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Luisa Hermans nos canta un himno a la vida en un nuevo libro

Actualizado el 24 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

Luisa Hermans

Esmeralda, crónica de mi supervivencia

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Luisa Hermans nos canta un himno a la vida en un nuevo libro

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“El campo de concentración solo es imaginable como literatura, no como realidad”, sostiene Imre Kertész . Efectivamente, hay experiencias tan inconcebibles, que apenas podemos visualizarlas como ficción. La literatura del Holocausto ha generado las enzimas espirituales necesarias para digerir la experiencia colectiva más traumática de los tiempos modernos. Nos obliga a mirarnos al espejo: “He aquí al ser humano, el homo demens (Morin), y estas son las atrocidades que ha fraguado”.

Portada de ‘Esmeralda, crónica de mi supervivencia’, de Victor Valembois.
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Portada de ‘Esmeralda, crónica de mi supervivencia’, de Victor Valembois.

De la Shoah se desprende una nueva antropología: descubre magnitudes de crueldad y saña de las que no creíamos capaz a la criatura humana. En esta vertiente literaria hay obras que cambian la vida de cualquiera. Uno no es el mismo –hablo en sentido riguroso– después de haber leído Si esto es un hombre , de Levi, o la Trilogía de la noche, de Wiesel. Descubrimos no haber sido otra cosa que turistas de esa comarca llamada Dolor. ¿Qué sabemos nosotros, realmente, de él?

Esmeralda, crónica de mi supervivencia , de Victor Valembois, es más que un buen libro: es un libro necesario. El autor traduce y reconstruye el diario de una sobreviviente belga de siete campos de concentración en Bélgica, Alemania, Polonia y Austria: Luisa Hermans.

Del viernes 7 de mayo de 1943 al lunes 7 de mayo de 1945, Luisa murió mil veces y resucitó otras tantas. A buen seguro, conocía lo que Cocteau llamaba “la ciencia de la fenixología”: la capacidad para renacer de sus propias cenizas.

El libro retiembla en las manos del lector: palpita y se estremece como una criatura viviente. Más aun: se adhiere a nosotros. Intentamos sacudírnoslo, pero sigue ahí, hasta tornarse casi odioso. Nos habita, ocupa la totalidad de nuestra conciencia.

Un manual de sobrevivencia, un testimonio, un pedazo de vida. ¿Un descenso al infierno? ¡No me hagan reír! Lo de Dante fue una visita guiada (llevaba a Virgilio de baquiano) a través de un museo lleno de imágenes espléndidamente pictóricas, por poco cinematográficas, donde toda suerte de celebridades expiaban sus merecidos suplicios... posando para que Doré los retratase en la magnificencia de sus operáticos martirios.

No, Dante jamás supo lo que era realmente el infierno, como tampoco lo supieron los “poetas malditos”, que pretendían ir y volver de él como si fuesen residentes con permiso de salida renovable. ¿Poe, Keats, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Blake, Lorca, Cernuda? ¡Diletantes del dolor, eso es lo que eran: meros aficionados! Su infierno de tramoya no asusta a nadie.

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Quien desee asomarse a la sima del dolor y ver directamente la cara de la Gorgona, mejor hará en leer a Levi o Wiesel, o el diario de Luisa Hermans que –con devoción y celo de amanuense Valembois presenta en este nuevo opus .

Como Hanna Arendt, el autor evita tratar el tema con patetismo. ¿Es posible acaso dorar el oro o enrojecer la sangre? Lo que es más: el humor es un registro frecuente en el libro. Humor sangrante: la carcajada de quien ríe tras las lágrimas o llora entre sonrisas.

Valembois aborda el texto de Hermans de manera fidelísima: recoge un testimonio, no fabula ni embellece algo que de ningún modo es “cosmetizable”. Cada día de la zaga –están todos consignados y fechados– constituye un acto de fe.

“Hoy no debo morir”: he ahí la meta inmediata –modesta y titánica a un tiempo– que mueve a Luisa. Una y otra vez echa mano de un aliado fundamental de la vida: el arte, la experiencia estética. De él deriva una fuerza inusitada. Cervantes, Tolstoi, Van Gogh, Rodin, Mozart, Verdi, Chopin corren a su auxilio. La sostienen, le infunden, desde el fondo de los siglos, su coraje de gladiadores. Le dicen al oído: “Hermana: hay que vivir”, y ella se deja guiar por sus sombras tutelares.

Haciendo pucheros como niñas melifluas, los oficiales nazis escuchan enternecidos a Chopin… Después fumigan, cual si de cucarachas de tratasen, a los compatriotas del maestro polaco.

Luisa Hermans fue acogida por Costa Rica. Tiene noventa y tres años, tres hijos, y vive allá, por el volcán Poás. Después de las piras humanas que vio, una fumarola volcánica no es cosa que la asuste. El libro de Valembois es también un homenaje a su país de adopción.

Amigos: dejen caer lo que estén leyendo y adquiéranlo. Una redefinición del dolor, el heroísmo, la resistencia, las estrategias que el mártir se inventa a fin de no sucumbir al canto de sirena de la muerte: fácil, por poco irresistible tentación: cuestión de dejar caer los brazos. Inmenso libro. Inmenso documento. Inmenso corazón.

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