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Libreros de corazón, héroes de la lectura

Actualizado el 21 de abril de 2013 a las 12:00 am

¿Subsisten los libreros en un país donde la mitad no leyó ni un solo libro en el último año?

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Libreros de corazón, héroes de la lectura

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Los nuevos rótulos esquineros de San José nos indican que estamos en la avenida 10, entre las calles 1 y 0; pero la tarjeta de presentación de este hombre delgado, de anteojos redondos y pequeños, nos advierte que estamos 300 metros al sur y 50 al este de la Catedral Metropolitana, en un pequeño local con el rótulo de Libro Azul.

Ese hombre es Mariano Víquez, y habíamos iniciado el diálogo cuando lo interrumpe para atender a una señora que pide fiado por un libro de 800 colones. Mariano la llama por su nombre y acepta el negocio. Llegan clientes, pero también amigos que compran, como la señora que va saliendo con su libro fiado, o como los diez hombres que ayudaron a Mariano hace cuatro años, ad honorem , a moverse a este, su tercer local.

Víquez forma parte del clan de libreros, un oficio tan selecto en Costa Rica que, si formasen gremio, apenas lograrían completar los asientos de su junta directiva.

Un librero es una persona que vende libros, pero, ante todo, sabe cómo hacerlo. No es un joven provisto de gafete que saluda al cliente, le pregunta qué anda buscando, se detiene ante una computadora y, tras una breve búsqueda, le responde: “¡Qué pena, pero escribo la Hodicea y el sistema me dice que no está en el inventario!”.

“Uno debe conocer autores, libros, temas... A veces llega gente que desea leer, pero no sabe qué leer”, confiesa Manuel López, un exprofesor universitario que desde el 2007 atiende El Erial (tel. 2222 8097), librería que adquirió en 1990 y que en este mes cumple 70 años. “Yo no digo que vendamos libros, sino que somos anfitriones de gente que viene a la fiesta literata”.

Lejos de una congoja como la del vendedor con gafete, un librero de oficio sabrá, sin computador, si en su negocio reside o no aquel título de Homero. También se preocupará por el cliente que está enfrente. Si es un estudiante asediado por una lectura obligatoria, le dirá que una edición de Porrúa le basta. Si la visita, en cambio, es de un comprador con miras más amplias, le recomendará una edición crítica y, feliz, cobrará sin miedo.

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La mayoría de los libreros de San José vende libros usados. “El mercado de segunda es muy difícil porque a veces hay que valorar el libro por su estado, su antiguedad, el tipo de edición..., y eso no todos lo entienden”, sostiene Ronald Chinchilla, dueño de Expo 10 (tel. 2221-8307), que, más que una librería, es una casa atestada de libros.

Lazy , la gata, salta de la cúspide de revistas que se levanta en lo que fue cochera y se escabulle entre la fila interminable de estantes que una vez fue sala. Ronald comenzó a guardar libros hace unos 40 años porque tenía la esperanza de dedicarse a la lectura una vez pensionado, pero un mal negoció lo obligó a vender lo que tenía, y lo que tenía eran... libros. “Aquí seguimos, 25 años después”, confirma.

Ahora se encuentra en un proyecto de selección y reciclaje. El espacio se lo exige. “También estamos con la intención de entrar a Internet porque hay que ir actua-lizándose”, continúa este aficionado a la música cuyo teléfono celular anuncia las llamadas con un explosivo tango de Jacob Gade.

Aunque a veces duela, se debe complacer la mayoría de gustos. “Hay gente que quiere leer estas tonterías”, dice Mariano señalando un estante con novelas románticas entre las que figuran títulos como Jazmín , Blanca , Julia , Mi amado enemigo , Deseo e Intriga .

Empero, los libreros no se intrigan con tales preferencias. Dicen que, en principio, la gente debe leer lo que sea, y con alguna orientación se irá moviendo a textos más celebrados. “La labor del librero es orientar a la gente para que vaya enriqueciendo su visión de la lectura”, cree Manuel López.

Duluoz (tel. 2221-2425), la libre ría de Gustavo Chaves y Andrea Mickus, es célebre por esa labor de orientación. Abierta en setiembre del 2011, se dedica a la venta de títulos de editoriales independientes. Cada mes procuran actualizar sus estantes con libros traídos de España, Hispanoamérica, los Estados Unidos y el Caribe. “Leemos reseñas en revistas y periódicos, escuchamos recomendaciones de buenos lectores, y vamos actualizando el catálogo”, explica Mickus.

¿Subsistirá este oficio en un país en el que la mitad de la gente dice no haber leído un libro en el último año (encuesta del 2011)? Estos libreros dicen que sí, aunque Mariano muestra reservas. “La oferta tecnológica es muy amplia”, dice.

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Lazy reaparece entre una caja de novelas. No sería lo mismo si se asomase detrás de un iPad.

El autor es periodista.

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