos, imágenes pendientes de árboles, que se tornan lugares sagrados al instante. Casafont ha tomado esas obras como motivos de pinturas.

"En la India hay librerías maravillosas, como ciudades, con calles de libros y montañas de estantes”, asevera Miguel y grafica arquitecturas con los brazos en el aire.

“Los indios tienen su propia cultura, y la lograron antes. En esto no necesitan mucho del Occidente”, afirma Miguel Casafont, quien ha estado tres veces en la India.

“Si me ganase la lotería, me iría otra vez. Allá, las medicinas son genéricos, y de paso me bañaría en el Ganges porque un milagro nunca está de más”, bromea.

Del Irazú a la India. ¿Cómo nació su pasión por la India?: “Cierta vez me encargaron pintar paneles con un paisaje del volcán Irazú para la oficina del ministro de Seguridad Luis Fishman. Un día, el embajador de la India, Pramathesh Rath, acudió a aquella oficina; se quedó fascinado por la pintura y anunció que el autor, por su sensibilidad, debería ir a la India”.

Meses después, Casafont recibió una llamada de una empresa de aviación para que retirara un pasaje comprado por la Embajada de la India. A los diez días, Miguel estaba en aquel país conociendo, entre otros lugares, las grutas de Ajanta, del siglo II a. C., y los templos de Ellora, que datan del año 500.

En 1998, Miguel volvió a la India y permaneció allá durante seis meses. Conoció entonces a uno de los mayores poetas vivos de aquel país, Jayanta Mahapatra, quien pidió a Casafont que tradujese unos poemas del inglés al español.

Miguel Casafont anda, cocina, lee y pinta con la idea de volver a su país lejano: a la democracia más poblada del mundo, donde la vanguardia informática se roza con los sadhus (los gimnosofistas o “desnudos-sabios”), país que irradia arte sin desearlo, y que, cuando lo desea, deslumbra.

En la casa (alquilada) de Miguel Casafont aparecen dos cuadros de mediano formato que retratan puertas de la India (parte de una serie que prepara). No es raro: aquí, cada puerta es un pasaje a la India.

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