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Manuel Machado, el otro

Actualizado el 29 de julio de 2013 a las 01:54 pm

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Manuel Machado, el otro

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De los dos poetas Machado, Manuel es el otro. Antonio ha quedado como el republicano titular de la fama y la derrota; Manuel, como quien se sumó al bando ganador de la guerra civil española y cantor cantado por los vencedores. Manuel (1874) nació primero y llevó solo once meses de edad a Antonio, pero –en las historias de la literatura– es el único primogénito que llega después.

Manuel Machado aún atisba las fiestas del reconocimiento como los niños de Charles Dickens miran las ventanas de las panaderías.

Tras la guerra civil, Manuel creyó oportuno entonar loas al régimen; en ellas camina la técnica que salva al buen poeta, aunque parezca orfebre de la cursilería: “Bien venido, Capitán; / bien venido a tu Madrid / con la palma de la lid / y con la llave del pan” (Saludo a Franco).

Muchos años antes, fraternalmente hermanos, Manuel y Antonio habían colaborado en la creación de dramas y comedias; y ya se sabe que la colaboración literaria es el único caso de plagio consentido, mutuo y en “tiempo real” (como decimos los popmodernos cuando intentamos escribir ‘simultáneo’).

Manuel Machado fue un poeta sutil, irónico, culto y popular: “Tal es la gloria, [Jorge] Guillén , / de los que escriben cantares: / oír decir a la gente / que no los ha escrito nadie” (Cualquiera canta un cantar).

Don Manuel se aprendió todo el abecedario lírico de los modernistas. Así, con sinestesias (cruces de sentidos: visión-oído) supo retratar la melancolía de un rey que siempre iba de “negro terciopelo silencioso” (Felipe IV) y la alegría que nos trae “la campanada blanca de maitines” ( La anunciación ).

Al morir en 1947, Manuel Machado venía siendo una de las últimas luces del nadir modernista, celebración de la música trasunta en palabras: “Ya nuestro cielo turquí / tiene una clara sonrisa, / y están diciendo ‘que sí’ / los árboles con la brisa ” (Febrerillo loco).

El joven Manuel había sido galante y sibarita, y tan necesario en las juergas (‘huelgas, ‘holganzas’, en el “idioma andaluz”) como las guitarras. “Tengo el alma de nardo del árabe español” (Adelfos) escribió en un verso que no entendemos bien, pero que suena de maravilla.

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Con la fuga de los años, don Manuel retornó a la fe de sus mayores en la nave del arrepentimiento, que pasa ante nosotros con solo llamarla. Escribió un Ars moriendi (“Arte de morir” polimétrico) y poemas-epitafios para sus amigos que lo precedían ante el cielo o ante la nada. Don Manuel expiró en hábito de franciscano, como actor –en la última función de la muerte– de un verso de su hermano Antonio: “Aquel trueno, vestido de nazareno”.

En 1938, sabiendo de la muerte de Antonio en el “bando enemigo” e infeliz, Manuel viajó cruzando trincheras de odio y sangre para arrodillarse sobre la tumba de su hermano. ¿A cuál Dios común, fraterno, rezaría? El crítico Andrés Trapiello ve en esa escena un símbolo de la reconciliación de “las dos Españas”. Aquel fue el momento más estelar y obscuro de Manuel: el más humano y más cristiano, valga la redundancia –el trueno hincado cual nazareno–.

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